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TRAS ESCENA
CUMBIA GITANA
ESCRITO POR
Ana María Trujillo
Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.
Maria Paula Gutiérrez
Me interesa el tema del exilio desde la forma como ha sido abordado en el cine, la literatura y la música.
IMÁGENES POR
Vanessa Cortés
Fotógrafa oficial de La Folka Rumba Stravaganza desde abril de 2013.

CUMBIA GITANA

La Gypsy Kumbia Orchestra en Colombia.
El sonido y el ruido son nómadas con los gitanos. Su música y tradición se ha recogido y se ha regado sobre la anchura del mundo durante siglos. Ahora las vibraciones cambian, y a sus artes viajeros se suman ritmos de tambora.

En época seca empiezan a llegar las caravanas que transitan por los caminos empedrados rumbo a los pueblos y ciudades más remotos. Escogen esta época para desplazarse, pues en temporada lluviosa los caminos se cubren de lodo y en invierno se vuelven pistas congeladas muy resbaladizas. A su paso van levantando una estela de polvo que tiene un sonido muy particular: chécheres de plata y bronce meciéndose, chocando entre ellos, contra las paredes de madera de los carromatos. Este es el sonido que por años ha acompañado el andar gitano.

Por siglos, el pueblo Rom ha deambulado por el mundo. Provenientes de la región de los cinco ríos, vivían en vagones que permanecían parqueados en los diversos valles aledaños a los pueblos donde alguna vez convivieron persas e hindúes. Este, su lugar de origen, fue el punto de partida donde emprendieron su travesía gitana hacia tierras más lejanas.

En los primeros caminos que recorrieron se toparon con escarpadas montañas que tuvieron que escalar para atravesar Afganistán; entretuvieron con su música y danza a los reyes persas, y al entrar a Constantinopla usaron sus habilidades de adivinación y curación para acercarse al emperador del momento. Algunas familias siguieron un trayecto que los condujo a Europa del Este, y más adelante a Europa central; otras tomaron una ruta al sur, hacia Egipto y Siria, cruzaron zonas áridas para llegar a los principales mercados y bazares donde se abastecieron de víveres, sedas y antigüedades, especias y algunas joyas para comerciar en el viaje por el norte de África.

Se dice que, durante una tormenta de arena, los nómadas del Sahara que viajaban con sus caravanas de camellos los resguardaron en sus tiendas de campaña perfumadas por el aroma de las pipas de agua, donde les compartieron un delicioso cus cus con cordero y té. Cuando cesaron los vientos y la polvareda y la visibilidad mejoró, los nómadas escoltaron a los gitanos por las dunas del desierto poniéndolos a salvo en un pueblo costero, para luego retomar su travesía en busca de agua. Al llegar a la costa, los gitanos cruzaron el estrecho de Gibraltar y arribaron a España. A su llegada, algunos de ellos aventureros se alistaron en tripulaciones rumbo a América. Recientemente, ciertas familias gitanas han migrado a Estados Unidos en busca del tan mentado sueño americano o a países como Francia, donde sus números de circo eran muy bien acogidos.

Para algunas personas, los gitanos siguen siendo piratas terrestres, oportunistas y ladrones que vagan por el mundo (David Mayall, 2003). Otros, que los vieron acampar en las afueras de los pueblos y ciudades, saben que la pasión por los caminos como forma de vida ha sido para ellos fuente de incomprensión y rechazo. Por años han sido perseguidos y hasta exterminados, se les ha prohibido la entrada a ciertos países, les han quitado sus documentos de viaje y se han formulado leyes para buscar su sedentarización; continuamente se les ha acusado de ser traficantes o de secuestrar niños. La discriminación de la que han sido víctimas, ha generado un estado de miseria y zozobra en el pueblo gitano.

Las cargas peyorativas que por años se les han adjudicado a los gitanos parten de la percepción sesgada sobre su estilo de vida. Por ejemplo, el movimiento entendido como desarraigo es una manera muy limitada de percibir el andar gitano. Al contrario, el movimiento es un cambio de posición, una manera constante de buscar nuevas rutas por las que las raíces se extienden. Los gitanos, tanto los que mantienen su vida nómada como los que por políticas estatales han tenido que sedentarizarse, viajan con sus tradiciones a cuestas: instrumentos de cuerdas y metales, sus mujeres de trenzas y  faldas estampadas, sus sonrisas de dientes de oro, sus saberes de quiromancia y adivinación, su historia oral, la hospitalidad, y el vínculo más fuerte: la lealtad hacia los suyos.

En concordancia con la manera viajera de los gitanos, el término gypsy también ha trascendido las barreras y ahora no solo se refiere a este pueblo, también puede designar un estilo que recoge elementos propios de las características gitanas.

¿Y si Melquiades volviera a Macondo?

En el último mes, 16 de los cerca de 4 millones de habitantes de Montreal decidieron burlar el frío y aventurarse al sur, rumbo al territorio que acoge gran parte de sus influencias musicales como grupo. Sin managers ni grandes contratos, vendiendo discos, tocando en teatros y en la calle, comenzaron a gestionar sus recursos de viaje. Desde la plataforma Indiegogo se propusieron recaudar 30 mil dólares canadienses; al final recaudaron 4,000, pero sumando esfuerzos igual llegaron. 16 artistas multidisciplinarios aterrizaron en Colombia con la intención de recorrerla cuanto fuera posible; fiestas populares, teatros alternativos y festivales de 6 ciudades los acogieron y sirvieron de escenario para su Despertáculo makondiano.

Se les conoce como la Gypsy Kumbia Orchestra y, aunque radicados en Montreal, sus raíces decididamente gitanas los vinculan a diversas partes e historias del mundo. Se encontraron en sus oficios y convicciones –danza, música, artes vivas- y la idea comenzó a tomar forma. Dos caleños asumen una suerte de dirección artística  e inevitablemente administrativa, aunque son enfáticos a la hora de recordar que todos los procesos en la Gypsy son colectivos. Enamorados del rumor gitano encontraron eco en la tradición musical del caribe colombiano y descubrieron que el encuentro, además de afortunado, resultaba explosivo; dos universos demasiado desordenados, caóticos, muy parecidos en su euforia, en su modo de vida al límite.


La Gypsy Kumbia Orchestra nació como muchos proyectos, gracias a una idea y una convocatoria, hace ya poco más de dos años. Con un trabajo juicioso y conciente se fueron haciendo un lugar en la noche y en las fiestas de Montreal. Colombia fue el país escogido para su primer gran viaje: un país que comienza a despertar curiosidad tras (y a pesar de) largos años de mala prensa en el exterior. Aproximarse a Colombia fue siempre una de las intenciones dentro del colectivo; consolidar un público y una relación con la audiencia del país, a la vez que inspirarse de sus procesos artísticos actuales. Para acoger a los 16 artistas, más sus hijos y el grupo de artistas aventureros locales que se sumaron al viaje (un documentalista, un cronista y una fotógrafa; los Títeres del Destino y la Compañía Pichotte), se hicieron a una carroza moderna –léase, menos poéticamente, un bus- y la cargaron con sus instrumentos, sonrisas y vestidos de colores. Algunas tradiciones no mueren.

Los motores se calentaron en Cali y sus ferias; luego participaron del tradicional desfile de la Familia Castañeda en Pasto, entre ‘pinticas’, negros y blancos; respiraron mar caribe en el Sierra Mar Fest de Santa Marta y pusieron a bailar al teatro Adolfo Mejía de Cartagena; para despedirse contrarrestaron el frío bogotano prendiendo La Folka Rumba Stravaganza en Latino Power y cerrando en Quiebracanto.

¿Y si Melquiades volviera a Macondo? Esa fue la pregunta que originó el montaje que trajeron a trasegar por Colombia: una experiencia siempre en clave presente que agita música, danza, circo para crear arte que hace bailar, arte en movimiento. Movimiento que trasciende el cuerpo y resuena en las conciencias, se hace colectivo y pone a dialogar, en una sola gozadera, influencias, países, culturas y expresiones.

La Gypsy Kumbia Orchestra es la cristalización de una visión artística y un proyecto de vida. A Carmen Ruiz y Sebastián Mejía el conocimiento y el amor por las riquezas folclóricas colombianas se les agudizaron estando lejos. Fue una forma de comprender, desde el arte, su propia historia y visión del país. Hacer el recorrido que hicieron y como lo hicieron era un paso inapelable.


 

 

 

 

 

 

 

Ahora vuelven a Canadá, con esa misma intención primera: “la misión que nos hemos propuesto unos cuantos soñadores es llenar de calor y de sentido los espacios allá, trabajar para remover estructuras y transformar espacios”, dice Carmen. En su equipaje, junto a las faldas coloridas y los instrumentos, llevan ahora los rumores del Caribe y los vientos de La Cocha, los vaivenes de la cordillera, el anís y el lulo, las inimaginables mil y un historias de carretera, un público nuevo y vibrante que aunque de lejos, les seguirá los pasos. Y como buenos gitanos, lo suyo siempre lleva algo de trueque; por acá veremos aparecer un documental de la aventura, cortesía de Oscar Ruiz Navia, y un fanzine de Sursystem. 

Ellos, suponemos y auguramos, seguirán sus múltiples viajes, soplándole vida al espíritu gitano que ya se anunciaba proyectos atrás. Estas palabras que nacían en un proyecto previo, La Salsa Descalza, siguen siendo una suerte de manifiesto: “para resistir bailando. Para combatir la monotonía y el frío con el movimiento. Para expresar con el cuerpo tanto dolor y tanta alegría. Para reunir las soledades y construir múltiples presentes, de plena e intensa existencia.”

 

 

 

 

 

 

 

Agradecemos a Radio Mixticius por compartirnos la entrevista con Carmen Ruiz, a La Folka Rumba Stravaganza por las imágenes y a Carmen y Sebastián por su disposición para sacar un tiempo y hablar con nosotros. ¡Buen viento!

Referencias

David Mayall, (2003). History of gypsy identities 1500-2000: from Egipcyans and Moon-men to the Ethnic Romany.

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