I.LETRADA.CO | ARTíCULO INVITADO 1 | POR EL BOCADO SOBERANO
ARTíCULO INVITADO 1
POR EL BOCADO SOBERANO
ESCRITO POR
Ana Beatriz Hernández
Latinoamericana. Tejiendo la vida en colores: un poquito de poesía, otro tanto de montaña; de la ira al amor diariamente.

POR EL BOCADO SOBERANO

Comer y escoger lo que comemos es un derecho. Saber de dónde viene el alimento y cómo se produce, luchar por la defensa de los territorios y personas gracias a las cuales llenamos nuestra mesa de comida. La primera soberanía ha de ser sobre el propio cuerpo… y lo que lo nutre.

Al hablar de soberanía no faltan quienes se llenan la boca de mordiscos de fronteras, procesos electorales y defensas militarizadas de los territorios. Además de ser erróneas (algunas) y sesgadas (otras), estas visiones dejan por fuera uno de los más básicos espacios de la autodeterminación, la autogestión, la libertad y, claro, la soberanía: la propia comida. No en vano Vandana Shiva –reconocida activista india por las semillas libres de patentes y la agroecología como alternativa a los problemas del hambre en el mundo- esbozó una de las frases que abren la cortina a esta soberanía alimentaria, urgente estandarte de otras posibilidades más humanas de convivencia en la sociedad: “las semillas son nuestra Madre, ¡guardar semillas es un acto político!”.

La alimentación, el acto de cultivar y cosechar no es solamente un tema económico; es un tema social, cultural, histórico, de salud humana y de derecho a la vida. Las patentes nos impiden guardar semillas, compartirlas, intercambiarlas y hasta regalarlas. Y aunque no compremos semillas transgénicas, la contaminación genética y algunas legislaciones absurdas como la norma 9.70 en Colombia –dichosamente congelada por la lucha popular-, tratan de obligar a las personas a adquirir este tipo de semillas, aún en contra de su voluntad. Una mentira más de la mal llamada libertad de mercado.


Alterar genéticamente las semillas y convertirlas en monocultivos extensivos, patentarlas, querer adueñarse de estas cápsulas base de la nutrición a través de triquiñuelas corporativas como lo hace Monsanto en toda América Latina, es una usurpación de territorios: el geográfico, donde los campos de cultivo están cooptados por esta y otras transnacionales asociadas a la industria transgénica (como sucede en Argentina con sus más de 19 millones de hectáreas de soja transgénica, contaminada con el peligroso agroquímico Round-up, perturbador endocrino que afecta la fertilidad en hombres y mujeres, cancerígeno además); el territorio corporal, induciéndonos a consumir alimentos no naturales, con genes de otras especies, sin una certeza científica de que esto sea absolutamente seguro para nuestros cuerpos; el territorio político, donde empresas terminan teniendo más poder que incluso algunos Estados, como sucedió en Paraguay al darse el golpe de Estado al ex mandatario Fernando Lugo tras su intento de reformar la distribución de la tierra, lo que sería un evidente conflicto para las grandes dueñas de tierras destinadas a la plantación de cultivos transgénicos; el territorio cultural, cuando por ejemplo en México –cuna del maíz- Monsanto se proclamó dueño del derecho sobre este cultivo originario; el territorio intelectual, cuando por ejemplo al científico francés Dr. Gilles-Eric Séralini se le exige retractarse de su publicación contra los cultivos transgénicos en la revista  «Food and Chemical Toxicology», justo cuando es contratado Richard Godman –ex funcionario de Monsanto- como editor invitado de tal publicación.

Abrir la boca y comer lo elegido, trabajar la tierra y sembrar lo deseado. Parecieran dos afirmaciones tan sencillas… Pero llama la atención cómo la resistencia a la entrada o la expansión de empresas de patentes de semillas se extiende por el mundo, inclusive a veces enfrentándose a represiones violentas desde las mismas fuerzas policiales que se supone deberían resguardar los intereses comunales y no los de unos pocos. Volvamos de nuevo la mirada hacia Córdoba, Argentina, en donde hace menos de dos meses los opositores y las opositoras de Monsanto tuvieron que sentir constantemente la tensión de percibir su protesta criminalizada. Dichosamente, en este caso sí fue la soberanía lo que prevaleció.

Caso menos afortunado el que se presentó en los Estados Unidos, cuando la Corte Suprema de Justicia denegó a un grupo de productores su petición para desafiar a las patentes de Monsanto. Estas personas manifestaron no querer vínculos con dicha empresa, ni ser sus clientes y aun así –en el irónicamente llamado “país de las libertades individuales”- tuvo mayor peso el interés de lucro y acaparamiento de las semillas de Monsanto que las demandas de los ciudadanos y ciudadanas estadounidenses. Una decisión que algunos asocian con la perpetuación del reinado de intimidación de Monsanto, que en los últimos años ha demandado a más de 100 productores por infringir patentes –y esto sólo en los EUA-. Es importante señalar que en algunas ocasiones, por la manera en que la polinización se da en el campo y como el material genético se puede desplazar, estos productores nunca hubieran esperado tener genes de cultivos transgénicos en sus campos, la contaminación llegó ahí con la misma facilidad indeseada de las demandas.

La contaminación transgénica es irreversible. Si tenemos un sistema abierto, en donde las plantas transgénicas y las naturales comparten espacio, es un hecho que tarde temprano las poblaciones naturales de algunas especies (como la canola y su afectación casi total en Canadá) o los cultivos de otras como el maíz (sensible a esta polución por su sistema de polinización abierta) se verán afectadas. Como si fuera poco, lo que se conoce como el “paquete tecnológico” vinculado a estos cultivos, es decir, los agroquímicos que se emplean durante su crecimiento, trascienden los terrenos de quien plante transgénico, afectando otros cultivos –en algunos casos los productores orgánicos han perdido todo al estar cerca de una plantación transgénica, a raíz de la dispersión de los agro venenos-: una vez más, contra la voluntad de quien sembró de manera diferente. La coexistencia con otras maneras de cultivo es una falacia.

Las diferentes caretas de las transnacionales de transgénicos a través del mundo se jactan de ofrecer la solución a los problemas del hambre. Recientemente en Costa Rica, ese fue el discurso de CropLife, la máscara utilizada por las transnacionales transgénicas para Centroamérica. En 20 años de cultivos transgénicos en distintos lugares del mundo, esto no se ha cumplido. Y no va a resolver un problema que más que tecnológico es estructural. Parafraseando nuevamente a Vandana Shiva, “en el mundo hay suficiente para todos y todas, lo que no hay es para los excesos de algunos. Quien toma de más, le está robando a otra persona.” El problema del hambre se debe abordar desde una visión que derrote a la exclusión. En muchos casos los productos de los transgénicos se terminan utilizando para fines ajenos a la comida, como biocombustibles, fabricación de ropa y aceites industriales, no para alimentarnos.

¿Soberanía alimentaria? El tema es romper con las imposiciones, con la dependencia de los agrovenenos, que ninguna empresa tenga el poder de imponer qué sembrar y cómo hacerlo. Es fomentar el respeto por la semilla criolla, la identidad cultural. La domesticación de las semillas tiene cientos de años en su proceso natural, mejorando la semilla con la selección de quienes la cosechan, obteniendo lo óptimo para cada lugar conforme va pasando el tiempo. Prima la sabiduría ancestral y el respeto por la naturaleza. No puede haber soberanía alimentaria con el poder en las manos de Monsanto de la misma manera en que la coexistencia de plantaciones transgénicas y las que no lo son es imposible. No nos dejemos engañar por un sistema económico miope de los ciclos naturales en el entorno; que cree la vida es lo mismo que los ensayos biológicos a puerta cerrada en los laboratorios.

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