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ARCHIPIéLAGOS DE NITRATO
LA VIDA EN PRIMER PLANO
ESCRITO E IMÁGENES POR
Felipe Jaramillo
Abogado y Magíster en Literatura de la Universidad de los Andes. Corrector de estilo y editor de contenidos digitales.

LA VIDA EN PRIMER PLANO

La relación entre un libro y su película siempre trae desafíos, producto de un constante diálogo. Hay personajes y elementos más obvios en el texto y silencios más pronunciados en la cinta. Hay frases explícitas en uno, mientras se habla con los ojos en el otro.


(...) La vida misma es ya una cosa
vergonzosa y algunas almas sienten tanta 
vergüenza que casi no resisten permanecer
dentro del cuerpo. Está casi comprobado que la timidez

es la causa de muchos suicidios.
¿Cuál es la gran maravilla de ser hombre?
Alguien se muere y la fiesta sigue. De
antemano uno está destinado a morir y uno lo sabe.

Isaac bashevis singer, "la esposa perdida"

Eso tiene la ficción: no es difícil que nos duela más la vida íntima de un personaje que la del prójimo. Alguna vez un escritor ruso confesó: “la mayor desgracia de mi vida ha sido la muerte de Ana Karenina”. Lo confesó porque conocía a Ana Karenina, y la conocía porque la obra de la que nació es un examen de su vida. De allí el embeleso de una película como «La vida de Adèle», una larga contemplación en primer plano: Abdellatif Kechiche, su director, observa con insistencia su vida, persiste en ella, gracias a lo cual llegamos a conocer a Adèle.

«La vida de Adèle» está basada en «Le bleu est une couleur chaude» (el azul es un color cálido), novela gráfica de la historietista Julie Maroh. Pero es una adaptación libre, que no transita por los lugares comunes de la sexualidad conflictiva, lugares en los que sí cae la novela. En la novela, Adèle es Clementine, y su vida es mucho más trágica que la de Adèle. Maroh habla de la sexualidad como armando un panfleto, como si los límites no fueran difusos. Clementine sufre no por entender quién es y hacia dónde la lleva su deseo, sino porque cree volverse lesbiana. En manos de Kechiche, Adèle nunca diría, como lo hace Clementine: “It's not right, she's a girl, it's horrible” (Eso no está bien, es una chica, es horrible). Y la respuesta de Valentine —su amigo homosexual—, es el vicio de la corrección política, es ponerlo todo a la vista, y no saber que en la ficción lo que vale es lo que se sugiere: “Clem, what's horrible is that people kill each other for oil and commit genocide, not that they give their love to someone” (Clem, lo que es horrible es que las personas se maten por petróleo y cometan genocidios, no que le den su amor a alguien).

Adèle sugiere todo con los ojos, porque Kechiche, empeñado en el primer plano, no los pierde nunca de vista. Así la examina, y así la conocemos, vivamente, como Dovlátov —el escritor ruso— conoció a Ana Karenina. Todo el conflicto de Adèle está en la forma en que mira o, mejor, en que evita mirar. Allí está el núcleo de su sexualidad, en la desviación tímida de los ojos. Kechiche no necesita hacer decir a Adèle lo que Maroh hace decir a Clementine. Tras un encuentro frustrado con una compañera en el baño del colegio, Adèle camina por los pasillos, sorda a los llamados de los demás. La cámara, en primer plano, solo se planta frente a ella, en su confusión, en los ojos inquietos, en una que otra lágrima que no puede evitar. Clementine, en cambio, llora en el baño, no sale de allí, y piensa con rabia: “I'll never leave the house again” (Nunca saldré de la casa otra vez).    

 

 

 

 

 

 

 

Cuando de un libro nace una película, se suelen perder cosas en el camino. «La vida de Adèle» no es la excepción. En «Le bleu est une couleur chaude» los personajes no van quedando relegados; Maroh los cuida, no los olvida, todos ellos son importantes: Valentine —su amigo homosexual, su confidente, que en la obra de Maroh desempeña un papel mucho más importante que en la película, y de cuya boca solo salen fruslerías—, los papás de Clementine —quienes en la novela descubren a Emma desnuda, en la cocina, por lo que Clementine huye de la casa con ella a medio vestir—, Sabine —la novia de Emma que en «La vida de Adèle» se desvanece sin explicación—, sus compañeros de colegio. En la película, estos personajes se olvidan. Adèle es el centro de todo; los demás son excusas. Pero de qué valen esos personajes, cuando en la novela de Maroh están ahí, cliché tras cliché, para decir: “We do not choose the one we fall in love with, and our perception of happiness is our own and is determined by what we experience…” (No podemos escoger de quién nos enamoramos. La felicidad depende de nuestra propia percepción y está determinada por nuestras experiencias).

El vicio de Maroh está en decir en vez de mostrar. En sus primeros encuentros, cuando Emma retrata a Adèle en un parque, la despedida lleva su tiempo. Se miran, Adèle —todos lo sabemos— solo quiere que Emma la bese, pero no dice nada. Esa es la fuerza de la escena: el silencio de las dos; Adèle, con sus ojos inquietos, esperando. Maroh no repara en esto, y, en la misma situación, Clem se repite, una y otra vez, “Kiss me, kiss me, kiss me, kiss me…” (Bésame, bésame, bésame, bésame).    

«Le bleu est une couleur chaude» es un drama desbordado. Para la muestra: Clementine muere de amor. Tras discutir con Emma, se vuelve adicta a los fármacos, deja de comer. Mucho tiempo después se reencuentran en la playa, y la alegría de Clem es casi incontenible: “I felt so good, so complete. All this crazy nonsense, just to finally feel good about myself” (Me sentí bien, tan completa. Todo este loco sinsentido, solo para al final sentirme bien conmigo misma). Entonces sufre un infarto pulmonar, permanece moribunda varios días en el hospital y, finalmente, muere. En la película, Adèle no se echa a la pena, porque no hay ningún sentido en ello. Trabaja de maestra y, cuando es necesario, llora. 

 

 

 

 

 

 

 


No es fácil hablar de sexualidad, de sus límites, de los nombres y categorías que damos a las cosas. Para hablar de homosexualidad, del despertar sexual, de la confusión, para hablar de empatía, no es suficiente con poner en boca de Emma: “Sabine and I met at Art School… It's thanks to her that I live the life I live now. She really helped me to accept my sexuality, and my work too. And she introduced me to the gay culture, and her friends have become my friends. I don't know what would have happened to me if she hadn't been there” (Sabine y yo nos conocimos en la Escuela de Arte… Fue gracias a ella que vivo la vida que vivo ahora. Ella me ayudó a aceptar mi sexualidad y mi trabajo. Me presentó la cultura gay y sus amigos se han convertido en los míos. No sé qué habría sido de mí si ella no hubiera estado ahí). Ni siquiera es insuficiente: hay que evitarlo. En «Happy Together», de Wong Kar–Wai, difícilmente encontraremos una línea así. «Happy Together» es una historia de amor y desamor entre dos hombres; eso es todo. Todo lo que necesito saber sobre homosexualidad está en «Happy Together». Y está también en «La vida de Adèle»; una película en la que se habla —de la discriminación, del desasosiego, de la incertidumbre de Adèle: ¿quiere un hombre?, ¿quiere una mujer?, ¿existe una línea que divida su deseo?— sin hablar. Pero no está en «Le bleu est une couleur chaude».

Siento empatía por Adèle, no por Clementine.

Adèle persiste en mi vida, porque Kechiche la ha observado atentamente, y la ha dejado ser. No ha puesto en su boca manuales sobre orientación sexual. No la ha puesto a hacerse preguntas tontas. Por lo menos no la ha obligado a repetírselas en voz alta. Solo ha creado un personaje del que es difícil no enamorarse. Cómo no hacerlo en una escena, sencilla en apariencia, en la que Adèle llega a su casa, es su cumpleaños y hay una fiesta sorpresa. Adèle baila tímida, contenida. Pero su baile es elegante y orgulloso. Un escritor judío decía que la timidez es una forma de orgullo. O, al revés, orgullo es timidez. Veo esa escena y pienso que ya nadie baila así. 

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