I.LETRADA.CO | FICCIONARIO | VUELTA AL MUNDO EN BICICLETA
FICCIONARIO
VUELTA AL MUNDO EN BICICLETA
ESCRITO POR
Juan David Aguilar Ariza
Intento escribir y hacerlo bien, pero la vida no alcanza. Espero mi próxima reencarnación.
IMÁGENES POR
Lulo Febril
Ilustrar, dejar que la lengua se manche y se inunde, así, saboreas la primavera sin esperar que regrese.

VUELTA AL MUNDO EN BICICLETA

Con el apoyo de IDARTES, beca para proyectos editoriales emergentes en literatura, presentamos nuestra sección de creación literaria, Ficcionario. Juan David Aguilar fue el ganador de nuestro concurso literario en la categoría de cuento, gracias a la forma de contar, con efectivos recursos poéticos y narrativos, y a través de la mirada de una niña, una historia atravesada por el conflicto armado de Colombia.

Lo cierto es que siempre íbamos en bicicleta. Eso no quiere decir que todos los viajes se compararan a la caja metálica de galletas donde mi papá guardaba todo lo importante: digo, lo que para él significaba su vida, como solía decirnos.

Mi papá puso un cojín sobre la parrilla trasera para que estuviera más cómoda; la amarró con una pita de fique. Al principio ni tenía que pedalear, se dejaba llevar descendiendo por la montaña, las piedras nos hacían saltar como si montáramos uno de esos juegos mecánicos que vi por televisión, un caballo que se mueve al compás de una melodía que aún hoy día tengo grabada en la cabeza. El pelo de mi papá se columpia por el viento mientras me sujeto con fuerza de la silla. Alcanzo a ver sus manos fuertes sujetando el manubrio. Me gusta tanto ir así, imaginado que volamos, que la bicicleta es una máquina del futuro con la cual atravesamos paisajes inhóspitos. Esquivando enemigos y huyéndole a quienes alguna vez persiguieron a mi padre.

Que esa maña me iba a volver loca, me decía mi profesora, si sigues aprendiendo todas esas palabras se te va a quemar el cerebro. Anodino, iconoclasta, viperino, transitivo, onomatopeya, vulgar, contertulio, nefasto, funesto, fotosíntesis, oligarca, cigüeñal, vitrola, segmento, partidista, metáfora, sectario, injerir, filogénesis, coyuntura, comandante, bucólico, y así hasta llegar a mi palabra favorita: insurgente. Tomaba el diccionario de la real academia de la lengua española que la profesora siempre mantenía sobre el escritorio, un libro pesado, y empezaba a leer en voz alta: omoplato, mitocondrias, bucle, tripulación, enigma, testigo, diacrítico, plutocracia (con la cual siempre me reía a carcajadas), batracio (con la cual ofendía a mi compañero de pupitre), arpía (con la cual insultaba a Doris), y así hasta que la profesora se molestaba, me quitaba el diccionario y me castigaba. Lo bueno era, hasta la maestra tenía que admitirlo, que me sabía muchas de las tareas que tenía que realizar. Por eso entendí que todo lo que necesita un ser humano en su vida es un buen diccionario. Aunque mi mamá piensa que no, que el único libro que debe tener una persona es la Biblia; pero eso es otro diccionario, le dije, solo que es para aprender las palabras que hay que decir en los momentos de miedo, para ser buenos hijos de Dios.

Cuando llueve mi papá me pone ese horrible impermeable de flores que le regaló su jefe. Jefe es una persona que debe tener todo hombre si quiere ser respetado. Mi Jefe, así le decía a Pá. Lo bonito era sentir los golpes feroces de las gotas sobre mi cuerpo, el material con el que me cubría era un polímero, no sé de qué orden, pero lo era. Entonces así era más bonito: polímero. Y la lluvia me golpea con tanta fuerza y papá tiene que cerrar un poco los ojos para poder ver. Los enemigos lanzan sobre nosotros miles de proyectiles que mi capa protege.

La primera vez que vi abrir la caja metálica de galletas fue cuando llegó a la casa el Comandante, así lo llamaba papá. Comprendí todo, dicen que una niñita como yo no puede entender de esas cosas, por eso me dejaron jugar al lado de ellos mientras los escuchaba, lo entendí todo. Mi papá sacó la carta y se la extendió al hombre. Antes de recibirla se pasó las manos sobre el pantalón, limpiándolas. Aquel hombre tenía los ojos muy negros y un bigote grueso. Leyó atento lo que decía y cuando finalizó, con la carta aún en sus manos, abrazó a papá. Estoy segura, los dos lloraron. Me hice la que seguía jugando y me acerqué a la caja metálica de galletas. Había un cigarrillo, unas balas y una banderita de tela con una letra y unos números bordados. Mi papá le mostró el cigarrillo y le dijo que desde ese día había dejado de fumar, que lo que le mostraba era el último cigarrillo de su última caja de cigarrillos. Lo guardaba con una de sus insignias de guerra. Tal vez, decía, me lo fume en el último minuto, cuando me llenen a plomo los hijueputas, lo dijo olvidando que yo estaba allí y que esas palabras no aparecen en el diccionario.

Vamos a la velocidad del rayo, pienso, volando sobre el mundo, ni pies ni manos tocan el suelo, esa es la magia de una bicicleta. Cuando grande quiero ser la dueña de una empresa de bicicletas para que muchos niños puedan soñar que vuelan, porque mi papá dice que en este tiempo todos olvidaron soñar, levantar un poquito los pies del suelo, montar en bicicleta. Sé que papá está triste, no es la lluvia, está triste porque recuerda otro tiempo. Mi mamá dice que papá quedó un poco mal por la guerra. Guerra: una palabra que no he encontrado en el diccionario. Salimos a la carretera principal, el ruido de los carros me permite hacer lo que más me gusta en la vida: decir cuantas palabras pueda tan rápido y sin repetir. Tráquea, lingote, chumacera, linterna, fitoplancton, escoliosis, bala, saltimbanqui, abúlico, detractor, parsimonia, armagedón, dendrita, felicidad, augurio, cáliz, burgués, siervo.

Nunca deja el arma en casa. Creía que nadie se daba cuenta pero todos sabíamos que la llevaba en la cintura. Mamá lo regañaba porque era peligroso andar por ahí armado y porque como decía ella «el que carga un arma tarde o temprano termina utilizándola», por eso tenía miedo. Hace mucho no lo perseguían pero aun así seguía inventándose fantasmas a toda hora. Una noche despertó como loco apuntándole a la oscuridad. Ahí fue cuando mamá dijo: ¡no más!, o su arma o nosotras. Por eso ahora la esconde fuera de la casa, en uno de los arbustos y cerca de la ventana por donde planea salir cuando lleguen ellos.

Mientras pronuncio palabras mi papá sigue triste, con miedo de hacerme daño. Cuando llegue a la escuela buscaré una palabra para él: nada hay que no pueda solucionar una palabra. Debe ser una de esas que son como redonditas, de las que tanto gusto dan pronunciarlas. Sé que le gusta mucho la palabra insurgente, por eso la hice una de mis preferidas porque la dice muchas veces todos los días. Atravesamos los carros f en el trancón.

Por una de las rendijas de la pared de la sala, construida con tablas hace algún tiempo, observo a mi papá y al Capitán. Mi papá agacha la cabeza. Me salí del cuarto porque mi mamá me miró como queriéndome decir que debían estar solos, que tenían que hablar de sus cosas. Esa noche, comienza a decir mi papá sin levantar la mirada, caminábamos por las montañas de El Recuerdo, el comandante había dado la orden de salir cuanto antes de la zona, con nosotros iba Carlos, ya sabes que teníamos la misión de protegerlo, cuando caímos en la emboscada, en plenas tinieblas tan solo veíamos la candela que escupían las bocas de los fusiles. Nos defendimos como pudimos. Carlos ordenó salir arrastrándonos por donde sabíamos no había fuego enemigo, pero las cosas se pusieron feas, nunca había estado en un combate tan malparido. Hacia donde nos dirigíamos apareció un nuevo fuego, metralla y más metralla, veía como caían los compañeros. Estábamos atrapados, si no es por Carlos que se mete por un riachuelo y todos nos vamos detrás, nadie estaría contando el cuento. Nos dejamos llevar por la corriente, los que pudimos, la retaguardia fue aniquilada. Salimos a un pozo, como a unos quinientos metros de donde habíamos sufrido la emboscada. Sentimos las balas cruzar a nuestro lado, nos estaban siguiendo. Carlos dijo que se quedaría atrasando las tropas, que él y cinco hombres los detendrían mientras nos escapábamos. Le dije que no, pero ya sabes cómo era ese hombre. Me ordenó retirarme con otros pocos. En ese momento debí desobedecer. La única vez que lo hubiera hecho. Al final, los muertos no saben de honor y toda esa mierda de la milicia. Nos salvamos por él. Ahora doy todo lo que tengo por volver a ese día y morir como debí haber muerto. Quién se iba a imaginar que la muerte no elige por méritos, sino por capricho. Que la muy tarada se lleva en las condiciones menos esperadas a quien uno menos se espera. El Comandante puso su mano sobre su hombro, papá lloraba como nunca antes lo había visto llorar.

Salimos a la calle pavimentada. El suelo nos hace sentir como si estuviéramos deslizándonos sobre una superficie de mantequilla. Pá sigue llorando, lo sé. Se hace el fuerte y de vez en cuando se toca la cintura con la mano derecha para comprobar que lleva su arma. No recuerdo el momento exacto en que todo cambió, cuando las mañanas dejaron de oler a leña y tierra húmeda. De un momento a otro llegó esa lluvia diminuta, casi que imperceptible, pequeños hilos que golpean el rostro y lo transforman todo, incluso papá dejó de pronunciar la palabra insurgente. La velocidad de la bicicleta es constante, pasamos por la escuela y pá le echa una mirada que desde hace unos meses descubrí en sus ojos como si ya no existiera nadie. No entiendo por qué hoy no vamos a la escuela, me da miedo preguntarle. ¡Se la llevó, compadre! Fue lo último que le dijo al capitán al despedirse en un abrazo ¡Se la llevó la muy hambrienta, se la llevó! Sí, hasta una niña como yo lo sabe: la guerra se llevó todo, incluso la sonrisa. Hace mucho que no lo veo sonreír y eso me preocupa.

Nos bajamos de la bicicleta al llegar a la plaza. Toma el manubrio con sus dos manos y la lleva como si fuera una novia. Lo acompaño en silencio. Nos sentamos en una de las sillas de la plaza y pá quita la almohada donde venía sentada. La abraza. ¿Por qué me abandonaste? Dice. Le digo que las palabras nunca abandonan a los hombres. La bicicleta se tuerce sola, recostada contra la cerca del jardín, como entristecida al ver a mi pá. Le digo que algún día encontraremos una palabra para los dos solos. La muerte es una palabra, lo miro a los ojos, y en el diccionario no es la última.

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