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EPISTOLARIO
POSTALES DESDE UNA ALDEA AFRICANA
ESCRITO E IMÁGENES POR
Paula Amador
Diseñadora-comunicadora, creo que existe una lógica secreta que une todas las cosas del mundo: la comunicación.
Paola Diaz
Actriz por vocación, ese es mi oficio.

POSTALES DESDE UNA ALDEA AFRICANA

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

Pemba, Mozambique.

11 de Octubre de 2013

“Nadie puede ser un observador sabio e imparcial de la raza humana si no se encuentra en la ventajosa posición de lo que deberíamos llamar pobreza voluntaria”.

Thoreau

¿Frambuesa, ha leído «Walden, la vida en los bosques»? Es un libro corto, me ha inspirado un poco más para estar acá.

Hoy estoy feliz: después de 4 días, el agua volvió. Pude bañarme con tal emoción que sentí que me habían dado un gran regalo pero que pronto me lo iban a quitar. Para completar la emoción me dieron una horita de computador para escribir. Desde que llegué he tenido poca comunicación con el exterior y la verdad es que me hace falta poder contar lo que vivo a diario. Ahora el silencio es mi gran compañía. 

Estoy viviendo frente al océano Índico. Ya conocía el mar, pero debo decir que éste me tiene maravillada, es realmente hermoso. Frente a él están las aldeas y una pobreza devastadora. Todo es mucho más de lo que imaginaba. Enfermedades como malaria, cáncer o sida son comunes aquí. Nos dicen que debemos cuidarnos de cualquier herida abierta y esto ha hecho que me deje de comer las uñas.

Aquí todo es muy raro, el clima es fuerte siempre. Uno anda a media marcha todo el tiempo, sobre todo en la mañana, ya en la noche se pone más fresco. La temperatura sube cada vez más y el verano apenas empieza, a veces tres litros de agua no son suficientes para saciar la sed que me da. Pero nada de esto ha sido un impedimento para poder acercarme, compartir y conocer todo tipo de personas, sean de la calle o de la aldea.

Cuando llegué a Pemba me dieron una lista de grupos a los que podía apoyar siendo voluntaria. Me he metido en varias actividades y, aunque no es suficiente porque son muchas las personas las que piden ayuda, se hace lo que se puede. Hace poco empecé a trabajar en una casa de huérfanos con niños y niñas. Son muchos y nadie los controla. Las fotos que le mandé son de estas niñas, son muy hermosas y alegres.

 

Algunas de las personas que he conocido me han dado grandes lecciones con sus historias de vida. Muchas veces todo lo que tengo para dar a cambio es una sonrisa o un abrazo que agradecen efusivamente. No sólo han compartido sus historias, también me dan de su comida, me dejan entrar en su casa o me llevan a dar paseos por toda la aldea para que me conozcan y conozca a sus amigos y familiares -si tienen alguno acá-.

La dieta de todos los días es frijol y arroz, el desayuno es un té súper azucarado y dos panes, pero yo no como eso. Aunque la comida no es escasa como el agua, sí es muy costosa. Comparto con otras cuatro mujeres -dos inglesas de Manchester, una australiana y otra de Estados Unidos- un cuarto muy pequeño en el que hay tres camarotes y un baño. Casi todo el tiempo tengo los pies y la ropa sucios porque el piso aquí es de arena. Pero estas vanidades pasan a un segundo plano cuando logro hacer algo positivo, al menos una cosa diaria en la vida de alguien en la aldea. Por ejemplo, enseñarle a escribir su nombre a una mujer de 32 años y ver la felicidad que eso le produce, ir a visitar a una pequeñita de año y dos meses que lloraba sin parar y ahora ríe y come mucho mejor que antes, o ayudar a cuidar a un bebé de tres meses que ha estado muy enfermo y perdió a su madre en el parto. Oír la historia de una señora que tuvo 15 hijos, de los cuales 10 han muerto, y ver lo aliviada que se siente por poder hablar del tema y recordarlos. Son esas pequeñas cosas las que hacen que te dejen de llamar con desprecio Acuña -que significa persona blanca- y comiencen a llamarte Orrera -que significa bonita-, y que demuestran lo mucho que la gente valora el tiempo que uno les dedica.

El gobierno no me asombra. Aunque en Colombia tenemos comodidades varias y vivimos bien, la manera de hacer política es muy parecida a la de aquí: tan necesitados de poder, tan en contra de que la mente del pueblo avance y por eso, tan en contra de nuestro trabajo con los niños y las madres cabeza de hogar. Esto me recuerda a aquella obra que fuimos a ver antes de que me fuera, sobre  la manipulación al pueblo, del pueblo sin conciencia, de cómo tenerlos contentos. Pues como en Colombia, acá pasa lo mismo: el gobierno se opone a todo lo que se hace a favor de la sociedad.

Al venir a Mozambique buscaba algo que me hiciera sentir más viva y sin duda lo ha hecho, así como me hace sentir más vulnerable y más sensible que nunca. He aprendido a ser compasiva. Tantas cosas, tantos rostros, tanto afán por hacer algo que... he tenido que aprender a tomar un día a la vez, compartir al menos con una persona al día y así todo me es más llevadero.

Rewiwi, aunque la experiencia en Pemba ha sido enorme, he comprobado que definitivamente soy una chica de ciudad. Siempre recuerdo la ciudad, la extraño, pero no importa, pronto podré estar allá para vernos. Por ahora aquí sigo con la misma convicción con la que llegué: no esperar nada a cambio, al contrario, dar.

La quiero mucho, mucho, no me olvide.

Un abrazo.

 

Bogotá, Colombia.

22 de Noviembre de 2013

Amora,

Han pasado muchos días y sigo tratando de decidir qué debo contestarle... debo confesarle que todavía no lo sé. En parte porque usted sabe cómo es mi vida: todo lo que no sea trabajo puede esperar, en parte porque me siento intimidada. ¿Qué palabras podrían hacerle justicia a su valentía y sacrificio? Aún no lo sé.

Pienso en todo lo que conversamos sobre su viaje y cuánto le insistí en que tomara esta oportunidad porque algo de nuestras vidas en Bogotá se parece más al atasco que a la juventud. Le admiro haberse agarrado a un hilo de aventura y haberse ido. Sé que una parte de usted nunca volverá, y que cuando nos veamos en febrero será otra persona abriéndole la puerta a otra vida.

Ese contraste me causa un nudo en la garganta. No por usted, porque a mis amigos les deseo siempre lo mejor y creo que este cambio será bueno, pero sí por mí porque me siento en un constante estado de espera, ¿será que es mi manera sentimental de resistirme a creer que esto es la vida, de resistirme a crecer?

Sigo pensando que irse, planear volver o conspirar para marcharse son las únicas formas en las que es llevadero existir; lo difícil es quedarse, asumir la cotidianidad, irse alejando de lo memorable, quedarse quieto... Ayer leí que estar sentado por mucho tiempo aumenta el riesgo de enfermarse, cada vez me parece más directa la relación entre quedarse quieto y morir. Usted no está quieta, eso es una buena señal. En este movimiento está tocando vidas, y eso es aun mejor señal.

En mi experiencia, viajar es provechoso si uno retoma la curiosidad del niño, si se abre para aprender y se deja permear por la experiencia. Pero por su viaje y sus palabras veo que usted se fue para dar, y  ‘darse a los demás’ me parece el más abstracto de los conceptos. ¿Qué puede uno dar de sí, si está en constante construcción?

Yo también me siento una chica de ciudad, pero no sé si Bogotá sea mi ciudad aunque soy rola. Cuando vivía en Barcelona extrañaba todo intensamente. Me parecía impensable lograr vivir lejos de mi familia, mis amigos, mis cosas y todo lo que alegremente llamaba ‘mi vida’. La he oído muchas veces decir lo mismo, que tiene que volver porque sólo aquí está su vida. Pero lo que la morriña no sabe es que la vida son las horas, los días. Son los momentos. La vida no es la gente, la felicidad no es un lugar, no está en ninguna parte y por eso es tan difícil encontrarla. Ahora extraño al revés: deseo con la mayor de mis fuerzas volver a Barcelona.  Al final todas las ciudades se parecen, pero Bogotá es la hermana fea de la familia: la hostil, la fría.

A pesar de extrañarla mucho, le digo esto para que nunca olvide que la vida se hace a diario, en Bogotá, en Katmandú o en cualquier parte. Para que recuerde que lo único que realmente lo ata a uno a un lugar es el miedo, la comodidad de lo conocido. Los amigos seremos amigos siempre, aun en la distancia.

Releyendo su carta pienso que, inmersa como está, en ese ambiente de penas tan terribles, debe ser muy difícil abstraer los porqués. Por qué África, ya como palabra, evoca una miseria polvorienta y enferma; por qué existe la necesidad de hacerse voluntarios, dónde está el Estado y dónde los organismos internacionales. Hay que tenerle miedo a las conclusiones ingenuas ¿no? Al final serán esas respuestas las que se conviertan en su aprendizaje de vida sobre este viaje.

Yo no estoy tan segura de que todos los gobiernos sean iguales, imagino abismos entre Colombia y Mozambique. Pero hay tantas Colombias que seguramente no haya que viajar tan lejos para encontrar dificultades parecidas a las que me cuenta. Creo que eso habla aun más sobre mi escasa capacidad de poner a un lado el egoísmo: de querer darme, no sabría ni a qué ni a quién.

Sé que convertí esta carta en un asunto personal, en un viaje del héroe. La verdad es que lo que usted me ha contado es tan lejano a mi realidad que no quisiera convertirlo en un museo del asombro y la indignación. Usted llevaba ventaja: ya sabía por su hermana lo que la esperaba al final del laberinto. Prefiero pensar en las raíces profundas de las cosas: por qué hacemos lo que hacemos y cómo nos cambia. Ahora, además, estoy tan obsesionada con crecer como debí estarlo a los 10 años, que creo que todo es una señal irrevocable de que viene la madurez sonando como un incendio de timbales (mi nueva metáfora favorita sobre la inminencia).

Nos vemos pronto, amora. Manténgase firme y flexible, sí es posible, lo hacen hasta los bambúes.

16.7 millones de abrazos de colores.

Paula.

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