I.LETRADA.CO | VERSIONES CAPITALES | CONECTAR, RECONECTAR Y VIVIR EN LA FRONTERA
VERSIONES CAPITALES
CONECTAR, RECONECTAR Y VIVIR EN LA FRONTERA
ESCRITO E IMÁGENES POR
Pablo Jaramillo
Etnógrafo. Profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes.

CONECTAR, RECONECTAR Y VIVIR EN LA FRONTERA

Aquellos quienes habitan la frontera generalmente son el blanco de una absurda pretensión de pureza. Así, estar ‘fuera de lugar’ es una metáfora útil para acercarse a la situación de los wayúu que residen en la ciudad venezolana de Maracaibo. Pablo Jaramillo explora algunas biografías fronterizas donde la fricción y la reconexión signan el día a día.

Fotografías, cartas y noticias de los wayúu en Venezuela

Justo en la periferia norte de Maracaibo, donde habita la mayoría de indígenas wayúu de la ciudad, y junto al barrio Bomba Caribe, se encuentra Sambil, el centro comercial más grande y lujoso de la ciudad. Allí tomé un taxi con un amigo con quien conversaba sobre la situación de la frontera entre Venezuela y Colombia. De pronto la palabra “guajiro” -usada en Venezuela para denominar a la población indígena- fue pescada en nuestra conversación por el taxista, quien inmediatamente intervino: “el guajiro es un pedazo de mierda, una plasta de mierda, todos como hormiguitas llevándose la comida”. Se refería a los recientes eventos de desabastecimiento causado por el éxodo de mercancías hacia Colombia: aceite, arroz, carnes de distintos tipos, harina, papel higiénico, agua embotellada, entre otras cosas, son transportadas diariamente por los indígenas, a quienes no se les piden documentos de identidad en el área y, en caso tal, pueden presentar la cédula de ambos países (a veces con nombres diferentes). El tráfico es producido, a la vez, por los subsidios y controles monetarios de la Revolución Bolivariana que resultan en precios muy bajos de  los productos del lado Venezolano.

La comparación de personas indígenas con la mierda habla más sobre la frontera de lo que lo hace el viaje y el movimiento, como es más común caracterizarla. El tránsito no es más que un epifenómeno de la frontera. Esta última no sólo crea entidades puras que pueden viajar, sino seres cuya existencia es sistemáticamente declarada “fuera de lugar”.  Así como la mierda con la que se los asocia, una materia fuera de lugar que define la pureza por su propia suciedad (para usar la fórmula de Mary Douglas), los indígenas en Maracaibo afirman la frontera al desafiarla permanentemente.

No muy lejos de Sambil, en el sector de Ciudad Lossada -construido por la Misión Vivienda del entonces presidente Hugo Chávez Frías para ubicar a ciudadanos pobres que resultaron ser también indígenas wayúu-, la materia fuera de lugar apareció de una forma muy distinta. Al poco tiempo de reubicadas las familias, uno de sus recientes habitantes procedió a colgar un chivo, degollarlo y desollarlo. No buscaba impresionar sino preparar la comida para su familia. De la consternación de los vecinos no wayúu, se pasó a la imagen rutinaria de ver cabras y ovejas divagando en los parques y separadores de avenidas que redefinieron el paisaje urbano. Los seres de frontera no son, pues, sencillamente extraños; su existencia expresa un fuerte sentido de habitar el lugar en el que son declarados peregrinos.

Antes de llegar a áreas como Ciudad Lossada (el Mamón, Bomba Caribe, Chino Julio, entre muchas otras), los wayúu que llegaron a Maracaibo a mediados del siglo XX se asentaron en un barrio en la entonces periferia marabina. Lo llamaron Siruma y su intento de desalojo fue sistemático desde su mismo establecimiento. Benito, un líder y empresario indígena, llegó a Maracaibo desde la Alta Guajira cuando era un niño, en los años sesenta, y se estableció junto con su familia en Siruma:

“Se fundó el barrio en el que las tierras son muy pequeñas. Ellos también hacen sus prácticas ancestrales allí como sacrificar un animal, sacrificar una res. Eso para la población arijuna, que no son indígenas, es malo, pero eso es propio del wayúu: hacer sus sacrificios en su casa, compartir un ovejo, un chivo con la familia, cuando hay velorio. ¿Vamos a hacerlo en una sala velatoria? No, no. Aquí el wayúu, cuando fallece, sus familiares le toman mucha importancia. Porque para nosotros él no muere, sino que su espíritu sale en un viaje y nosotros le hacemos una despedida para que no vaya a ir mal”.

El barrio, por supuesto, era también materia fuera de lugar: “las autoridades en aquel tiempo veían al wayúu como algo que le estorbaba a la ciudad”. Sus ranchos fueron incendiados. Campañas higienistas fueron desplegadas con el fin de declarar su insalubridad y consecuente inhabitabilidad. Los especuladores de la tierra intentaron cada artificio legal posible hasta que un avión, al despegar desde el entonces aeropuerto de la ciudad, se desplomó sobre las casas aportando, más allá de la tragedia, la razón perfecta para una reubicación.

Pero si desde la perspectiva de la afirmación hegemónica de la frontera su sinónimo es el límite, desde el punto de vista de las biografías de quienes la habitan las márgenes son el lugar de la fricción y la reconexión. La reconexión (con parientes, círculos comerciales, amantes, amigos) dependía de esperar la llegada de carros cargados de chivos e historias. Quienes se encontraban en los territorios ancestrales hacían lo propio: aguardar por la llegada de mercados, dinero y noticias de sus pueblos. Esperar (frontera temporal por antonomasia) representa o bien la incertidumbre total frente al futuro o la esperanza. Y los habitantes indígenas de los crecientes barrios periféricos de la ciudad hicieron de la espera una forma de existencia. Shawanta, que en wayuunaiki quiere decir ‘estar parado, a la expectativa’, se convirtió en un verbo conjugado en plural, Shawantama’ana, cuando Benito fundó con sus parientes y allegados las bases de las cooperativas de transporte de personas y mercancías, tal como ha sido retratado en el documental que lleva el nombre del lugar.


Cartas y fotografías desde Shawantama’ana

En los nuevos barrios del norte de Maracaibo, en un parqueadero en desuso, se estableció la cooperativa: “entonces allí se creó el terminal de los pasajeros con los camiones ‘chivas’. Unos camiones ‘chivas’, parecidos a los que ustedes tienen allá en Bogotá, creo que esa práctica la adoptamos de allá de los hermanos de allá de Colombia. Estos camiones ‘chivas’ su estructura es de madera. Lo único de metal es la cabina del carro, el motor y todo el rodamiento. Porque es la única estructura que se presta para hacer los viajes para La Guajira”.

Para Benito, quien se quejaba conmigo en el patio de su casa porque “hace poco salió mi nombre en un libro que elaboró la Fundación Arcoíris que se llama «La frontera caliente entre Venezuela y Colombia»", su situación es siempre ambigua porque los juicios sobre las fronteras (espaciales y temporales) son siempre morales. Hoy en día (y desde siglos) a los wayúu se les llama bachaqueros, contrabandistas: “es un término que lo han puesto muy diplomáticamente pero eso quiere decir ladrón, delincuente, todo”, dice Manuel, sobrino de Benito mientras nos escuchaba conversar. Cada quien ha intentado enfrentar el estigma de formas distintas. Para Manuel la cuestión debe pasar por un proyecto consciente de repensar la condición étnica wayúu – un experimento social y espiritual. Para Román Fernández Jayariyú, un intelectual wayúu en el pleno sentido del término, el asunto consiste en hablar de la condición fronteriza desde el punto de vista indígena, lo que, entre otras cosas, implica participar en emisoras indígenas y en un periódico que se llama justamente wayúunaiki (literalmente, la lengua de los wayúu).

Shawantamama’ana es la alternativa de Benito: “nosotros queremos tener nuestro propio Sambil”. Cada domingo el lugar es una muestra de la combinación entre convención e invención típica de la frontera, una verdadera poética social -como dice Herzfeld-. Puestos de madera, bultos, camiones y personas se entremezclan desde las cinco de la mañana. Se vende queso, harina, agua, gaseosa, ropa, zapatos y maíz cuyo destino serán familiares que viven en la distancia, en la árida península. Las noticias llegarán gracias a Carmen, una escribana. Su puesto es, a primera vista, una rudimentaria papelería: sobres, bolígrafos, papel y cinta adhesiva son permanentes en su escritorio, junto a ocasionales rollos de papel higiénico y café. A su caseta llegan hombres y mujeres queriendo enviar noticias empacadas con las encomiendas que viajan en los camiones, marcadas con el nombre de la ranchería de destino. Carmen se encarga de transcribir sus palabras de manera tan escueta como le es posible. Una larga letanía sobre la abuela enferma o el tío herido en una riña puede convertirse en palabras caligrafiadas como “la abuela está bien; salió del hospital” o “el tío sigue mejor; los enemigos no aparecen”. El papel doblado -y en un sobre que vale unos cinco bolívares fuertes- va invariablemente incluido en un bulto de mercancía que será abierto en una ranchería a cientos de kilómetros. “Bueno, ya hoy día gozamos, ya sabemos lo que es tener celular”, dice Benito. Sin embargo, el novedoso celular no ha menguado el negocio de Carmen.

A unos metros de distancia de Carmen se encuentra uno de los puestos de venta más frecuentados de Shawantama’ana. Allí venden los últimos éxitos vallenatos en formato mp3. Son un preciado bien en cualquier ranchería donde amenizarán tomadas de cerveza Polar. Pero el atractivo principal del ventorrillo no es la música solamente, sino las fotos que toma y revela su dueño. Allí llegan tíos y sobrinos, madres e hijos, novios y amantes que están a punto de separarse. Junto a los CDs vallenatos reposan cientos de fotografías a la espera de ser reclamadas por sus protagonistas. El papel fotográfico guarda, suspendido, el testimonio de relaciones que continúan y persisten a pesar de la frontera o quizás a razón de ésta.

 

 

 

 

 

 

 

En la película «El Regreso» de la directora Patricia Ortega, los mercados de Maracaibo son el escenario donde una niña desterrada por los paramilitares en Colombia encuentra la oportunidad del reencuentro. Tal despliegue de sociabilidad en la frontera es replicado en una miríada de formas cada día en Shawantama’ana. Nadia Seremetakis, refiriéndose a mujeres adivinas en Grecia, nos recuerda que las biografías de fronteras no son tanto el producto de los fragmentos que dejan quienes sobreviven a su paso, sino del esfuerzo por recogerlos, retomarlos y rearmarlos. En sentido semejante, para Benito y quienes envían encomiendas, escriben cartas o se toman fotos, lo que hacen no es un acto de espasmódica respuesta a la marginación. Ellos no conciben su propia existencia marginal, sino que han hecho de la posibilidad siempre latente de reconectar que permiten las fronteras, la lógica misma de sus vidas.

COMENTARIOS
Cargando comentarios...
GLOBALIZAR LA PAZ
numero 27 / Noviembre - 2014
Pasa mucho en este mundo y cuesta seguirle la pista a las causas de cada guerra, de cada muerte, de cada nuevo indicio del reordenamiento del sistema internacional. Jorge Mantilla nos permite acercarnos un tanto más a la comprensión de las dinámicas mundiales y la posibilidad de su resolución hacia la paz.
UNA DESNUDISTA DESOBEDIENTE
numero 26 / Agosto - 2014
Un cuerpo que sabe de su propio placer es un ser potencialmente menos dominable, más emancipado. El sexo y el placer dan cierto nivel de libertad.
EL DEPORTE EN COLOMBIA
numero 25 / Junio - 2014
El periodismo ha sido una de las grandes fuentes de conocimiento y reflexión, crítica y superficial, sobre el lugar del deporte olímpico en la construcción de nación.
BRUJAS, YERBERAS Y OTRAS HIERBAS RARAS
numero 18 / Octubre - 2013
EL AMOR DE OTRAS MANERAS
numero 17 / Septiembre - 2013
El disgusto por las formas de amor tradicionales ha movido a María Teresa hacia una práctica menos impositiva: la hamora.
QUÉ DIFÍCIL EL POLIAMOR…
numero 17 / Septiembre - 2013
PRóXIMOS EVENTOS
Upss! No hay eventos que mostrar
¿TIENES UN EVENTO?
APOYAN :