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TRAS ESCENA
MORIR O MATAR… DE LA ERRE-CIENTO UNO
ESCRITO E IMÁGENES POR
Gonzalo Valderrama
Un hombre de palabra comunicada en vivo, en texto y en mente. Vivo para sentir y poder manifestar lo sentido hasta el penúltimo día.

MORIR O MATAR… DE LA ERRE-CIENTO UNO

Pararse frente el prójimo a hacerlo reír mientras se le enrostran sus contradicciones y se hace mofa de sus certezas, es en definitiva un acto rebelde. Esta es la historia de ‘Me muero de la R101’, la iniciativa de un grupo de humoristas convencidos de que la bella paradoja de la comedia consiste en dosis de rutinas que salvan de la rutina, a la par que hablan de ella.

Hace 14 años, por la nochecita, a un pequeño grupo de cuenteros se nos ocurrió que sería excitante y propicio emular el esquema gringo de comedia unipersonal, anglosajonamente llamado stand-up comedy; criollamente llamado de tantas maneras: están cómedi, star cómedi, estándar cómedi, etc.

Luego de 40 años de monopolio de «Sábados Felices»  en el imaginario popular, estas personas caímos en cuenta de que, ineptos para contar chistes, teníamos, como narradores con facultades humorísticas, todas las herramientas para hacer la transición hacia la comedia: dominio del idioma y del público, fluidez verbal, chispa y encanto escénicos… y, sobre todo, muchas cosas por decirle en la cara a la gente local, acostumbrada a humores menos arriesgados y personales.

Al contrario de los stand-up comedians pioneros que se arrojaron a los leones con sus primeras rutinas a finales del siglo XIX, en muladares, puteaderos y cantinas de pésima muerte, los de estos lares lo hicimos en el antiséptico ambiente de los bares del parque de la 93, la Zona Rosa y Usaquén.

5 años después, Andrés López estrenó para el mundo «La Pelota de Letras», permaneciendo tres años en cartelera y posicionando definitivamente aquel bendito término que nunca se pudo traducir, porque no hay manera eficaz de hacerlo. Eso pasa, a veces, con tantas palabras de otros idiomas cuando se convierten en lo que la gonoRAE llama ‘barbarismos’.

Cuando la cresta de la ola pelotera descendió, Antonio Sanint lanzó «¿Quien Pidió Pollo?» , aguantando al aire 6 meses. Un mes después, este pecho evacuó, por fin, su ópera prima: «La Comedia Malparada» … 4 sábados… y chau. Y así, comediante tras comediante, se fueron estrenando shows de material made in Colombia, de diversas calidades y para todos los disgustos.

Consecuencia de la alharaca que este género generó, hubo una chiqui-revolución nacional de los esquemas comunicativos; se creó, rutina a rutina, un público para ello. En medio del proceso de formación, explotó al aire el programa de TV «Los Comediantes de la Noche». Por fin la stand-up comedy se instaló culturalmente en nuestra patria boba. Lamentablemente el público televidente aprendió a apreciar con sesgos este género que debe suceder en vivo, ante público real, con sets de rutinas que exceden los 8 minutos y que se meten con el prójimo de manera descarnada, destapando ollas podridas, pisando callos y metiendo los dedos en las llagas propias y ajenas, sin temor a hablar mal de una marca o una entidad por el simple hecho de que es patrocinadora. La comedia no es así. La comedia es rebelión, no afirmación de los prejuicios y de los ‘valores’.

14 años para un arte son lo mismo que para un ser humano: adolescencia pura. En Estados Unidos llevan casi 2 siglos haciéndolo; un buen comediante estadounidense es, hoy en día, un vocero de la consciencia nacional. En nuestro caso, no pasamos aún de ser meros entretenedores de fiestas y noches de desparche. Mientras esto sucede, han pululado muchos lugares y contextos -aparte del televisivo- en dónde poner en práctica el oficio: salas, plazas, parques, auditorios, colegios, universidades, piñatas, bares, teatros (grandes y pequeños). En todos ellos sucede lo mismo: un comediante expone y comparte con un público, ávido de risa, sus puntos de vista sobre diversos aspectos de la cotidianidad, la pareja,  la familia, el transporte y los servicios públicos, la muerte, la TV, la música, la política, los perros, los mocos, la inmortalidad, etc.

la erre en colombia

Pero el lugar por excelencia para la comedia ‘parada’ es, sin duda, el club de comedia: un pequeño local en el que todas las noches se presentan comediantes, como en un cine rotativo o una whiskería: de 6 PM a 12 AM. La gente va, se sienta, pide trago y pasabocas, y es espectadora de una dosis personal de rutinas que los salvan de la rutina, hablándole de ella. Hermosa paradoja de este género aún malentendido en nuestro país. Lo triste del malentendido es que sucede incluso en las mentes de muchos de sus oficiantes.

En Colombia aún no existe un lugar de estos; tal vez por falta de infraestructura, de material humano, por cobardía empresarial… o sencillamente porque aún no estamos preparados para este ritual de manera asidua.

Sin embargo, existen algunos bares donde, desde hace más de 25 años, se han presentado espectáculos escénicos unipersonales. La gente va, un día a la semana, se bebe  una cerveza y le para bolas a tipos que hablan sin parar durante más o menos 90 minutos (lo que dura un partido de fútbol). El hablador se lleva lo del cover o una cuota fija que establece el dueño del local. Los espectadores se llevan alguna frase que los haya conmocionado en medio de la ebriedad.

Todo se hacía así, hasta que a un grupo de comediantes ganosos se nos ocurrió proponerle el esquema de club de comedia a un teatro de pequeño formato: el R101, fundado, hace más de 15 años, por exalumnos de la Universidad de Los Andes disidentes del Teatro Libre, quienes les apuestan a nuevos formatos y al humor contemporáneo. Era muy difícil lograr esto en teatro grande, así que le pedimos la mano al erre… y el erre dijo “sí; pero nos pagan el arriendo y traen la gente”.

Hicimos un par de exitosas temporadas piloto a finales de 2011 y en febrero de 2012 decidimos irnos de chorro hasta el presente, todos los martes, sin parar. Cada semana este pecho se disfraza de V de Valderrama (una especie de Pepe Grillo del Infierno): un alocado maestro de ceremonias que presenta cada noche a un promedio de 4 comediantes (1 debutante + 2 expertos + 1 estelar). Pero también ha habido funciones extraordinarias de hasta 20 comediantes, dependiendo de la fecha y de las fases lunares.

«Me Muero De La R101»  es el nombre del espacio que hemos creado, el cual emula la estructura de una función de club de comedia en un teatro de duras sillas (para que entre por las nalgas el efecto hilarante). Cuando se escribe este artículo, ya han sucedido 80 funciones. Y el 99% de los comediantes del país ha pisado sus tablas. Incluso hemos compartido escenario con algunos comediantes internacionales (argentinos, españoles y venezolanos) para demostrar que el humor es un solo lenguaje… y que todos los humanos estamos igual de jodidos.

Cada noche es distinta, ya que nunca hemos repetido elenco. Contamos con más o menos 49 comediantes activos en todo el país, de tal manera que los barajamos para que parezcan muchos más. Cuando un comediante repite su presencia, varía el repertorio… y a veces les hemos exigido que aporten un material específico para las eventuales ‘noches conceptuales’ que ofrecemos mensualmente.

En fin, un espacio vivo e íntimo para que quienes gustan de presenciar y practicar este centenario oficio comulguen alrededor de la palabra chistosa-pero-crítica. Cuando a la gente se le canta la tabla con sentido del humor es como cuando a los niños se les mete la verdura camuflada dentro del huevo.

El próximo martes, y todos los martes que pueda, asista a «Me Muero De La R101» (Teatro R101. Calle 70ª # 11-29. 8:00 PM. $20.000), y déjese matar de la erre por nosotros. Luego de morir, revivirá.

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