I.LETRADA.CO | FICCIONARIO | FOTOS DE COSAS QUE YA NO ESTÁN
FICCIONARIO
FOTOS DE COSAS QUE YA NO ESTÁN
ESCRITO POR
J. J. Junieles
"he aquí un escritor que escribe como si el mundo estuviera ardiendo, como si las palabras fueran lo único que importara.”
IMÁGENES POR
Sebastián Malegría
Malegría. Graffiti. Ilustración. Palabras. Calles. Noches tóxicas. Confusión. Estrellas. Botellas. Partículas. Selva. Ciudad. Montaña. Trueno. Horror vacui. Malegría.

FOTOS DE COSAS QUE YA NO ESTÁN

Con el apoyo de IDARTES, beca para proyectos editoriales emergentes en literatura, presentamos nuestra sección de creación literaria, Ficcionario. Una vez más el género cuento es el protagonista y llega de la mano del escritor John Jairo Junieles.

Recuerdo que entraste a mi habitación buscando algo que habías perdido y descubriste bajo mi colchón la colección de revistas porno con la que había convivido durante meses. Me llamaste, dijiste que me vistiera. Debía acompañarte a una diligencia. Cuando desperté al día siguiente las putas le echaban agua a las matas en la entrada de la casa de citas. Tú estabas al frente con un celador y un taxista. Hablaban de futbol. Tomamos el taxi y regresamos a casa.

Recuerdo que una vez dijiste: “Un par de tetas jalan más que mil carretas”.

Yo tomaba café con leche. Tú habías llegado de visita a casa de los abuelos, porque mi madre y tú se habían peleado de nuevo. Ella nos había instalado otra vez en la casa materna. Ella no estaba. Mientras esperábamos su regreso, una frase hiriente dio paso a otra más filosa todavía. A llorar me puse. Me dijiste que no parecía hijo tuyo. Envejecí cien años en ese instante. El olor del café con leche desde entonces siempre me da náuseas, y tengo que buscar un baño, o algún matorral cerca para vomitar.

Recuerdo que una vez dijiste: “El que está debajo del techo es quien sabe en dónde cae la gotera”.

Mamá decía que llorar mucho ayuda a limpiar los pulmones, algo normal en una optimista delirante como ella, más acostumbrada a perder que a ganar, diestra en el arte de reír mientras el corazón llora, y a escuchar el silencio del tiempo que pasa. La lluvia nos recordaba nuestras propias lágrimas. Porque hubo un tiempo, padre, en que gracias a ti la tierra era más dura que el hierro y el agua más dura que cualquier piedra.

Recuerdo que una vez dijiste: “El pescador que quiere pescados tiene que mojarse el culo”.

Te gustaban los boleros de Daniel Santos. Usar mancuernas en las camisas de domingo. Caminar diez calles detrás de cualquier mujer con el cabello largo. Recuerdo una tarde en que jugabas en el patio con los perros, mamá barría las hojas que la brisa se robaba, yo los miré un instante y tuve que irme de prisa hacia el baño llorando de rabia contra la muerte.

Recuerdo que una vez dijiste: “Al mal que no tiene cura hacerle la cara dura”.

Recuerdo tu mano en la mía, llevándome a ver el cuerpo muerto del abuelo, a quien el ataúd le sentaba bien: se veía muy descansado. La luz de las velas acuñaba tu rostro, padre, parecías un vendedor de loterías ciego en una calle donde todo parece moverse muy rápido. Hasta la muerte tenía dudas sobre quién era el muerto que se llevaba. Todo lo que recordamos está expuesto al polvo y la herrumbre, pero todavía escucho las letanías de esa noche, grabadas en la memoria como en un camafeo.

Recuerdo que una vez dijiste: “Oye mucho y habla poco, si no quieres volverte loco”.

Una vez madre me envío por ti. Estabas cerca de casa. Te encontré bebiendo solo en uno de esas viejas tiendas con muebles de madera despintada. Todos tus amigos se habían marchado, cansados, o borrachos también. Estabas con la mirada perdida en cavilaciones insondables. Me senté a tu lado, viéndote terminar la cerveza. Dijiste algunas cosas en tu delirio, entre ellas que habías matado a un hombre veinte años atrás, pero que no te arrepentías: se lo había merecido.

Recuerdo que una vez dijiste: “Bueno es Dios, pero también mata gente”.

Tu cara de no romper un plato cada vez que aparecías ebrio y oliendo a putas. Madre y su forma de echar las cosas malas a un lado para darle paso a las cosas buenas. Ella me decía: “no lo juzgues mal. No conozco a nadie que esté satisfecho con su vida. Él sólo está perdido, como mucha gente, porque las cosas no terminan siempre como uno quiere.” Yo me dedicaba mejor a mirar largamente al viejo risueño de la avena Quaker, viendo cómo se repetía una y otra vez su imagen en la lata, en un acto de magia incomprensible que deseaba entender y nunca he podido.

Recuerdo que una vez dijiste: “Dios escribe derecho con los renglones torcidos”.

Solíamos tirarnos al suelo boca arriba, a mirar el viejo cielo raso como si fuera una pantalla de cine. Nos quedábamos observando las manchas, descubriendo las figuras que allí estaban, como se inventan princesas y monstruos en el fondo de una taza de café. Lo mismo hacíamos en el verano con la forma de las nubes. En las cuatro esquinas de mi cabeza hay una ventana por la que todavía los dos nos seguimos asomando.

Recuerdo que una vez dijiste: “Herradura que mucho suena es porque algún clavo le falta”.

El frenesí de tus monólogos borrachos.  Te veías acorralado, hacías recuento de tu vida, le pedías perdón a alguien que no éramos nosotros. Nos repetías que lo lamentabas, que  te abriste paso lo mejor que pudiste. Todos intentábamos tranquilizarte, pero parece que nunca decíamos las cosas que querías escuchar. Había muchos agujeros entre tus palabras, faltaban puentes para cruzarlos, y tus ojos perdidos en la intensidad de un recuerdo difícil de olvidar. Al despertar, la guerra había terminado. Olvidabas todo, y nosotros fingíamos estar distraídos.

Recuerdo que una vez dijiste: “Con paciencia y con maña el elefante se comió la araña”.

Me gustaba estar sucio de tierra. Muchas veces corriste detrás de mí para meterme al baño. Andabas por allí, echando la vida a suertes, sin cabuyas en la selva. Hablando en las esquinas del barrio, sentado en los corredores, hilvanando historias y escuchándolas, para luego contarlas en casa y hacernos reír hasta que doliera la panza. Mamá con una pañoleta en la cabeza, bailando una música en tus brazos. Tenías mucho de santo para ser un diablo, papá, y mucho de diablo para aspirar al cielo.

Recuerdo que una vez dijiste: “Cuando el bien nació, el mal ya era bachiller”.

El drama no se hacía esperar después de andar ensimismado. No había que enlistarse en el ejército para ir a la guerra. La salvaje razón de tus horas malas llegaba puntual; entonces la casa daba miedo y olía a celda de castigo. Acaso querías saber cuánto podíamos doblarnos para no rompernos. Tal vez el dolor retenido en algún sitio, una pena lejana, una voz venida de los malos sueños. Nosotros más tarde, sonreíamos a regañadientes, aceptando que la vida podía resultar interesante. El sueño de un mañana distinto acompasaba el ritmo de aquella vida todavía presente, mientras tanto llevábamos nuestra cruz de las preguntas sin respuesta. 

Recuerdo que una vez dijiste: “Cuando el Diablo no tiene qué hacer mata moscas con el rabo”.

Ayer pasé frente al hotel donde nos vimos por última vez. Yo había salido a caminar mi desvarío con algunos amigos, a buscar constelaciones en los ojos de las muchachas. Pasé frente a un edificio viejo amenazando ruina. La escalera subía desde la luz de la calle hacia la oscuridad. Saqué de mi morral la cámara y tomé varias fotografías. Una amiga ebria me preguntó si estaba loco. ¿Por qué tomaba fotos donde no había nada? Respondí cualquier cosa. Estaba cansado. Ya era madrugada y quería dormir. Si hubiera respondido algo, tal vez habría dado pie a una extenuante conversación sin fondo ni dirección.

Recuerdo que una vez dijiste: “La música  ayuda a esperar que las cosas vengan o se vayan”.

Me llevó mucho tiempo olvidar todo esto, y después me llevó mucho más tiempo recordarlo, como ocurre con los hechos en las guerras perdidas. Los recuerdos escapan como peces asustados hacia la tierra en que las flores duran para siempre. Estoy tratando de poner todo esto en palabras que son fruto del apremio y la ignorancia, que buscan anular los relojes para que tú todavía estés allí, papá, al pie de la escalera, en algún lugar entre las cosas.

Recuerdo que una vez dijiste: “A cantar, a cantar, que el mundo se va a acabar”.

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