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EPISTOLARIO
CIUDADES QUE SE ENTRECRUZAN
ESCRITO E IMÁGENES POR
Adriana Roque
Trato de pararme en los bordes, experimentando con agarrar los excesos, lo marginal, aquello que siempre se escapa.
Catalina Zuleta
Interesada en la interacción entre el espacio físico y la mente de quien lo ocupa.

CIUDADES QUE SE ENTRECRUZAN

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

ÁMSTERDAM, SÁBADO EN LA NOCHE

 

"... the sun went in behind some clouds and left us to our

jaded thoughts and the crumbs of our provisions"

Joyce

Cata Querida:

Acabo de regresar de cine. Me he demorado en escribirte esta carta, jugando con ideas sobre qué escribir, qué contarte, describir o preguntar. Pero todo se sentía un poco deshonesto, un poco demasiado estructurado, un poco muy-una-pose. Luego vi esta película y lo entendí. No hay historias mientras las vivimos, mientras todo pasa como una suerte de remolino que te arranca del piso y te revuelve entre el tiempo y la gente. Así, era difícil saber qué escoger, qué recortar y articular en estas palabras. Mucho de lo que vivo y experimento llega y se va así (o tal vez sea yo quien llega y se va, de los sitios y las experiencias), como en remolinos, unos más calmados que otros. Ya ves que al final de tanto remolino apenas nos quedan pensamientos y memorias agolpadas, nos quedan los instantes en los que nos permitimos hacer parte del continuo pasar del tiempo. ¿Recuerdas cuando hablábamos por Skype e imaginábamos qué sería de mi vida en esta ciudad? Ha pasado ya mucho desde eso.

Un año de recuerdos se condensan bajo la impresión de que han pasado apenas unos meses y Bogotá, con sus ritmos y (des)órdenes que aún se mueven subterráneamente en mí, se siente un poco más lejana. Asusta sentir que ahora hago un poco más parte de Ámsterdam, y al mismo tiempo sentir los desfases e incompletudes entre las historias y las experiencias....la ciudad de los canales, de las bicicletas, de los laberintos, del agua de reflejos dorados; la de las prostitutas y los coffeeshops, de los turistas perdidos, trabados, idos, de las noches decadentes. La ciudad donde puedes saborear una libertad total sin mojigatería; sin comunión alguna.

En el verano regresé a donde comencé, el mediterráneo catalán. Conocí parte de Bélgica y me pasó la cosa más extraña. Me sentía a gusto allí como no lo imaginas. Y Bruselas es una ciudad cuyo encanto no es obvio. Es tanto menos  monumental que París, tanto más gris y polvorienta que Ámsterdam o Barcelona. Pero tal vez fue en principio la calidez y amabilidad de los belgas que me dio algo de descanso, de todo tan a la holandesa, tan ausente de contacto y de sonrisas. Me sentí sumamente cómoda por primera vez en un largo rato. Casi un mes después de eso, entendí un poco (o así quise entenderlo) de dónde venía esa comodidad. Desentrañé sin proponérmelo una familiaridad inédita, unos caminos cotidianos en una ciudad extraña.

 

 

 

 

 

 

 

Iba de regreso a Ámsterdam desde mi trabajo de verano en Francia (estuve cuidando un jardín en un castillo -¡¿te imaginas?!-, pero eso es tema de otros envíos), y mi bus pasaba por Bruselas. Entramos a la ciudad y, tras parpadear unas cuantas veces, estaba en Bogotá. ¿Desperté? Quizás sí, tal vez todo este año ha sido un sueño: me quedé dormida mientras iba en un bus de la Nacional a la Javeriana (porque sí, tal vez estaba haciendo la maestría en la Nacional y debía consultar unos libros). Me acababa de despertar -quizás al superar un trancón- y el bus iba toteado por la 45, subiendo desde la 30 hasta la 7ma, con esos edificios de mitad de siglo, blancuzcos y de ventanas grandes, separadores hechos de pasto y andenes bajos. Pero, si había despertado de ese sueño, entonces los letreros en francés distorsionaban las apariencias, se incrustaban de forma extraña en los edificios y a su vez me introducían en otro sueño. Me lanzaban dentro de una ciudad a otra, en un espacio en que ambas me pertenecen; una ciudad que me atraviesa y salta latitudes y océanos. O quizás yo le(s) pertenezco. Entonces por unos minutos, entre sueño y realidad -en ausencia de toda claridad que me permitiera trazar la línea en la que una comienza y la otra termina-, recorría Bruselas y Bogotá simultáneamente.

Así son las ciudades a veces, se cruzan las unas con las otras, viven las unas en las otras, en la realidad y en la ficción de nuestros relatos y sensaciones. Entendí que las ciudades nos habitan, intuición que va a contrapelo de la idea común que tenemos de ciudad: lugares -probablemente inermes y vacíos antes de nuestra gloriosa llegada- en los que construimos edificios y calles, masas de concreto que habitamos. Las ciudades tienen, en cambio, aires y densidades distintas, atardeceres y ritmos diferentes, y todo eso palpita en nosotras más de lo que algún día podremos darnos cuenta. Eso también lo aprendí al estar varias semanas en el campo, recogiendo frutas, habichuelas, y buscando ovejas perdidas en una tarde de sábado. Los lugares y sus vidas.

¿Y las tuyas -tus ciudades y tus vidas-? ¿Qué te dice Toronto, qué te dice la partida del verano?

Te pienso muchísimo, y espero que pronto volvamos a recorrer calles y tiempos simultáneos.

¡Muchos abrazos!

A.

TORONTO, MIÉRCOLES EN LA MADRUGADA

 

 “One must always maintain one’s connection to

the past and yet ceaselessly pull away from it”

Gaston Bachelard

Querida Adri:

Mis ciudades también se entrecruzan. Tardé en responder a tu carta porque me había propuesto hacerlo desde un lugar que no fuera mi casa. Por eso anduve por ahí estos días con una libreta, en busca de un espacio que me ayudara a hablarte de esta ciudad. Pero tú tienes razón: no hay historias mientras las vivimos. Si pensé en escribirte desde otro lugar era porque quería hablarte sólo de Toronto, porque una parte de mí todavía cree que puede (y debe) separar las dos ciudades. Todavía, a ratos, tengo la impresión de que mi casa —esta casa que me cubre con su techo y sus paredes— es Bogotá y que afuera, fuera de ella, hay otra cosa. Pero entre más pasan los años, más se desdibujan mis fronteras.

Hoy pensé en un mensaje de cumpleaños que me mandaste hace tiempo. Hablabas sobre cómo el dolor a veces pesa hasta volverse como un ancla que hace que uno no quiera ni pararse de la cama. Pero luego hablabas también del movimiento: levantarse y seguir. Acallar esas voces que nos hacen creer que se nos suspende la existencia, que afuera no hay nada. Y confiar en que allá afuera sí está todo. Por esa misma época, ahora recuerdo, tuve unas conversaciones muy bonitas con Bruja. Hablábamos de la casa como una extensión de nuestra mente. Como si en esos espacios que habitamos se corporalizara todo lo que sentimos, como si quedarse en casa fuera una forma de encerrarse en uno mismo.

Me gusta pensar que las emociones o, en general, los estados mentales de una persona se impregnan en los lugares como el olor del cigarrillo a nuestra ropa. Así entiendo mi casa. Acaso sea esa la razón por la que aquí siento a veces como si estuviera en Bogotá. Esto me hace pensar un poco en tu intuición de que las ciudades no son lugares inermes sino espacios que, con sus ritmos, nos habitan. Tengo una intuición similar con respecto a las casas. Me parece que hay algo en ellas que trasciende al espacio físico. Las casas —como las ciudades— no son simplemente cajas vacías que llenamos con objetos. También contienen nuestros pasados, memorias y sueños. Nosotros palpitamos tanto en la casa como la casa palpita en nosotros.

Te decía al principio que había planeado escribir esta carta desde un espacio que me llamara fuera de mí misma para poder hablarte de Toronto. Es que a veces pierdo de vista que mi casa es más que una proyección de mis rincones tristes. Y por eso sentí, en un momento, que tenía que hablarte desde otro lugar. Pero después, cuando no pude escribirte desde afuera, recordé lo que es tan obvio: mi casa es más que la suma de imágenes de Bogotá que comparto con mi familia. Mi casa es también mi “rincón del mundo”. Aquí encuentro una quietud muy particular que me permite organizar lo que recojo cada vez que salgo a pasear por la ciudad. Mi cuarto, en especial, me ayuda a darle forma a esos instantes en los que hago parte de Toronto.

Tal vez es porque ahora entiendo mejor lo que representan los espacios de mi casa que he podido abrirme más a esta ciudad. Creo que Toronto se me aparecía tan amenazante porque antes sólo veía en mi casa una extensión de mi pasado, y todos sabemos que el pasado es difícil de soltar. Por eso me costaba moverme, porque salir de mi casa, pensaba, era dar un salto demasiado brusco. Pero ya veo cómo había errado en mi lectura de la ciudad. En realidad Toronto nunca me llamó a dejar de ser lo que fui, sino a llevarlo con menos agobio. Tú bien sabes que yo, en otros tiempos, oscilaba entre el estancamiento y un afán tremendo por olvidar. He estado cultivando otras formas de coexistir con mi pasado, sin rechazarlo pero también sin invocarlo a cada momento. Salir no es necesariamente soltar; es airear, es pasear mis recuerdos con más nobleza.

 

 

 

 

 

 

 

Eso de la partida del verano es todo un tema, no deja de asombrarme el impacto que tiene el clima en mis estados de ánimo. Pero aún con lo apabullante del frío, este invierno quiero salir más. He estado leyendo algunos textos sobre psicogeografía que me han hecho dar ganas de salir y apropiarme de la ciudad mientras la camino. Quiero salir  a comprobar qué pueden las cosas, los momentos, las personas y qué puedo yo ante ellos.

Y así está todo por acá. Desde hace unas semanas cada vez que me monto al metro tomo apuntes y describo lo que veo. Lo hago un poco para sacudirme el miedo que me producen los espacios cerrados. Pero además pienso en esto como una suerte de ejercicio de introspección externalizada que me ayuda a seguir mis propios ritmos y también los de la ciudad. Siento que es una forma de estar presente, de poner más atención mientras me fijo, como dice Perec, en “lo que pasa cuando no pasa nada”.

 

 

 

 

 

 

 

Gracias por tu carta, Adri. Me ayudaste a entender mejor mis ciudades y mis vidas.

Te van abrazos fuertes. Yo también espero que no esté muy lejos el día en que nos volvamos a ver.

C.

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