I.LETRADA.CO | EPISTOLARIO | DE SUR A NORTE
EPISTOLARIO
DE SUR A NORTE
ESCRITO E IMÁGENES POR
Andrea Muñoz Quintero
Estudiante de sommellerie, fotógrafa documental.
Luis Cota
Amo los números, me gusta bailar salsa y cuando estoy en Colombia me siento feliz.

DE SUR A NORTE

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

EL SUR

14 de agosto de 2013,

Buenos Aires

Te escribo desde el sur de América del Sur. Una tierra donde 'los gorilas' son carnívoros y detractores del Peronismo. Acá nos despedimos todos de Nonino estremecidos por su elegante danza sobre el teclado del bandoneón.

Te escribo desde un lugar llamado Caballito donde la clase media se levanta cada día a galopar la vida que es dura acá o allá.

A un lado, tengo un plato de repollitos de Bruselas pasados por agua y luego envueltos con manteca, pimienta y sal. Al otro lado, tengo un libro del Marqués de Sade, «Diálogos entre un sacerdote y un moribundo», que compré hace poco en la librería que más frecuento al costado del hermoso Cementerio de la Recoleta.

Te escribo porque deseo contarte lo que ha pasado a lo largo de casi dos años de estar lejos de mi ciudad natal.

Argentina, desde mi punto de vista, es un lugar apasionado, que huele a vino y no lo digo porque vaya a ser sommelier, sino porque este –el vino- es casi omnipresente en la cultura de los argentinos.

Esta patria ha tenido una política migratoria que ha permitido que la cultura se diversifique al permearse de diferentes vertientes. He conocido la capital con mucha curiosidad; me resulta apasionante entender la gastronomía, el arte, las religiones. Me gusta escuchar hablar a sus habitantes y notar cómo los argentinos,  al igual que los italianos, tienen la necesidad de hablar con las manos.

Te quiero contar que acá tienen una reina, La Reina batata, creación delicada y dulce de María Elena Walsh, pareja de una fotógrafa que admiro mucho, Sara Facio. Ella retrató, entre muchos otros escritores, a Jorge Luis Borges, a quien dios le dio los libros y la noche.

He tenido momentos difíciles, muertes verdes que podaron mi campo, soledades. He llorado tanto que ahora llorar me parece un cliché. Sin embargo, en medio de mis muertes, he aplaudido grandes que me han hecho estar erigida hacia una meta constante que ni siquiera conozco, que me mantienen en pie a lo largo de un camino borracho de olores característicos de tanta cultura y amor. Son piezas que han sabido amoldarse como amalgamas en partes donde mi vida tenía grandes vacíos y caries producidas por el dulzor barato de las cosas efímeras que a veces violan la vida.

Conocí a Quino, Liniers, Uki Goñi, Maximiliano Guerra, Pedro Aznar. He visto a las abuelas de la Plaza de Mayo y a Esteban Morgado. Fui a ponerle un cigarrito a Gardel, a fisgonear la tumba de Evita. He escuchado a grandes enólogos en persona, visto obras de Marta Minujín y recientemente estuve en el Cementerio de la Chacarita despidiendo a uno de mis artistas favoritos, el groso León Ferrari.

 

 

 

 

 

 

 

No puedo explicar lo que se siente entender de repente  una vida de valentía y arte como la de León Ferrari. No voy a olvidar cómo aplaudí y lloré cuando su familia, amigos, vecinos, y personas que lo conocieron hablaban de él de la forma como siempre imaginé que sería. Sin duda fue una de las personas más influyentes para la Argentina en el siglo XX. Su despedida fue hermosa, austera, en pleno invierno, y a la vez en una primavera de recuerdos para muchas personas que expresaron su personalidad crítica y sencilla con la sociedad. 

Me sentí tan triste el día que murió. Fue un poco la muerte mía, y un proceso de entender que los ídolos son personas finitas, que viven determinado tiempo. Sin embargo sentí, como ya había sentido antes, que debía dejarlo ir para acoger a muchos ídolos más. Al final, todos lo despedimos con un aplauso caluroso como el recuerdo que se guarda bien.

Argentina, como percibirás, me ha enamorado un poco y me ha dolido inmensamente. Me ha sostenido y me mantiene en constante aprendizaje. También me puede, me indigna; pasan y pasaron cosas desastrosas. Hubo cemento en los pies de las personas, secuestros, dictadura. Hubo odio, hubo de todo lo que nadie quiere. No es un lugar perfecto, es un lugar con gente de carne y hueso, estructuras que se deterioran, una sociedad dividida.

Este lugar está embrujado. Es un embrujo que vuela en el cielo azul de la ciudad y se deshoja en otoño. Un país con un notable apoyo a los deportistas, que goza de un sistema de salud para los más pobres y que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Te escribo desde un lugar donde, como decía Spinetta, “me apuran los momentos” y donde la yerba mate se toma sin dejar hervir el agua.

Nos veremos pronto en cartas.

Andrea Muñoz Quintero

 

CaLIFORNIA TIME

Septiembre, 2013

Nueva York

"Come on kids, hurry up," as she claps her hands, "we're not on California time, let's go".  Estas fueron las palabras que declaró una madre a sus dos hijos en Nueva York. A diferencia con la Gran Manzana, en California la gente camina más lento. De hecho, cualquier neoyorquino que veas parecerá que va tarde a la reunión más importante de su vida, una reunión permanente que ocurre para cada quien mínimo  16 horas al día.

Lo que me marcó de estas palabras no fue  lo que dijo la mamá, ni cómo lo dijo o cómo sucedió esta cadena de eventos con los niños en Times Square, sino que este detalle es el primer recuerdo de mi visita a Nueva York. Mirando hacia atrás, me impresiona cómo el tiempo se ha vuelto tan importante en mi vida. Aprender cómo organizarlo o cómo administrarlo cada día, cómo manejar mis agendas. Hasta en mi trabajo me enfoco en series de tiempo -la cuantificación de datos generados por seres humanos cuyo único propósito es hacer una compra y venta para asegurar sus viviendas cuando deciden que llegó el momento de retirarse de sus cargos laborales-. El deseo fundamental de cada persona de buscar asegurar vivienda, comida y salud, se cumple o se intenta cumplir a través de datos, de análisis cuantitativos, de estudios matemáticos que se basan en el tiempo. ¿Cuánto tiempo tienes antes de retirarte? ¿Cuántos años de trabajo serán suficientes para hacerlo? ¿Cuántos recibos deberás pagar durante todo ese tiempo? ¿Cuántos hijos esperas tener cuando te retires? ¿Cuántos tienes ahora? Hay números en todo lo que vemos, todo lo que hacemos, todo lo que deseamos hacer. Los puedes ver o no, pero están ahí, y son hermosos.

Nueva York ofrece mucho -numerosas ideas, culturas y aromas-. Hay tanta estimulación que uno aprende a ser abierto, incluso hasta lo previamente conocido se convierte en algo multifacético -se puede conocer de múltiples maneras y cada manera es un conocimiento distinto-. Por ejemplo, está el Rockefeller Center. La primera vez que lo conocí, era una plaza elegante con banderas de todos los países del mundo donde ponen un árbol de Navidad y la gente patina sobre hielo en invierno. Durante los tres años que viví en Nueva York lo conocí así pero, luego, el pasado julio lo redescubrí cuando me visitó una amiga colombiana arquitecta. La llevé a visitar este lugar y lo conocí nuevamente, vi otra faceta del edificio que se encuentra en ese centro.

Los edificios alrededor del Rockefeller Center guardan grandes historias artísticas como la obra de Diego Rivera «Man At The Crossroads» que fue pintada y destruida aquí. Pocos saben que Hell's Kitchen, que queda en el este de Manhattan y con vista directa al edificio principal de Rockefeller Center, tiene una historia ligada a las obras de arte alrededor del edificio. Hell's Kitchen fue nombrado así porque era un barrio con mucha actividad criminal. Los jefes de la radio RCA, ubicados en este edificio, creían que la información tenía poder, de tal forma que  por medio del conocimiento, la sociedad podía liberarse de todo y progresar como comunidad. Tanto lo creían que quisieron plasmarlo en varias paredes y entradas exteriores como obras de arte del Rockefeller Center; RCA quería regalarle la luz y la sabiduría que llega a través de la información, a los habitantes del Hell’s Kitchen. En algunos muros se puede ver personajes celestiales mandando rayos informáticos y señales de radio y televisión a los criminales, quienes al recibirlos, se liberan con la luz que solo viene de la información. Lindo pensamiento, aunque quién sabe si funcionó. ¿Qué dirían los Kardashians si les dijéramos que su programa sería utilizado para sanar una población criminal?

Para llegar a cualquier sitio, sea Rockefeller Center o Central Park, es inevitable tomar el metro. El metro de Nueva York se llama MTA, Metropolitan Transport Authority, conformado por 468 plataformas, y logra mover en total a 5.3 millones de personas al día. Solo en la plataforma que me corresponde más de 15.000 personas toman a diario el metro. Esto implica que sea un mundo fractal, o sea, un mundo dentro de un mundo en el que ves de todo.  Entre los locales que utilizan cotidianamente el metro se destacan diferentes personajes: el hipocondriaco que se pone anti-bacterial cada 30 segundos, el grupo de niños de 10 años que, sin pensar en las bacterias, hace un show de breakdance utilizando cada tubo que les ofrece el vagón, los grupos de mariachi que cantan «Las Mañanitas» a las ocho de la noche. También, están los foráneos, aquellos cuyos ojos curiosos delatan su paseo turístico.

La arquitectura de Nueva York es increíble; hay estructuras magníficas que pareciera  que realmente rascan el cielo, haciéndote una invitación a que subas y participes en ese juego celestial. Hay otros que tienen una cara de regañón donde te sientes criminal con tan solo caminar lentamente enfrente de la entrada. Unos que te invitan a co-habitar un espacio público, como el Museo Guggenheim. Se nota cuando un arquitecto le tuvo cariño al peatón y cuando sentía un aire de aristócrata que no quiere ni respirar el mismo aire que respiran los plebes. Los artistas también participan en esta ironía, como Lee Lawrie, el escultor que creó el Atlas en bronce, que pesa 7 toneladas, y es una obra emblemática del estilo Art Deco alrededor del Rockefeller Center. Cuando primero presentó sus ideas, Atlas estaba desnudo; para concederle un poco a las olas conservadoras, y por la ubicación en frente a la iglesia St. Patricks, decidieron taparlo en el frente con lo que parece ser una ola del mar. Pero por detrás, aún le muestra la nalga al mundo. Muchos contrastes,  todos muy humanos.

 

 

 

 

 

 

 

Otro de los pre-conceptos que traía de Nueva York siempre estuvo muy ligado a la moda de sus habitantes. Me imaginaba cada persona vestida con lo último de las pasarelas, una práctica diaria hecha sin esfuerzo como si fuera tan natural como respirar el aire fresco al amanecer. Lo que no me imaginaba era la gran labor que es vestirse bien en Nueva York.

Para ilustrarlo un poco, están las mujeres de mi oficina. Ellas son las primeras en enterarse, semanas antes de las renuncias, para pedir permiso de usar los gabinetes  desocupados por el renunciante. Estos son los gabinetes de oficina grandes, los que quedan en las paredes, donde guardan sus zapatos elegantes para no tener que caminar hacia el metro usando Louboutins, tan altos que duele solo de pensar en tener que subir y bajar las escaleras  del metro.

Estoy seguro de que llegaré a conocer otras cosas nuevas de lo que creo conocer de esta ciudad. También soy consciente de que no hay más California Time y que me queda poco tiempo para dormir, y mañana abrir los ojos para comenzar una vez más la rutina semanal: vestirme, salir y caminar al ritmo de los que parecen ir tarde para la reunión más importante de sus vidas.

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