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ARCHIPIéLAGOS DE NITRATO
VOLVERSE VAMPIRA EN BOGOTÁ
ESCRITO POR
Maria Paula Gutiérrez
Me interesa el tema del exilio desde la forma como ha sido abordado en el cine, la literatura y la música.

VOLVERSE VAMPIRA EN BOGOTÁ

«Alguien mató algo» de Jorge Navas
La inspiración puede encontrar tantas fuentes como experiencias familiares o accidentales nos ocurran, y eso no excluye al cine. María Paula Gutiérrez conversó con el director Jorge Navas sobre el lugar que ocupa en su trayectoria la vida en las ciudades. Desde las historias caleñas hasta una vampiresca Bogotá, el lente de este artista ha plasmado su fascinación por los universos urbanos.

En la ciudad gris que cada día nos chupa la sangre, una tarde en la que llovía sin parar, me cité con Jorge Navas, director del corto «Alguien mató algo» (1999). Nos reunimos para hablar de una niña vampiro, de Cristos ensangrentados, de los caracteres particulares de ciudades como Bogotá y Cali, de su trabajo como director de películas y comerciales de televisión.

«Alguien mató algo» es una adaptación del cuento de Fernando Gómez Echeverry «Heriberta, la vampira y la promesa». Un relato sobre una niña de ocho años que tiene una fascinación muy especial por la sangre. Atormentada con la idea de crecer y ser cada vez más vieja y fea como su madre, encuentra en la sangre la pócima perfecta para llegar a la inmortalidad y la eterna juventud. Contrariando las ideas católicas de su mamá, una señora muy chapada a la antigua, a Heriberta le gusta “aplastar zancudos gorditos y jugosos” (Fernando Gómez Echeverry: 1), rascarse las heridas y raspones e intercambiar favores con sus compañeras de colegio para conseguir algunas gotas de sangre: “Por un dulce la Cleo se deja cortar en la yema de los dedos, la Luna por la tarea de matemáticas, la Pato por una mordida del sándwich que hace mamá” (Fernando Gómez Echeverry: 1). Por las noches estudia ciencias naturales y lee los libros de anatomía y medicina que heredó de su padre muerto para buscar mejores métodos y así conseguir sangre. A escondidas de su madre lee un cuento sobre “(…) una condesa medieval que se bañaba con la sangre de doncellas colgadas, para mantenerse joven” (Fernando Gómez Echeverry: 1). Cuando va a la Iglesia con su mamá, tiene fuertes diálogos con el santo que derrama sangre y está trepado en la cruz. Él está cansado de la vocación de la niña de ser vampira y quiere darle un susto. Así, durante una conversación final en la que el crucificado, con apariencia de mendigo, infructuosamente intenta hacerla entrar en razón, él termina nuevamente derramando sangre, pero esta vez por Heriberta.

 

 

 

 

 

 

 

Esta historia llamó la atención de Jorge cuando estudiaba con Fernando en Cali, en la Universidad del Valle: 

No recuerdo exactamente en qué clase nos pusieron a escribir y cada uno leyó su texto. Fernando leyó su cuento, «Sangre para Heriberta», creo que así se llamaba. Era un cuento de dos páginas que al oírlo me pareció muy interesante. Me llamó la atención que hablara de una niña que quería ser vampira.

Siempre me han gustado los vampiros y pensé ˈve, esto está chévere para hacer una historia, algo audiovisual. El día que pueda hacer cine haré esta historia. En ella hay algo bacanoˈ.  

En ese momento era imposible hacer cine. Uno no se imaginaba que podía tener cerca una cámara de cine; era muy complicado cuando estábamos en la universidad. Sin embargo, a los dos años de graduarme de la universidad me vine a vivir a Bogotá y a los tres años me gané un premio en la Cinemateca Distrital.

Había una convocatoria que hace todos los años la Cinemateca. Yo estaba trabajando acá en Bogotá y escribí un guion basado en ese cuento, que es muy distinto a la película. El cuento de Fernando es humor negro y lo mío es más oscuro, más dramático, más trágico. Entonces hice ese guion, lo mandé a concursar y ganó el premio, y con ese dinero y con unos ahorros que tenía, hicimos la película.

En alguna entrevista que te hicieron leí que el impulso de llevar este cuento a la pantalla surgió en un momento en el que estabas caminando por el Centro y pasabas por el Pasaje Hernández. Algo te recordó esa historia, ¿qué encontraste en el Pasaje Hernández que te hizo recordar el relato de Fernando Gómez?

Yo soy de Cali, y llegué a Bogotá a trabajar en publicidad. Cuando llegué a la ciudad me parecía, y me sigue pareciendo, oscura, monocromática, misteriosa, bien vampiresca en muchos sentidos: las noches son solas, las calles son vacías, son frías, lluviosas. Es un ambiente bien particular y de alguna manera muy vampiresco.

Yo salía con mi novia a caminar por el Centro y pasando un día por ahí, por el Pasaje Hernández, vi ese edificio que fue en el que rodamos la película. En el corto nunca se ve, pero había sido un hotel. No recuerdo el nombre, pero era un edificio republicano en una esquina y ese edificio estaba en decadencia. Las ventanas estaban rotas y tapadas con cartones y plásticos; era un edificio muy bonito, muy elegante con una arquitectura muy bella, pero con esas cosas ahí tapadas y rotas. Yo me preguntaba por las personas que vivían ahí. Por esa época me había visto «Entrevista con el vampiro» (1994) y pensé que aquí podían vivir unos vampiros escondidos o unos bazuqueros.

Por la elegancia y la decadencia del edificio me acordé del cuento de Fernando. Conecté las dos cosas y dije 'este espacio está muy bonito como para poner en escena esa historia'. Ahí hice click y me senté a escribir el guion.

Uno de los lugares emblemáticos del corto es la Iglesia de las Nieves, ¿por qué escogiste esa iglesia y no otra?

Me llamó la atención un Cristo que está ahí acostado en esa iglesia. Siempre me han impresionado mucho las imágenes de los Cristos todos flagelados, sangrantes, con esas caras de dolor y sufrimiento. Yo digo, me pregunto, '¿por qué la gente le rinde culto a esa imagen tan fuerte, tan dura?'. Para mí, hay una contradicción entre el amor y devoción, y esas imágenes tan complejas y desgarradoras. 

 

 

 

 

 

 

 

La ciudad ha estado muy presente en tus trabajos. Cali, ciudad en la que naciste, está retratada en «Calicalabozo» (1997). Tu primer corto y tu primer largo se desarrollan en Bogotá. Para Cali fue documental; para Bogotá ficción. ¿Qué tipo de relación tienes con las ciudades en las que has rodado tus películas?

Yo estudié Comunicación Social en la Universidad del Valle, y en este departamento tienen una fascinación académica por analizar las tribus urbanas, las ciudades... Por ejemplo en la Universidad del Valle, es muy fuerte el tema del documental y lo marginal dentro de la ciudad. Entonces inevitablemente yo me contagié de eso.

Me gusta mucho la ciudad como tema. Me apasiona entender qué es lo que se cuece en cada ciudad y cuáles son las identidades de cada una. Por eso siempre el paisaje urbano lo veo como una cosa expresionista: la arquitectura, los colores y las texturas hablan mucho del alma de la gente que habita en esos lugares. Me interesa mostrar al ser humano y su relación con el espacio. Siempre esas dos cosas unidas producen otra cantidad de significados y siempre me fijo en las dos.

¿Y crees que han sido las ciudades con sus particularidades las que te han llevado a querer contar historias, o al revés, ha sido el cine que te ha ayudado a explorar las ciudades como tema, espacio o personaje?

Pues yo creo que es de lado y lado. En el caso de Cali, con Andrés Caicedo, que me gustaba desde muy adolescente, donde la ciudad estaba ahí, todo el tiempo, me percaté de las historias presentes en mi ciudad. En Caicedo, la ciudad era protagonista. Leyéndolo y viviendo Cali, empecé a tener esa conciencia de ciudad tan fuerte. Entonces pensaba 'este man está hablando del cine a donde yo voy, de la calle por donde camino, de las sensaciones que yo tengo cuando voy por tal lugar'.

El espacio es un tema que me apasiona. Siempre que voy a cada ciudad me encanta caminar y caminar, explorarlas, sobre todo los centros de cada ciudad y sus noches. Es algo que me interesa mucho. La ciudad inspira varias cosas y me produce un encanto para analizar y tratar de entender esos universos urbanos.

¿Cómo se transformó tu mirada sobre Bogotá entre «Alguien mató algo» y «La sangre y la lluvia» (2009)?

Yo creo que mi mirada se fue y sigue complementando. Precisamente ahora estoy trabajando en otro proyecto que es una mezcla entre «La sangre y la lluvia» y «Alguien mató algo». Es como la continuación de esta niña, del personaje de Heriberta pero ya grande, como una mujer adulta. Es algo que está mucho más relacionado con la magia negra, y una manera más simbólica de la violencia, más surreal y mágica.

En esta película, Bogotá sigue siendo muy importante como paisaje, como ciudad expresionista, oscura y mágica. A mí me gusta mucho el cine expresionista, y me fijo, por ejemplo, en cómo la ciudad habla todo el tiempo a través de sus imágenes, de lo podrida que está.

«Alguien mató algo»  se rodó en 1999, pero, ¿en qué época está ambientada la historia? ¿Cuál era la atmósfera que querías dar al corto?

La historia se desarrollaría en una familia detenida en el tiempo y el espacio, la de esa niña con su mamá y su papá muerto. Fuera de la casa de esta familia, la ciudad seguía en presente como ciudad contemporánea en 1999.

La idea era contrastar esos dos universos donde vivía la niña: en la casa, un espacio más claustrofóbico y congelado, y el entorno exterior que era más cotidiano, más normal de hace ya 14 años.

Recientemente, Carlos Reygadas dijo que nunca más haría una película con niños y animales. ¿Cómo te fue a ti dirigiendo a María Cardona? ¿Cómo fue el casting?

Super bien, muy buena. Desde el primer día que la vi en el casting quedé enamorado de la niña, de su presencia, de su mirada y de su inteligencia, y fue muy pila, fluyó muy bien. Yo también hago comerciales y cuando me toca con niños es muy complejo. Pero tuve la suerte que esta niña era muy fuerte interiormente, muy inteligente, tiene mucho carácter y se las pillaba todas de una.

A María me la encontré un día con los papás porque el papá de ella, cuando hicimos la película, trabajaba en la Cinemateca Distrital, era como el director de la Cinemateca. Eso ayudó mucho, pues era una persona de mente más abierta. Probablemente otra persona no hubiera dejado que su hija se metiera en una historia tan rara y retorcida.

Fuiste el director de las campañas de televisión contra la droga de “Pégate al parche" y "Marimba a la lata", ¿cómo nació ese proyecto y de qué se trataba?

Era un trabajo por pedido que lo comisionó una agencia de publicidad que se llama Aguayo y Asociados. Lo quisieron hacer en Cali porque era más barato y era para Cali, entonces buscaron quién lo pudiera hacer y contactaron a la Universidad del Valle que tiene una productora, y de la Universidad del Valle me contactaron a mí que acababa de hacer un comercial para la asociación de protección de animales. Fue el primer comercial que hice y le fue bien, tuvo un impacto a nivel regional en el Pacífico.

Esos comerciales digamos que nos catapultaron a varias personas que trabajamos en equipo para muchas cosas. Los comerciales quedaron bien, las canciones fueron memorables y se ganaron muchos premios internacionales de publicidad.

Por esa época en la universidad yo veía mucho Spike Lee, ese director negro que estaba empezando a ser reconocido mundialmente, y él se metía al Bronx en Nueva York y a las zonas de ghettos negros que estaban empezando a ser reconocidos comercialmente en Estados Unidos. Entonces yo dije, “quiero meterme al barrio Agua Blanca y grabar, y que se sienta esa fuerza de barrio-ghetto”. De alguna manera, esos son comerciales muy sencillos pero tienen un mensaje contundente y las imágenes tienen esa fuerza que son la realidad. Entonces creo que eso impactó mucho porque no se había hecho. La publicidad aquí era muy cuadriculada, muy puestecita, muy acartonada. Acá la alfabetización pobre de la que hablamos, si en cine es así en publicidad es peor. 

Las películas de Jorge Navas son una exploración visual de las ciudades que tanto conoce. Se convierten en material valioso, para ampliar el espectro de películas que pueden servir de referentes que ponen en evidencia las dinámicas de ciudades como Bogotá y Cali. Así, Navas propone comentar las ciudades, los espacios, recorrer sus estructuras para entablar conversaciones que dan cuenta de sus habitantes, del espíritu propio de cada ciudad.

 

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