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SANTA NERDA
LOS JARDINES YA NO SON PARA TODOS
ESCRITO POR
Alejandro Mendoza Jaramillo
Sociólogo de la UN y candidato a magister en Planificación Urbana y Regional de la UBA.
IMÁGENES POR
Gabriela Del Sol Abello
Soy artista multidisciplinar, investigadora del cuerpo y la imagen.

LOS JARDINES YA NO SON PARA TODOS

La preocupación del hombre por lo utópico, ejemplar o ideal, representa una pasión que desde siempre ha latido en la naturaleza humana. La ciudad, con su enorme complejidad, nos muestra que en el urbanismo como en otras dimensiones de la vida suelen formularse y reciclarse nuevas respuestas a viejas preguntas.

Conseguir un modelo de ciudad adecuado a las necesidades de calidad de vida de la población, capaz de asegurar cierta eficiencia y autosuficiencia, y con características que le sean distintivas, es  un problema que ha inquietado desde siempre a todos aquellos interesados en los temas de la ciudad. Desde perspectivas más técnicas y acotadas, enfocadas en las dimensiones físicas y la disposición de los espacios (como lo hacen los arquitectos y profesiones afines), hasta posturas más integradoras que buscan entender e intervenir sobre la mutua determinación del espacio y la sociedad (como bien lo han hecho el urbanismo, la sociología o la geografía), el asunto ha estado rondando el pensamiento sobre la ciudad.

Desde los primeros asentamientos humanos, que según la literatura urbanística moderna datan desde hace más de diez mil años, la construcción de la ciudad (y el ordenamiento del espacio) siempre estuvo signada por alguna idea rectora[1]. En la antigüedad primaba la cercanía a una fuente hídrica que abasteciera a la población, al tiempo que se hacían presentes con fuerza los valores de tipo religioso (orientación cosmológica-astrológica) y militar. Esto determinó que en ellas fuera común encontrar amurallamientos que protegieran la ciudad de los posibles ataques, que las viviendas se dispusieran en formas geométricas particulares buscando el mismo sentido de protección, a la vez que aquellos primeros aglomerados contaban con grandes templos dedicados a las deidades del cielo y de la tierra.

Dicho urbanismo se transformó de manera sustancial con la cultura fuertemente política y racional de la antigua Grecia, de manera que ahora las ciudades debían estar a la “medida del hombre”. Es en este momento histórico en el que surgen los primeros modelos de ciudad ideal: Platón la entendía como el espacio necesario para la vida social y espiritual, cuya función era conducir a la virtud. De su parte y desde una postura más política, Aristóteles la concebía como el lugar en el que los hombres ejercían sus libertades públicas[2].

Con mayor o menor intensidad, la racionalidad, funcionalidad y armonía en los espacios (es decir, una visión de conjunto), se convirtieron en los criterios dominantes que estarían presentes en todas las ciudades que se desarrollarían posteriormente.

Dando un salto en el tiempo hasta llegar al siglo XIX, en el contexto histórico de la revolución industrial y como consecuencia de las múltiples transformaciones (demográficas, económicas, sociales y ambientales) que implicó para la vida urbana, surgieron nuevos modelos de ciudad ideal que, como propuestas desurbanizadoras, buscarían soluciones fuera de la ciudad altamente degradada y contaminada.

Es así como a finales de ese siglo, con una fuerte impronta social, aparecen las primeras propuestas de 'ciudad jardín' de la mano de Ebenezer Howard. Con aquel nuevo urbanismo[3] se intentaron resolver las agudas problemáticas que la ciudad industrial exacerbaba (sobrepoblamiento, hacinamiento, contaminación del aire y del agua, alta morbilidad), por lo que se buscó aprovechar las ventajas que el campo circundante podía ofrecer. De acuerdo con Gravagnuolo (1998), el “malestar” generado por las grandes ciudades indujo a un optimismo pragmático motivado por el convencimiento de las posibilidades realistas de superar las contradicciones urbanas en el territorio aun incontaminado del suburbio.

Entre otras razones que pueden explicar la atracción por el suburbio para el desarrollo de esas nuevas ciudades, aparece la búsqueda de espacios amplios que permitan una  sensación de escape, confort habitacional, mayor grado de conexión con la naturaleza y de apreciación paisajística (sentido de tranquilidad visual), a la vez que aseguren un estilo de vida menos frenético, estresante y agotador. Todo ello enmarcado en los valores tradicionales de comunidad. Sin duda era un asunto complejo. En estos nuevos espacios se buscaría crear una ciudad con crecimiento poblacional y urbano controlado, en la que además se compatibilizaran las diferentes actividades productivas (agrícolas e industriales) y se estimularan aquellas relacionadas con el desarrollo de la persona (estudio, recreación y deportes).

La primera 'ciudad jardín' que se desarrolló bajo este paradigma sería Letchworth, a 56 kilómetros al norte de Londres. El diseño radiocéntrico, a cargo de Raymond Unwin y Barry Parker, se basa en bulevares flanqueados por grandes edificios con patio que convergían en un espacio central verde y bien cuidado. Con un riguroso respeto por las normas, la ciudad jardín buscaba regular la densidad, las distancias y la altura de los edificios. Lo distintivo de este modelo, que se convertiría posteriormente en signo característico del Garden Movement, sería el predominio de casitas unifamiliares (encargadas de darle un aire de pequeña y somnolienta ciudad de provincias).

En el mismo sentido, la amplia repercusión que tuvo el Garden Movement a nivel internacional[4] gracias a la International Garden Cities Federation, generó una paulatina transformación de la ciudad jardín original, bajo los preceptos del modelo howardiano, hasta convertirse en una referencia de una equilibrada programación de núcleos suburbanos netamente residenciales y de pequeñas 'ciudades satélite' ricas en espacios verdes y en equipamientos colectivos, que no necesitaban de una descentralización productiva[5].

Esta importante transformación significó un cambio radical en el modelo de ciudad ideal: ahora los suburbios no serían autosuficientes en sí mismos, sino polos gravitacionales de la ciudad consolidada. En tal sentido, los nuevos núcleos residenciales estarían a una distancia prudente de la gran ciudad. Serían construidos como asentamientos cerrados, circunscritos por un recinto que los separaría del espacio urbanizado circundante. Según Gravagnuolo (1998), esto reflejó un crecimiento celular de las grandes ciudades, opuesto al desarrollo continuo e indefinido, en el que la ciudad central funciona como núcleo baricéntrico que reúne las instituciones directivas y los equipamientos terciarios, culturales y de tiempo libre. En torno a ese núcleo se distribuyen, en un ámbito protegido por un área verde, las medulas suburbanas circunscriptas pero con cierto grado de autonomía[6].

En un contexto más reciente, desde una perspectiva más económica que social, las urbanizaciones cerradas contemporáneas resultan herederas de esta tradición de ciudad ideal. Es fácil encontrar el vínculo entre la ciudad ideal de fines del siglo XIX e inicios del XX, con los actuales modelos habitacionales ofertados desde el mercado inmobiliario. Aun con las particularidades que las determinan, en las últimas se descubre la prevalencia de los mismos elementos: centralidades residenciales periféricas con el común denominador del encerramiento y dotación de todo aquel equipamiento necesario, unión de la periferia con la ciudad central gracias a las redes de transporte, sensación de libertad a través de una amplia extensión física en el que priman el contacto con la naturaleza y las relaciones de tipo comunitario[7].

Si bien con la construcción de las modernas urbanizaciones cerradas se concretaron los intereses económicos de los agentes inmobiliarios, con ellas también se cristalizó un nuevo estilo de vida urbana de lo que debería ser la ciudad: “el barrio como la representación de la ciudad que anhelan, es una micro-ciudad armónica de paisajes verdes, agradables, tranquila, que ellos han construido, un entorno que contrasta con la otra gran ciudad y que lo muestra más humana y agradable de vivir” (Guerrero, 2006: 114).

Aquí es válido destacar que, contrario a las antiguas casas de campo de las ciudades jardín e incluso de las primeras ciudades satélite, las viviendas modernas tienen incorporados mensajes subyacentes relacionados con las ideas de status, clase, riqueza y búsqueda de la felicidad. Constituyen una respuesta vehemente a la renovada pasión por la vida en el campo y a la búsqueda de viviendas que reflejen “realmente” los deseos, las aspiraciones y los estilos de vida de un grupo cada vez mayor de seguidores de lo bucólico y de lo provinciano, pero que al mismo tiempo están preocupados por el diseño. Este hecho determina que se conviertan en núcleos exclusivos y refinados de las clases más acomodadas.

La ciudad ideal contemporánea abandona ese sentido colectivo -accesible a todos- de antaño, para transformarse en un ideal que solamente puede comprar un selecto grupo. La fantasía verde se convierte entonces en un bien de lujo del que la mayoría queda excluida; pero estos últimos no resultan del todo indeseables ni amenazantes, pues alguien tiene que hacer las labores de servicio y mantenimiento de los espacios.

La ruptura drástica del tejido social contemporáneo con la consecuente consolidación de nuevas formas de socialización entre las personas (de tipo más vertical que horizontal), permite cuestionarnos sobre la aplicabilidad de este nuevo modelo de ciudad. Así como en los anteriores modelos (aún con un cariz más igualitario), sus profundas debilidades determinaron su transformación, es válido esperar una nueva configuración en el ideal de ciudad vigente a partir del modelo de la ciudad de la exclusión.

Entonces cabe preguntarse: ¿qué determinaría que esto suceda? ¿Acaso la ciudad ideal representa una especie de deseo sublime que no se puede/debe concretar en el plano real?, o ¿quizás está condenada a un eterno retorno nietzscheano, de manera que todo lo vivido debe repetirse eternamente? Este es el reto de los habitantes de cada ciudad, presente y futura, y de quienes piensan el problema de lo urbano.

notas


[1] Dado que la intención de éste artículo no es hacer una descripción extensiva de la historia de las ciudades, se recomienda revisar otra literatura más específica y enriquecedora en este sentido. Algunos textos recomendados son: Ciudades del Mañana (Peter Hall), Introducción a la historia del urbanismo (Juan Cano Forrat), Breve historia del urbanismo (Fernando Chueca Goitía) y La ciudad hojaldre (Carlos García Vázquez).

[2] En este contexto surgen distintos espacios destinados a usos múltiples más allá de la vida religiosa o política, como lo son museos, bibliotecas o gimnasios.

[3] Según Gravagnuolo (1998), la idea de construir ciudades perfectas a través del desarrollo suburbano no se limita exclusivamente a Howard, pues su origen es mucho más complejo. En este paradigma confluyen las más heterogéneas corrientes de pensamiento de distintas épocas: desde las utopías de Patrick Geddes, el ruralismo caritativo de Frederic Le Play, hasta el neomedievalismo de Camillo Sitte, Augustus Pugin, John Ruskin y William Morris; o desde el descentralismo anárquico de Peter Kropotkin, el landscape de Frederick Olmsted hasta las tesis del progresismo norteamericano de Thorstein Veblen, John Dewey o Frank Wright.

[4] Otras ciudades que se construyeron siguiendo los preceptos de Howard fueron Hampstead (Inglaterra), Le Logis, Hautrage y Floreal (Bélgica), Vreewijk (Holanda) y Nikolskoie (Rusia). Asimismo, este ideal incidió en la construcción de fracciones de la ciudad, como en el caso de los barrios Pedralbes de Barcelona (España), Enskede y Bromma de Estocolmo (Suecia) y  Grolsvaenge de Copenhague (Dinamarca). Por su parte, países como Italia, Finlandia, Alemania y Francia mostraron una adaptación de tales conceptos a la planificación urbanística local. En Estados Unidos la tendencia encontraría un terreno fértil de desarrollo: en 1907 se funda la Garden City Association of America y en 1910, Freic Law Olmsted Jr. y Grosvenor Atterbury realizan en las proximidades de Nueva York el suburbio de Forest Hills Gardens, que por la amplia dotación de equipamientos colectivos y la calidad de su diseño urbano, sirvió de ejemplo a escala internacional.

[5] Otra razón por la que se abandonó la construcción de ciudades jardín, fue porque las ciudades satélite eran capaces de alojar un número mayor de familias que además no requerían de la descentralización de la industria, donde el coste de los desplazamientos diarios al trabajo caían sobre los obreros y se evitaba el peligro que estos tomasen conciencia de clase, pues era más fácil que los trabajadores de una factoría fueran conscientes de su situación si estaban residiendo cerca.

[6] El esquema diseñado influyó posteriormente en la obra de Le Corbusier y de Ludwig Hilberseimer,  pues en ambos se descubre la distinción funcional de la ciudad en distintas zonas aludiendo a la necesidad de un máximo de eficiencia como organismo: ciudad satélite (residencia) y ciudad centro (comercio y negocios).

[7] Bajo estas lógicas, se desarrollaron nuevos barrios que contaban con todos los servicios propios de una ciudad pequeña (lugares de esparcimiento, equipamientos colectivos y la posibilidad de generar fuentes de empleo), y que poseían una nueva autonomía administrativa frente al gobierno local (reflejado en la prestación de los servicios básicos y de las garantías de ordenamiento y seguridad).

Bibliografía

Bradbury, D. (2005). Casas de campo: nueva arquitectura rural para el siglo XXI. Barcelona: Editorial Gustavo Gili

Cano, J. (2003). Introducción a la historia del urbanismo. Valencia: Ed. Universidad Politécnica de Valencia. Chueca,

Chueca, F. (2005).Breve historia del urbanismo. Madrid: Alianza Editorial. García, C. (2006). Ciudad hojaldre. Visiones urbanas del siglo XXI. Barcelona: Editorial Gustavo Gili.

Gravagnuolo, B. (1998). Historia del urbanismo en Europa 1750-1960. Madrid: Ediciones Akal.

Guerrero, R. (2006). “: Segregación urbana y significados de la inseguridad en Santiago de Chile”, en Hiernaux, D. Lindon, A y Aguilar, M (coord). Lugares e imaginarios en la metrópolis. Madrid: Anthropos.

Hall, P. (1996). Ciudades del mañana. Historia del Urbanismo en el siglo XX. Oxford: Blackwell Publishers.

Howard, E. (1946) Garden Cities of Tomorrow. Londres: Faber and Faber.

Svampa, M. (2001). Los que ganaron. La vida en los countries y barrios privados. Buenos Aires: Biblos.


 
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