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EPISTOLARIO
CARTAS QUE ESPERAN RESPUESTA
ESCRITO E IMÁGENES POR
Angélica González
Provinciana de corazón y viajera por destino, mas no por convicción.

CARTAS QUE ESPERAN RESPUESTA

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

Viena, Junio de 2013

Querida Natalia:

En esos años pasados de febril correspondencia entre las dos ya enviar cartas era una extrañeza, una novedad. Ahora, quince años después creo que es todo un acto de subversión, de loco atentado entre países. En ese momento nos separaban unas cuantas horas y unos cuantos kilómetros. Tú en tu Medellín de siempre y yo comenzando mi vida de provinciana en la capital. En esos años mis cartas eran la réplica del gozo. Había llegado a Bogotá con los ojos llenos de asombro e ilusión. Todo parecía una promesa: el presente, los sueños labrados en el calor sofocante de mi pueblo caribeño. Mi ser vibraba con las letras, la literatura era mi locura. Quería y necesitaba saberlo todo, leerlo todo, mirarlo todo. Bogotá se abrió con sus cafés, sus bibliotecas, sus teatros, sus cines. Me abracé con ahínco a la cultura vibrante de esos días capitalinos. Ahora nos separa un enorme océano y quizá somos otras o las de siempre. Lo cierto es que los años nos han traído sus novedades inevitables, nuevas búsquedas, mujeres que quisiéramos ser o inventar para continuar andando en este tiempo revoltoso de todo: Europa con su crisis impredecible y Colombia queriendo un posible tratado de paz con la guerrilla.

Viena amaneció con un sol esplendoroso, un cielo azul que pareciera esconder del otro lado el mar.  Mayo fue lluvioso en toda Europa, nos obligó a ponernos de nuevo los abrigos que habíamos guardado con la esperanza de la primavera. Regreso de unos días en Italia, estuve en un pueblo costero  llamado Caorle, cercano a la frontera con Austria y también muy cerca de Venecia. Del pueblo no hay mucho que decir: muchos alemanes y austriacos en sus calles, la lluvia no dejó espacio para apreciarlo y el mar solo fue un decorado gris de postal.

En Venecia podrías escribir una novela de solo mirarla. Luego de un año de visitar algunas ciudades del centro de Europa, llenas de castillos imperiales, decorados barrocos o iglesias monumentales, Venecia fue la ruptura, el quiebre con todo lo que había visto antes. Yo hubiera querido sentarme largo rato y contemplarla; en cualquier lado, en cualquier calle o rincón, todo devenía encanto. Pero ya sabes, el tiempo se te cae de las manos en esos viajes relámpago y corre en tu contra como un animal desesperado.

Unos de esos días venecianos salió por fin el sol, recorrí ese laberinto borgiano, ahora luminoso, bajo un calor arrasador, de repente ya cerca del medio día descubrí en una callejuela, arropado por las sombras y el misterio, un pequeño local donde numerosos italianos reían, tomaban copas de vino y celebraban la vida a carcajadas. Yo consumí tres copas de cava fría y unos bocaditos de mariscos. En ese lugar me sentí por fin en Italia. El azar y su afluente de bondades trajo ese regalo para mí. 

Con afecto:


Angélica

Viena, Agosto de 2013

Querida Natalia:

Hoy por fin tenemos un poco de fresco, el sol ha cedido un poco y el día será posible sobrevivirlo sin ventilador. Ya se puede decir en un grito salvaje: ¡estamos en verano! El refugio para estas temperaturas extremas son las “playas del Danubio”. Sí, Viena también tiene playas, al lado de un rio enorme y azul que recorre como ocho países de Europa Central. Todos vamos a pasar las horas de calor a los pies del rio para nadar, leer, hacer deporte o simplemente observar la vida bajo 40 grados de temperatura. Sin embargo, la ciudad se siente sola, los trenes y el metro van casi desocupados por estos días, los musulmanes -que son muchos en Austria- celebran su Ramadán en sus países y los vieneses deben estar bronceándose en alguna playa de Grecia o Croacia.

Alguna de estas tardes me he ido de turista por ahí, aprovechando el tiempo extendido del sol que se oculta solo hacia las diez de la noche. Por ejemplo, una tarde estuve en la casa de Hundertwasser, un arquitecto austriaco muy admirado en este país. La obra es un conjunto residencial diseñado por él, muy colorido, rodeado de árboles y en “franco respeto con la naturaleza”, eso dicen los catálogos. En realidad nada especial, a mí se me pareció a esas casas antiguas de la Candelaria en Bogotá que restauran y que luego pintan de colores; quizá Caminito en Buenos Aires puede ser una réplica más exacta y, por qué no, más atractiva. Pero en fin, lo cierto es que hice mi labor de turista, tomé fotos y chismosié souvenires. Creo que esta será una de mis actividades en estas tardes veraniegas de agosto, y por supuesto, ir a nadar al Danubio (Donau en alemán).

Querida amiga, el verano es como una pausa silenciosa y a la vez una celebración de cantos y festivales repartidos por toda Europa. Es mi segundo verano en Europa y creo que empiezo a percibir su sentido en la vida de las personas, en mi propia vida. El verano es la vida detenida que propicia un recuento, una evaluación de lo que hemos estado realizado. En otros tiempos iba a mi pueblo caribeño a recontar la vida y sacar fuerzas para continuar la vida en la altura de la capital. Ahora tan lejos de todo, del caribe, de Bogotá, asumo este verano como ese espacio de reposo, ese cuenco vacío de todo, desde donde intento hallar el valor para reanudar los futuros retos que vendrán en el próximo otoño, cuando la vida recobre eso que llaman “normalidad”.

Tú amiga de siempre

Angélica

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