I.LETRADA.CO | EDITORIAL | LA URBANA PROEZA
EDITORIAL
LA URBANA PROEZA
ESCRITO POR
Ana María Trujillo
Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.
IMÁGENES POR
Paula Amador
Diseñadora-comunicadora, creo que existe una lógica secreta que une todas las cosas del mundo: la comunicación.

LA URBANA PROEZA

Una ciudad debería ser la cristalización de un sueño y una intención. El paisaje está ahí; la ciudad se construye. Por eso parece un mal chiste que haya ciudades tan feas, o que, en general, todas –o la gran mayoría- carguen consigo el germen de su propia destrucción. Polución, suciedad, ruido, caos, miseria. Uno creería que la facultad misma de diseñar algo a voluntad sería una ventaja, pero no. Las ciudades tienden a reflejar la oscuridad de las mismas intenciones y lógicas que lamentablemente las gobiernan, del grado de cultura y solidaridad de quienes las habitan.

No soy arquitecta ni urbanista pero he vivido en ciudades toda mi vida; la gran mayoría del tiempo en la proeza de supervivencia urbana que representa Bogotá. Es curioso que lo que muchos amamos de esta ciudad exista a pesar de sí misma: los cerros que custodian desde oriente son esa (no) característica de la ciudad que nos resulta más entrañable. Lo demás es complicado. A mí siempre me gustó el frío, pero últimamente siento que ha llegado a niveles un poco crueles. Con las demás ciudades he tenido más suerte, sobre todo a razón del corto tiempo de paso. La moavable feast de Hemingway y Fitzgerald en Paris no fue la mía propia, pero Paris nunca perderá su encanto. En las demás la experiencia no sobrepasa la anécdota y la postal… pero hay impresiones y fijaciones que se quedan.

Pensando en los imaginarios urbanos comencé a indagar en mis recuerdos y sentimientos de ciudad para identificar qué es lo que más me gusta de cada una de las que he visitado.

Si pudiera vivir en una ciudad hecha de retazos, en el mapa se vería redonda como París. De esta y muchas ciudades europeas conservaría el río que las atraviesa -cristalino como el de Ginebra, Suiza, al que se puede saltar a nadar desde un puente-. Un centro laberíntico y lleno de rumores árabes como el de Valencia, un mamut custodiando un gran parque como en la Ciutadella de Barcelona; de esta ciudad, sus noches de fiesta interminable; de Madrid sus bares de tapas y su mercado San Miguel. Para los afanes, un metro aéreo como el de Medellín que funcione 24 horas como el de Nueva York. Para la vida, una cultura de tolerancia y bicicleta como la de Amsterdam. Imprescindibles las casetas de libros viejos al borde del Sena, esos raros árboles gordos de Buenos Aires, las bancas de colores de Viena, la banda sonora de La Habana y de New Orleans, esa belleza tan particular de Roma en la noche, unas casitas coloridas como las de Valparaíso. La lista, además de dispendiosa, sería interminable.

Las ciudades son metáforas. No siempre las escogemos, pero imprimen algo de su carácter en el nuestro al visitarlas, cuando nos agobian o nos deslumbran. ¿Qué parte nos toca en la construcción de la gran ciudad? ¿Qué podemos hacer por ella? Somos parte.  Podemos analizar sus lógicas de mixofilia y mixofobia o idear un proyecto para hacerla sonreír. Podríamos componer y cantar canciones llevando el espíritu de nuestra ciudad a paisajes remotos o hacer películas para darlas a conocer, escribir cartas contando lo que tiene de particular nuestra experiencia de vivir en ellas. Ahora que la modernidad y la industrialización nos golpean con sus efectos secundarios y la opción más sensata y seductora es irnos a vivir al campo, ahora es más urgente pensar en las posibles redenciones cotidianas de la ciudad. Porque, sí, la ciudad es cloaca y residuo y hoguera de vanidades, y reflejo del egoísmo, y evidencia de todo lo malo que es capaz el ser humano; pero proporcionalmente es el lugar para probarnos la posibilidad de vivir con otros y otras y revertir todo eso. La ciudad es el reto constante de aprender a vivir (caóticamente) con los demás.

Para mí no es nada fácil, pero no abandono. Porque para tener una Bogotá mejor, hay que comenzar imaginándola.

Usted, ¿cómo imagina Bogotá?

editorial@iletrada.co

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