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ARTíCULO INVITADO 2
EU-TOPÍA
ESCRITO E IMÁGENES POR
Pablo Silva Saray
Recorremos espacios: a veces solos, a veces acompañados, pero siempre juntos, conscientes del tiempo y nuestra humanidad.

EU-TOPÍA

El proyecto utópico de modernidad condujo a la destrucción arquitectónica de un pasado bogotano considerado obstáculo para el avance. La ciudad ha cambiado y en la memoria de sus ciudadanos yace su posibilidad de encontrar identidad. ¿Cómo reconstruir sobre este destierro que vivimos por dentro?

¿Cómo escribir sobre la ciudad ideal, la Bogotá ideal? ¿Qué se puede decir desde la experiencia todavía prematura? Siendo consciente, aún me faltan muchas calles por caminar, o más bien, todas por deambular; sé que esa fantasía de ciudad se ve mejor con unos ojos más viejos.

Hay tantas ciudades de ensueño, cada una de ellas muy bien pensada y descrita, pero ninguna hecha realidad, ya sea porque su tiempo exigió otras cosas o porque nunca cuajó como proyecto material. No puedo hacer una lectura de la ciudad ideal tomando como referente a Bogotá y tampoco puedo imaginarme a la Bogotá ideal; ni siquiera si intentara hacer imágenes al mejor estilo de Canaletto, pintor italiano que cambiaba la realidad en sus cuadros para mejorar la vista de la ciudad. Edificación de fantasías.

Podría decir que la Bogotá de ensueños se encuentra en los dibujos y esquemas del Plan Piloto de Le Corbusier. Esto haría sentir orgulloso a más de un profesor de arquitectura arrogante y dogmático, corto de pensamiento; pero si ese fuera el caso caería en la exaltación de efigies y sólo transmitiría una torpe idea: “todo pasado fue mejor”. Claro, es un gran ejemplo y enseñanza, como muchas otras dentro de la arquitectura, pero eso son: enseñanzas. No son modelos a repetir, pertenecen a un mundo anterior con problemas y formas de asumirlos muy diferentes. También podría recurrir al drama: rasgarse las vestiduras y llorar por aquellas arquitecturas perdidas que seguro le darían un gran valor a la ciudad; aquellos vestigios de otras formulaciones arquitectónicas aún estarían en pie si no fuera por el complejo de inferioridad de la clase alta bogotana que las derrumbó para construir nuevos despojos. Pero no creo que valga la pena, porque seguro esas ciudades existen en universos paralelos y esta es la que nos tocó a nosotros.

Hay tantas definiciones -unas más bellas y/o acertadas que otras-  para tiempo y ciudad, dos conceptos que en su devenir se han hecho mutables e inefables. Ni romántico ni moderno, creo que lo mejor que puedo hacer es no describir una utopía, esos no-lugares producto de la imaginación y los deseos de pocos poderosos ‘idealistas’ que muchas veces se han convertido en armas infructuosas. Prefiero decir que basta de las utopías del poder y sus manipulaciones. Hay que buscar otra palabra que se acomode mejor a la realidad.

En un reportaje sobre la pérdida de una gran parte del centro histórico de Bucarest a manos del régimen político de Nicolae Ceaușescu en Rumania a finales de los años setenta, la arquitecta y fotógrafa Ioana Marinescu (Bucarest, 1973) escribe: “Alguien dijo alguna vez que la mejor manera de borrar la identidad de una nación es la destrucción total de su arquitectura…”[1]; creo son palabras que encajan muy bien en nuestro contexto. La ciudad es la obra de arquitectura por excelencia, es la mayor expresión de identidad colectiva y destruirla es acabar con todas las formas de memoria de una sociedad.

Eventos como el sucedido en el claustro de Santo Domingo, demolido hace tanto para acabar con el pasado ‘pobre’ de la Nueva Granada y dar paso a la ‘modernidad’ con el edificio Murillo Toro, se repiten cada tanto. Como en el parque Bicentenario con las famosas plataformas de Mazzanti, un buen ejemplo de cómo un arquitecto puede afectar con su ego una buena parte de la ciudad. O el parque Tercer Milenio, la mejor forma de maquillar el dolor y los problemas. Ejemplos de lo que puede resultar de la búsqueda de una ciudad ideal sin detenerse a pensar que para construir futuro es necesario aprender del pasado.

Colombia, especialmente Bogotá, fue el centro de la mejor arquitectura americana entre los años sesenta y setenta, y prueba de ello son las obras de arquitectos como Gabriel Serrano, Guillermo Bermúdez, Fernando Martínez Sanabria, Rogelio Salmona, entre otros, que nos legaron grandes paradigmas de la arquitectura del país. Ellos contribuyeron con el crecimiento y desarrollo de la educación a través de las universidades. Pero nuestras ciudades siempre han dejado mucho que desear, son manifiesto de todo el destierro y la violencia que ha sido la historia nacional. Ni esa época de grandes maestros y magníficas obras fue capaz de cambiar el estado de cosas que configura la violencia, pero sí nos legó un impulso profundo por sentir el espacio que nos pertenece, hacerlo realmente nuestro.

Es innegable que Bogotá ha mejorado. Entre los años noventa y la primera década de este siglo algo cambió, ya sea por las campañas en busca de una conciencia ciudadana, el énfasis en el espacio público y la búsqueda de mejores modelos de transporte masivo; la ciudad pudo avanzar. Pero en todo caso, ante lo sucedido en los últimos años -me refiero a casos específicos como la fase III de Transmilenio, el ya mencionado caso del parque bicentenario o el ‘super moderno’ aeropuerto El Dorado (que ya sabemos que se va a quedar corto en menos de una década)- nos hemos acostumbrado a que como ciudadanos nos pisoteen, permitimos que nos entreguen fragmentos de ciudad mal pensados y desarrollados porque “es mejor poco que nada”.

La arquitectura que vivimos ya no es la propuesta de un gran maestro, el amor y respeto a la memoria material o la expresión perfecta de un tiempo y la comunidad que lo construye. Vivimos la ciudad del burócrata, del hombre que refundió su alma en un mar de documentos.

Estoy seguro de que en ese mar la ciudad no va a desaparecer como en aquellas películas post apocalípticas donde lo que queda del hombre son pequeñas bandas luchando por sobrevivir… tal vez eso ya sucedió.

¿Cómo reconstruir sobre este destierro que vivimos por dentro? Ese del espíritu, el cuerpo, la mente, el espacio y el vacío. Estoy seguro que la arquitectura no existe al menos de que sea una impresión de lo más profundo de los individuos que en sí mismos reflejan una comunidad. Y aun así la ciudad ideal no vive en la arquitectura. No podrá existir hasta que quienes la habitamos y construimos salgamos de los propios límites para dar forma a lugares comunes, colectivos, donde seamos capaces de reconocernos, dejando de habitar en un mundo al que ya no podemos pertenecer, y construyamos una eutopía (buen lugar) donde el sueño de uno es compartido y discutido. No sueños personales que aparecen como imposiciones; un lugar donde el  imaginario de muchos encuentra un nicho y puede recuperar sus raíces.

Y tal vez esa es la palabra que busco: eutopía, un buen lugar, uno que sale de lo más profundo del alma de un individuo colectivizado, llegando a lo que define un lugar, aquel espacio que dejó de ser cúmulo de estructuras, para ser humanizado, relacionado y ritualizado. En ese ser está la ciudad ideal, en cada sujeto que asume y encuentra en la otredad un espejo y un deber.

Mi ciudad ideal no está restringida a una gran obra de arquitectura o un conjunto bien cohesionado de ellas, más bien este conjunto es producto de un empeño profundo por encontrar una identidad, un cambio en cómo entendemos nuestra conciencia individual y la proyectamos en nuestro tiempo y comunidad.

Las ciudades ideales son tantas como las invisibles, tantas como individuos hay.

referencias

Revista QUADERNS, Hiperurbano, Barcelona, ediciones Reunidas SA, Número 238, pág. 83

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