I.LETRADA.CO | ARCHIPIéLAGOS DE NITRATO | UN BAR NO ES UN BAR
ARCHIPIéLAGOS DE NITRATO
UN BAR NO ES UN BAR
ESCRITO POR
Isaac Esquivel
IMÁGENES POR
Cabeza Cuadrada

UN BAR NO ES UN BAR

Los bares de las películas de Aki Kaurismaki son lugares fantásticos, nostálgicos, donde las penas se llevan muy adentro, en silencio, acompañadas por los acordes y las letras de esas canciones que parecen transmitir todo lo que habitantes son incapaces de expresar. Sus bares, como su cine, son experiencias sensoriales.

Hace algún tiempo no tan lejano sentía emoción al ir a un bar; oír música, conocer gente, bailar, tal vez encontrar un poco de amor. Poco a poco esa emoción se ha perdido, los bares a los que me gustaba ir han desaparecido y no hay muchas opciones. Pero dentro de mí vive una pequeña esperanza de encontrar un bar tranquilo, que tenga una barra limpia y bonita, que parezca sacada de otra época y hasta de otro mundo. Con una luz sobre el barman y otra sobre un personaje sin mucho éxito en la vida y al que solo se le vea la espalda y la cabeza baja. Con una buena selección de tragos para combatir la rutina y la soledad. Con una rockola llena de tangos, boleros, rock and roll, algo de jazz, y cualquier tipo de música que transforme la tranquilidad en una profunda melancolía con sutiles brotes de alegría. Donde de vez en cuando se presenten bandas formadas por desempleados, viejas leyendas o jóvenes promesas. Pero soy realista y sé que es algo que puede tardar toda la vida; a lo mejor esa búsqueda no se vea recompensada jamás.

Mientras tanto tengo con los bares de las películas de Aki Kaurismaki: lugares fantásticos, nostálgicos, donde las penas se llevan muy adentro, en silencio, acompañadas por los acordes y las letras de esas canciones que parecen trasmitir todo lo que sus habitantes son incapaces de expresar —ya sea que suenen en una rockola o en vivo—. Los bares de Aki son sitios donde los fracasos son bienvenidos y pan de cada día, donde la vida no pasa como suelen decirnos y hacernos creer: nadie se hace rico de la noche a la mañana ni se da la gran vida. Incluso en Helsinki, donde casi siempre suceden sus películas, las cosas no están tan bien como uno creería —siendo uno un habitante del ‘tercer mundo’—. Aunque claro, Finlandia no es Somalia, ni tampoco Colombia, eso tiene sus ventajas. Nadie muere descuartizado ni haciendo filas.

Sus bares, como su cine, son experiencias sensoriales. Ante todo tenemos a un maestro de las atmósferas. Lo físico, lo visual y lo emocional se conjugan casi de forma arbitraria para crear espacios únicos e inconfundibles, donde la lógica no tiene cabida y uno puede llegar a sorprenderse de una forma poco habitual, sin los clichés de lo grotesco o lo controversial. Acá la sorpresa tiene tufo a optimismo y cielos azules. Muy diferente del tufo de los sitios que suelo habitar, donde el tedio no tiene encanto y donde los tiempos muertos son tiempos de desespero. En mi experiencia de bar no existe esa mezcla de dicha, desencanto y un sentido del humor frío y a veces onírico. No hay anécdotas, ni aire a tragicomedia torpe. Por el contrario, hay un bienestar superficial, con trance, reggeatón y cover a la entrada, gente más bien creída y poco interesante. Y si en las historias de Aki los héroes son obreros, choferes y gente de la clase trabajadora, en mi caso solo veo jóvenes pretenciosos, con ansias de reconocimiento y listos para la foto.

Los personajes del finés giran alrededor de los bares, o al menos estos hacen parte de sus vidas. En «Le Havre» (2011), Marcel encuentra en el bar un cómplice a la hora de esconder al pequeño inmigrante; en «El Hombre sin Pasado» (2002), Markku Peltola, su inmutable actor fetiche, encuentra la posibilidad de un nuevo amor y una nueva vida como manager de una banda. En «Leningrad Cowboys Go America» (1989), el bar representa el futuro, la posibilidad de ser alguien en la vida. En «La Chica de la Fabrica de Cerillas» (1990), Kati Outinen, esa mujer reservada y casi sin expresiones, deposita en este sitio la única esperanza de relacionarse con sus semejantes; y en «Nubes Pasajeras» (1996), el restaurante (digamos que un restaurante es sinónimo de bar para este caso) es la esperanza de una pareja para sobrevivir ante la falta de trabajo. Para Kaurismaki los bares son puntos clave en la vida, tal vez las cosas importantes pasan allí, piensa él. Tal vez por eso sigo yendo a ellos, esperando que un día pase lo inesperado: un golpe que borre mi memoria y me permita empezar de nuevo.

     

      


Amante del oporto y de ponerse hasta el copete, Aki no es un pragmático, sino un minimalista. Heredero de la Nouvelle Vague y el romanticismo Francés, ha creado una singular forma de retratar la humanidad y el capitalismo. No por nada es fanático de Robert Bresson, «Al azar Baltasar»  (1966) es su película favorita -según su listado top ten de Criterion Colection-, puesto compartido con «Casque d’or»  (1952) de Jacques Becker. Con Bresson comparte la forma de dirigir a los actores y de encuadrar. En sus atmósferas se respira un aire fresco y establece una rara dinámica, construida con poética y una puesta en escena rígida y sobria alejada de la realidad. Uno de sus trucos radica en la empatía de los espectadores hacia estos personajes, tanto por su simpleza como por sus contextos, lejos de complicadas historias y puntos de giros extraordinarios. En una especie de mundo irreal y teatral donde los actores solo ejecutan acciones sin emoción aparente, se viven grandes batallas por sobrevivir en ambientes crueles y cómicos.

En el mundo que ha creado no suele haber espacio para una belleza convencional, allí se encuentra gente de bajo perfil que trata de llevar el día a día de la mejor forma. Fuman, beben, bailan, toman café. A lo mejor por eso dicen tan poco, es una tierra donde la palabra ha sido desterrada. Tal vez Aki desconfía de ellas, porque no alcanzan a ser tan claras como esas pequeñas acciones, como esos tiempos muertos donde los personajes se reconocen y se afirman en sus intenciones, que casi siempre suele ser una sola: seguir adelante.

Tampoco hay espacio para la sobradez de Humphrey Bogart ni la pesadez de Gaspar Noé, aunque por momentos tiene aire del Godard de «Sin Aliento» (1960) y «Banda Aparte» (1964), sin ser metafísico. En su caso, el cine es una ilusión, no un medio en sí mismo. Más cercano a la fantasía de Méliès que a la estructura de los rusos, Kaurismaki juega a construir cuentos para adultos. A ratos se parece a Jim Jarmusch, del cual se dice que es buen amigo. Y cómo no, los dos son amantes del folk norteamericano. La música parece ser algo trascendental para ambos, una parte inseparable de la vida que influye directamente sobre nosotros. Si no que lo digan The Leningrad Cowboys, la banda que empezó como una ficción del director y terminó siendo una realidad; o hasta el mismo Joe strummer que aparece en «Contraté a un Asesino a Sueldo» (1990) y en «Mystery Train» (1989). Aki, que suele hacer pequeños cameos, deja claro su gusto por el cine negro. Sus personajes usan sombreros y gabardinas y tienen pequeños misterios por resolver.

En el mundo de los bares y las películas, tal vez el bar que más se acerca a uno de los suyos, es el Crazy Horse, en «The killing of a Chinese Bookie» (1976) de John Cassavetes. El señor sofisticación y Ben Gazzara podrían ser personajes kaurismakianos si hubiera nacido en EE. UU porque sin duda este país es una influencia para él. Eso sí, en sus bares hay mucha dignidad porque nadie siente lástima por sí mismo. Al final de cada película siempre queda una bonita sensación que nos hace conscientes de haber asistido a una re-presentación, a un espectáculo de entretenimiento. Su cine puede ser la experiencia más cercana a revivir las sensaciones de los primeros espectadores del cinematógrafo, a los que veían las películas de Méliès y creían en la magia y en las bondades de ese arte naciente, a los que les gustaba ver gente hacer cosas exageradas y oír canciones. A los que les gustaba tomarse una copa y fumarse un cigarro.

Por ahora me armaré de paciencia y deambularé entre andenes vomitados y sitios donde lo mejor es ver mujeres engreídas y bien vestidas, soñando con ese bar donde la vida se puede ver pasar sin miedo a la incomodidad. Deseando, como los personajes de Aki, encontrar en ese bar una posibilidad.

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