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VERSIONES CAPITALES
ENTRE LA MEMORIA Y EL OLVIDO... LA EDICIÓN
ESCRITO POR
Sebastian Guerra
Me dedico a la investigación histórica, labor que juzgo similar a la de un detective privado pagado para resolver un crimen pasional.
IMÁGENES POR
Iván Castillo
Artista plástico. Oidor con sordera

ENTRE LA MEMORIA Y EL OLVIDO... LA EDICIÓN

La independencia de Laguna Libros
Laguna Libros sorprendió al mundo editorial con la publicación de las cartas de Emma Reyes, declarado libro del año por la Asociación de Editoriales Independientes. Hoy son uno de los proyectos más sólidos y uno de los mejores ejemplos de que la mejor arma de la independencia es el 'saber hacer'.

¿Quién quiere leer las memorias de una artista desconocida?

Después de haber sido rechazadas por varias editoriales de renombre, las cartas que Emma Reyes dirigió a Germán Arciniegas –reunidas posteriormente bajo el título de «Memoria por Correspondencia» , un libro del que se han vendido más de 11.000 ejemplares y que a estas alturas constituye una especia de ‘clásico instantáneo’ de nuestra literatura– llegaron a las manos de Felipe González, editor y director de la editorial Laguna Libros. “Sonó el citófono y al otro lado de la línea se escuchaba entrecortado a un hombre que decía venir de una fundación española y que quería hablar sobre una cotización”. El hombre en cuestión era Camilo Otero, comunicador y coleccionista de arte caleño y quien por esas fechas, enero de 2012, pasaba por Bogotá en busca de socios y patrocinadores. Camilo traía entre sus manos el texto mecanografiado de las cartas y Felipe, quien desconocía su contenido, se resistía a atenderlo: “Estamos muy ocupados, venga otro día”. Tras la insistencia –una insistencia que hoy todos agradecemos–, programaron una reunión para el viernes siguiente.

Laguna Libros se encuentra ubicada en una pequeña oficina de dos espacios, sin baño, en el piso 14 del edificio Monserrate –ese edificio de bordes sinuosos que recuerda la época dorada de la arquitectura bogotana y donde, entre otras cosas, funcionó el periódico El Espectador hasta 1963. Cuando Camilo Otero llegó, Laguna Libros llevaba casi 4 años de existencia y entre su catálogo se contaban doce libros de arte y tres de ciencia ficción, una pequeña colección que incluía los nombres de José Félix Fuenmayor, José Antonio Osorio Lizarazo y Manuel Francisco Sliger. Sin saberlo, el folder que Camilo traía consigo inauguraría una segunda etapa en la existencia de esta editorial, un proyecto que nació, como tantos otros proyectos culturales, por el aburrimiento que produjo en su promotor el mundo cuadriculado de la docencia universitaria. Por repulsión, la universidad es un semillero de iniciativas.

 

El viernes pactado Camilo llegó puntual. Sabía que tenía un material precioso consigo, pero no debía confiarse. A pesar de ser una de las grandes artistas colombianas del siglo XX, Emma Reyes era prácticamente desconocida en el país y convencer a un joven editor de publicar sus memorias no era una labor sencilla. Gabriela Arciniegas (quien tenía los derechos de las cartas tras la muerte de su padre) lo había intentado algunos años atrás, pero siempre de manera infructuosa: “¿Cartas? ¿De quién? No, gracias”, respondían los editores sin tan siquiera leer el documento. Si no quería sufrir la misma decepción, Camilo Otero debía convertirse en un seductor y medir muy bien sus palabras. Pero lo que Camilo no sabía era que Felipe González, egresado de la Facultad de Artes de la Universidad de los Andes, investigador y curador y además editor en jefe de la editorial en la que él tocaba las puertas, era, para su sorpresa, un conocedor del arte latinoamericano. Y, como si de algo misterioso se tratara –eso que algunos atribuyen a la fortuna y otros al destino– Felipe acababa de realizar, tan solo unas semanas atrás, una pequeña investigación sobre Emma Reyes. Había sido contratado como curador en el Museo la Tertulia de Cali y tras interesarse por la artista una pregunta le daba vueltas en la cabeza “¿Quién es este personaje tan maravilloso?”. En las cartas que Camilo traía estaba la respuesta que él buscaba y en la editorial que dirigía la posibilidad de su difusión. Esas cartas merecían ser conocidas.

La feliz coincidencia de estos dos jóvenes permitió dar a luz el libro que hoy atesoramos. De mano en mano el libro se fue haciendo conocido y muchos, como el autor de estas líneas, lo convertimos en el comodín ideal para salir avante en la dificultad de encontrar un regalo apropiado para ofrecer en cumpleaños, grados y navidades. No había pierde. Tal fue el éxito de «Memoria por correspondencia»  que la Asociación de Editoriales Independientes de Colombia lo eligió como el “libro del año 2012” y la revista Arcadia lo bautizó como el primer “best-seller nacional de una editorial independiente”.

Todo se volvió tan fácil

Hay síntomas de “independencia” en América Latina y no me refiero a las ideas políticas que circulan actualmente en el continente. Me refiero al mercado del libro, a ese espacio habitado por productores y consumidores de libros. El Premio Rómulo Gallegos 2013, por ejemplo, fallado hace algunas semanas, otorgó el primer puesto a la novela «Simone» , escrita por el escritor y profesor puertorriqueño Eduardo Lalo y publicada bajo el auspicio del sello editorial Corregidor, una editorial argentina que, usando la convención habitual, podemos denominar “independiente”. Igualmente, para la sorpresa de muchos, el único escritor colombiano incluido entre los once finalistas fue Luis Eduardo Barragán, un joven bogotano que nadie conoce y que escribió una joya literaria: «Vagabunda Bogotá» , una novela publicada por la Cámara de Comercio de Medellín. Barragán barrió con autores de renombre, todos publicados por los grandes emporios editoriales: Ricardo Silva, Juan Gabriel Vásquez, Tomás González, Santiago Gamboa e incluso, al que yo le tenía apostadas mis fichas, Andrés Felipe Solano, un escritor que le vendió el alma a Kurt Vonnegut.

En Colombia, por otro lado, los medios culturales vienen hablando hace algunos años de una especie de boom o “primavera” editorial independiente. En la última Feria del Libro de Bogotá, por ejemplo, estas editoriales se robaron el protagonismo. Gracias a su creatividad e ingenio, ahora contamos en nuestras bibliotecas con libros interesantes, pertinentes y bien presentados como «Balas por encargo», una crónica extraordinaria sobre sicariato y narcotráfico publicada por la editorial Rey Naranjo. Dado su éxito, estas editoriales decidieron sumar esfuerzos en la alianza La ruta de la independencia, una asociación que les permitirá acometer mejor su tarea. 

Pero, ¿a qué se debe este auge de la edición independiente? Felipe González, el editor al que le venimos siguiendo la pista, tiene algunas respuestas. Para él hay necesidad de atender, en primer lugar, a los cambios técnicos y materiales que la industria editorial experimentó en la década de 1990, esa década en la que según sus palabras “todo se volvió tan fácil”. Gracias a las nuevas tecnologías de impresión, al software libre y al bajo costo de los equipos informáticos, muchos profesionales empezaron a migrar al campo editorial, un campo que a su vez empezaba a profesionalizarse. Este conjunto de cambios posibilitó la realización de muchas ideas o proyectos que, hasta ese momento, se habían quedado en el habitual “tenemos que hacer algo”, esa especie de mantra que los amigos reunidos repiten. De manera que “primero fue la oferta y  después vino la demanda”. 

Libros de arte para un público amplio

Cuando Laguna Libros se constituyó, en 2007, su primera iniciativa consistió en responder a la pregunta ¿por qué no son populares los libros de arte? Felipe y su primera socia, Juana Hoyos, tenían en común los estudios de arte y desde los tiempos de la universidad se habían puesto el reto de poner a circular libros que no fueran ni caros ni especializados: “Lo que hay en el mercado, en materia de arte, son dos tipos de libros: libros de lujo, de artistas numerados o libros académicos. Por un lado restringen el público por el costo y por el otro lo restringen por el lenguaje especializado”. Bajo esa premisa y sumando entre los dos cuatro millones de pesos, lograron publicar –después de casi un año de haber registrado el sello editorial en Cámara de Comercio y de haber imprimido tarjetas de presentación–, su primer libro: «30 días» , un trabajo del artista caleño Juan Mejía. Era una época en la que no tenían oficina, empleados ni mensajero. Trabajaban en casa de Juana mientras ella se las arreglaba para combinar, en la misma mesa, trabajo y familia. Así, estrechos y sin remilgues, nació la editorial.

Y al principio fue difícil. La facilidad que proporcionaban los medios técnicos para ‘producir’ el libro chocaba con la dificultad que representaba ‘venderlo’. Hacer que el libro llegara a las manos del lector implicaba conocer a cabalidad la ‘cadena del libro’, ese circuito –tan lleno de egos, obstáculos y trampas– que incluye a escritores, editores, impresores, críticos y distribuidores. Y si de vender libros de arte se trataba había necesidad de solucionar una disyuntiva: o apostarle a una financiación empresarial –tipo Villegas Editores– o afirmarse en un proyecto independiente, así las deudas, los préstamos y las trasnochadas se incrementaran. Todo residía en arriesgar: “un miembro de junta directiva que le va a regalar dos mil libros a sus clientes no quiere arriesgar nada. Si uno ve esos libros de lujo, financiados por empresas, por lo general son de un artista preferiblemente abstracto, con un texto de un crítico que ojalá no diga nada y que por supuesto no hable de falsos positivos”. En la librería, por el contrario, la lógica no es solo diferente, sino completamente opuesta: “La gente que lee va a la librería buscando algo que arriesgue. Algo que lo saque de su cotidianidad, algo que nunca haya leído, algo donde haya un compromiso, una postura, una interpretación”.

Y arriesgando, Laguna publicó un segundo, un tercer, un cuarto libro de arte. A Felipe y a Juana se sumó una tercera socia, Carolina Loaiza y, en una situación un poco más holgada, empezó a alcanzar para la oficina, un empleado y la factura de internet. Al finalizar el cuarto año Laguna era un sello más o menos conocido y tras haber participado en su primera Feria del Libro decidieron innovar, era el momento de la literatura… 

 

 

 

 

 

 

Investigadores y detectives

Para Carlo Ginzburg los historiadores son una rara especie de investigadores herederos de la tradición detectivesca. Los que a las labores de conquistar archivos y perseguir huellas e indicios nos dedicamos debemos más a Sherlock Holmes que al método científico. Y eso Felipe González lo sabe bien, formado él en  las lides de la historia del arte. Cuando Laguna Libros decidió incursionar en la edición y publicación de libros de literatura, lo hizo a la manera de un historiador que desentraña viejos manuscritos olvidados y de un detective que rastrea las huellas dejadas por el escritor. Con una propuesta novedosa en un país de olvidadizos y desmemoriados (Álvaro Uribe como colombiano del siglo es solo la expresión más patética), Laguna decidió lanzarse a la reedición. Serpenteando entre la Biblioteca Nacional, la Biblioteca Luis Ángel Arango, la Biblioteca Ramón de Zubiría de la Universidad de los Andes y recordando viejas lecturas producto de investigaciones previas, Felipe y su equipo editorial (al que se había sumado ahora un joven nervioso venido de Manizales, Sergio Escobar), desempolvaron, entre otros, a autores como José Antonio Osorio Lizarazo, el gran cronista de la Bogotá que quería ser una ciudad a principios del siglo pasado: “cuando uno se aproxima a un archivo a buscar documentos sobre historia de Colombia, historia del arte, historia de la literatura, uno se da cuenta de que hay una relación fundamental entre lo editorial y la memoria: la historia se edita, si hay un libro alguien recuerda”.  

Para publicar a Osorio y adquirir los derechos de su obra la labor fue relativamente sencilla. Bastó con contactar a su viuda y ponerla al tanto del proyecto. Con José Félix Fuenmayor, muerto en Barranquilla en 1966 y escritor de «Una triste aventura de 14 sabios», una de las primeras incursiones de la literatura colombiana en la ciencia ficción, la labor implicó atar algunos cabos: “José Félix era el papá de Alfonso, el amigo de Cepeda Samudio, García Márquez y demás en el grupo de Barranquilla. Buscando en internet encontramos que un nieto con el apellido Fuenmayor hacía referencia a una exposición sobre su abuelo. Vía mail lo contactamos. El nieto nos llevó al hijo y con el hijo negociamos los derechos”. Pero con Manuel Francisco Sliger, monteriano nacido a finales del siglo XIX y autor de «Viajes interplanetarios en zepelines que tendrán lugar el año 2009», se requirió convertirse en genealogista: “Cruzando información que aparecía en los archivos de prensa, en las bibliografías y en las redes sociales nos dimos cuenta de que existía una entrevista a un sobrino (Luis Martelo Sliger) publicada en los años ochenta, pero el sobrino no aparecía. En Facebook encontramos una página dedicada a la familia Martelo, una de esas páginas familiares que fueron furor hace algunos años. Buscando entre los comentarios vimos que una niña de diez años hacía referencia a un abuelo nacido en Lorica, Manuel Martelo. Le escribimos a la niña, pero no contestaba. Fueron varias semanas de pesquisas. Reconstruimos casi todo el árbol genealógico de la familia Martelo Sliger. Finalmente terminamos contactando a un Martelo que tenía una fábrica en Bogotá y su número telefónico estaba disponible. Él nos llevó a otro Martelo, de ese Martelo a otro Martelo, hasta que el Martelo se conectó con el Sliger y ahí hallamos lo que buscábamos”.

Pero la preocupación por revisitar el pasado no vino exclusivamente por medio de la reedición. Analizando el catálogo actual de Laguna se puede comprobar que la apuesta por publicar autores jóvenes colombianos, una de las marcas actuales de la editorial, también está ceñida a esta preocupación. «Ximénez», por ejemplo, una novela que rescata la figura de José Joaquín Jiménez (el gran cronista judicial que se hizo célebre escribiendo poemas y escondiéndolos en las ropas de los suicidas que se arrojaban al salto de Tequendama), está a medio camino entre la ficción y la investigación histórica, una novela al estilo de las de Norman Mailer, una “historia narrada” o una “novela real”, ese procedimiento que entre nosotros usó con maestría Arturo Alape y que ahora usa Andrés Ospina, el autor de esta novela. Leyéndola, «Ximénez» nos actualiza la sociedad colombiana de los años 30, esa sociedad de inspectores de cedulación, de mecenazgos presidenciales, de políticos gramáticos, de ciudades sin direcciones, de líneas férreas, de telegramas, de intendencias y “territorios nacionales”. Esa sociedad tan diferente a la nuestra.

más y mejores lectores

Llegados al final, vale la pena aclarar algunos puntos. Cuando se habla de una “editorial independiente” ¿a qué nos referimos? ¿Independencia frente a qué? Una respuesta a la antigua remitiría a decir que se trata de una toma de distancia frente al Estado y el Mercado, las dos instituciones modernas que se juzgan depredadoras de la Cultura, una institución que a su vez es vista como una especie de puesto de combate frente a las formas establecidas, formalizadas o institucionalizadas de ser, pensar y actuar. Bajo esta lectura una “editorial independiente” sería entonces una organización marginal dedicada a publicar libros con un tiraje reducido y dedicados a un grupo selecto de lectores. Pero si pensamos en Laguna Libros y en la nueva escena editorial latinoamericana habría que avanzar un poco más en la reflexión. Las editoriales independientes de nuestro tiempo, por lo menos en una gran mayoría, hacen recaer su “independencia” en el tipo de material que publican, en la calidad de sus ediciones, en la flexibilidad de sus estructuras organizativas, en el contacto que establecen con el público lector; formas contemporáneas de independencia que no riñen necesariamente con la dinámica económica ni con los respaldos estatales. Laguna Libros es una editorial a la que le interesa vender, y mucho, volverse masiva y grande, si es posible. Su punto de mira no señala a un grupo específico de lectores, ni exclusivamente a los lectores regulares. Su objetivo es producir libros que puedan cautivar a un público amplio, un público que con una oferta interesante podría incrementar sus niveles de lectura, una urgencia inaplazable en nuestro país.

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