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SANTA NERDA
DE ANARQUÍAS Y ANARQUISMOS
ESCRITO POR
CILEP (Centro de Investigación Libertaria y Educación Popular)
Invetigadorxs militantes, educadorxs populares.

DE ANARQUÍAS Y ANARQUISMOS

La lucha por la libertad, el respeto por las diferencias y la oposición a las clases dominantes y explotadoras componen esta investigación militante, enfocada en la educación popular y en la participación constante de proyectos libertarios. Santa Nerda comparte los planteamientos, definiciones y los orígenes del anarquismo y la anarquía que definen las reglas del juego para este grupo.

Con frecuencia se confunde la anarquía con la oclocracia (el gobierno de la muchedumbre, degeneración de la politeia en el círculo aristotélico de formas de gobierno[i]), el desorden o el terrorismo. Si bien tal confusión se inspira en cierta violencia desatada a raíz de la “propaganda por el hecho”, que los anarquistas adoptaron en su Conferencia de 1881, no es menos cierto que tal lugar común en boca de los partidarios del Estado es funcional para condenar el movimiento. 

Si se retoma, como es usual, la etimología griega de la palabra ἀναρχία , es posible inferir que no es un concepto negativo y que no necesariamente se opone al orden. Su significado alude a orden sin autoridad, sin soberanía, sin dominación[ii]. Sin embargo, para ser coherentes, este orden debería enunciarse en plural, como órdenes, pues la sola idea de un único orden ya anula la pluralidad, la diversidad y la diferencia; nos pone en el lugar de lo uniforme y, por esa vía, de la dominación, la autoridad y la soberanía. La anarquía en singular, entonces, es una contradicción lógica, lo deseable son las anarquías. Quizás de ahí la predilección de los anarquistas por el federalismo, apto para la convivencia de órdenes diversos, como forma de organización política.

Por eso no solo es difícil, sino también indeseable y, tal vez, imposible, formular una idea de la anarquía y del anarquismo, pues el anhelo de identidad, por más conveniente que pueda resultar en términos de la praxis política, lleva consigo el de anulación -aunque sea parcial- de la diversidad[iii]. La ‘polivocidad’ y la vaguedad son propiedades de estos conceptos que no deberían anularse en virtud de una elaboración de sus “verdaderos” significados. No obstante, ambos atributos se sitúan en un campo de luchas que puede sondearse mediante un “anarquistómetro”.

Este es un aparato, menos conceptual que ideológico y doctrinario, muy usado por todos los anarquistas, cuya principal utilidad es ciertamente medir el grado en que se “es” anarquista. Es necesario y adecuado cuando se trata de establecer un canon ético en virtud del cual juzgar discursos y prácticas en relación con el ideal de las anarquías, pues permite establecer los límites siempre porosos y maleables del anarquismo y, quizás lo más importante, establecer sus aliados y adversarios. Pero no funciona tan bien cuando esos criterios se adoptan como una camisa de fuerza para excluir, porque de esa forma se elimina por completo el grado de relativismo que define a quienes optan por el anarquismo y se disloca en nombre de una abstracción lo que de cara a la lucha debería estar articulado. Desde esta perspectiva, el anarquismo es un campo de disputa, una corriente diversa del movimiento obrero y de los movimientos populares. Así pues, si bien no existe anarquismo, sino anarquismos, la diversidad no debe ser un obstáculo a la articulación entre las distintas apuestas por la libertad y entre las más amplias luchas de los oprimidos y explotados.

El campo del anarquismo, con sus distintas expresiones, nació más o menos en la sexta década del siglo XIX en pleno ascenso del movimiento obrero en Europa, e hizo parte de la Asociación Internacional de Trabajadores (1865), donde confluyeron, además, los socialistas utópicos y los socialdemócratas[iv]. Allí se hizo presente una de las discusiones que permitieron establecer sus fronteras: su reivindicación de un socialismo sin Estado, ni siquiera como una eufemística fase de transición, los apartó de la socialdemocracia. Quizás en ello convergen, pese a su diversidad, las apuestas de Proudhon, Bakunin, Kropotkin y Malatesta, sus exponentes clásicos.

La reivindicación de un socialismo libertario -o cuando menos un colectivismo libertario- donde el Estado no se concibe como algo necesario para la vida colectiva así como la comunión entre libertad e igualdad o solidaridad por la que propugnan los anarquistas, permite partir aguas con la tradición del liberalismo, incluso en sus expresiones más radicales, como la de William Godwin, o el individualismo radical de Max Stirner. No obstante, existen lecturas que plantean un anarquismo individualista que reivindica postulados de estos autores[v].

Después de todo, los ácratas comparten con ellos el antiteísmo: el estar en contra de la idea de Dios como origen de toda sumisión[vi]. En general, concuerdan con Stirner en su rechazo del sacrificio en favor de ideas abstractas: Dios, patria, progreso, etc., la lucha por la libertad es más vivencial y experimental que producto de la elaboración intelectual o teórica. De hecho, esto permite distinguirlos de las ideas de un Tolstoi, aunque aparece bastante en las antologías de pensamiento anarquista, quien al mismo tiempo profesó el anticlericalismo y, si así puede llamarse, un cristianismo panteísta noviolento.

Con Marx, los anarquistas comparten el deseo por la extinción del Estado y del orden capitalista, entre muchas otras cosas[vii]. Pero sus diferencias con los marxismos también son profundas, más que un  asunto de táctica, una concepción distinta de la historia, la vida y el mundo. Por ejemplo, en la perspectiva anarquista, la historia no se reduce al desarrollo de las fuerzas productivas que, aunado a la lucha de clases, llevaría necesariamente a un momento de conciliación absoluta o síntesis general de las diferencias, que durante bastante tiempo defendieron algunas interpretaciones de Marx. Además, la libertad también se liga con la idea de contingencia y espontaneidad, y, en últimas, con la potestad de acción de los seres humanos. Aunque no se niega que existen constricciones para la acción, los resultados no están de antemano fijados, no existe un fin de la historia, el desenlace depende en gran medida de la imaginación y el deseo.

Aunque los anarquistas, en términos generales, aceptan el diagnóstico del sistema capitalista hecho por Marx y los marxismos, se apartan en el hecho de pensar que el punto de llegada debe ser una conciliación o síntesis última de ese talante en la visión teleológica de la historia que no deja espacio para la agencia subjetiva e, incluso, en la reducción del antagonismo al terreno económico. Por ello, los movimientos anarquistas han estado abiertos a preocupaciones más amplias, como el feminismo, las luchas LGBTIQ, el amor libre, la situación de los presos, el animalismo e incluso el ambientalismo, entre otras, para hacer frente a formas de opresión que si bien se traslapan, no necesariamente se reducen a la “contradicción” de clase.

Si se quiere, para el anarquismo la lucha en contra de la opresión del Estado, basado en el dominio de clase, es indistinguible de la lucha contra el capitalismo, pero no se reduce a la lucha contra la explotación. El problema no es tanto que el Estado esté al servicio de la reproducción del sistema capitalista y por consiguiente obedezca a intereses de clase, aunque autores como Bakunin se recogen completamente en ese diagnóstico. De ese postulado no se infiere necesariamente la necesidad de suprimir el Estado. El problema es que la existencia del Estado, sea del tipo que sea, obedezca a los intereses que obedezca, siempre va a implicar opresión, pérdida de la libertad individual y colectiva.

Justamente es la defensa de la libertad lo que apartó y sigue apartando a los anarquistas de prácticas vanguardistas, sobre todo aquellas fundadas en organizaciones verticales del tipo partido de revolucionarios profesionales, aún al costo de ser moteados de espontaneístas, idealistas o románticos. Los anarquistas no aceptan la existencia de ese tipo de vanguardias, porque tampoco aceptan la existencia de un camino “verdadero” hacia la emancipación o hacia la libertad y, en consecuencia, no es posible que alguien lo conozca; tal camino solo puede construirse colectivamente. Pero además porque es indeseable y éticamente incorrecto imponer la libertad a quien ignora su existencia.

Precisamente es su concepción de la libertad el rasgo definitivo de lo que podría denominarse la ética libertaria, un corpus doctrinario que guía las relaciones con el otro. En la tradición liberal, desde Hobbes, la libertad se concibió como ausencia de impedimentos externos a la acción individual. Isaiah Berlín[viii] estableció una distinción entre este tipo de “libertad negativa” y la “libertad positiva”: la autodeterminación individual, el que las decisiones del individuo no sean impuestas por otro. Habitualmente se confunde este último tipo de libertad con la libertad del anarquismo, pero son dos concepciones totalmente distintas.

El anarquismo no estaría a priori en contra del autogobierno individual, pero el punto de partida para pensar la libertad no es el individuo aislado como lo supone el liberalismo, sino el individuo en medio de las relaciones con los otros, postulando que estas relaciones deben desarrollarse de forma igualitaria.

Por eso, mientras en la concepción de la libertad negativa el otro aparece como una limitación a mi propia libertad, en la medida en que me impide hacer lo que de otra manera o en otra circunstancia podría hacer, en la concepción de libertad anarquista el otro y su libertad son condiciones necesarias para la mía. Como dice Bakunin en sus “Notas sobre Rousseau”:

“No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de otro, lejos de ser un límite o la negación de mi libertad, es al contrario su condición necesaria y su confirmación. No me hago libre verdaderamente más que por la libertad de los otros, de suerte que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más vasta es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia se vuelve mi libertad”[ix].

Solo se es libre cuando todos somos libres y, en cuanto libres, iguales. Si solo algunos son libres, no existe igualdad y esa libertad no puede ser reconocida por otros seres humanos libres. Por lo tanto, no existe. Como afirma el mismo Bakunin:

“Ser libre significa que el hombre será reconocido y tratado como tal por otro hombre, por todos los hombres que lo rodean. La libertad no es entonces un hecho que nace del aislamiento, sino de la acción recíproca; no es un resultado de la exclusión sino, por el contrario, de la interacción social”[x]. La libertad es al mismo tiempo autonomía y solidaridad.

La libertad anarquista no es una cuestión de valores sino de prácticas, de relaciones sociales, de respeto por el otro. De esa forma se concilia la libertad con la igualdad o la solidaridad,  pero además esa libertad e igualdad no pasan por la anulación de la diversidad y la diferencia; por el contrario, tienen como elemento necesario su respeto. La ética libertaria implica tratar al otro como igual, en tanto que ser humano libre, pero también como diferente, en la medida en que esa igualdad no puede llevar a la anulación de la libertad del otro ni a la imposición de la misma. De esa forma se consigue la convivencia de lo diverso sin la anulación de la diferencia y sin que entre todos los otros se establezcan relaciones desiguales.

Por supuesto, la igualdad no se reduce a una equivalencia entre seres humanos como seres libres. Libertad e igualdad tienen como prerrequisito la igualdad a nivel socioeconómico, la satisfacción de las necesidades básicas. No puede plantearse el problema de las relaciones con el otro como relaciones igualitarias entre libres, si ese otro está aguantando hambre. De ahí que la lucha contra la opresión sea al mismo tiempo lucha contra la explotación. En este punto, el anarquismo se hermana con otras apuestas socialistas y comunistas.

Esta ética libertaria tiene enormes consecuencias sobre la política anarquista. La principal de ellas es que no es válido imponer la libertad. El fin no justifica los medios; por el contrario, entre medios y fines debe existir una coherencia plena. La libertad solo puede provenir de la libertad. Por eso la insistencia en una educación para la libertad que forme a las personas en la ética libertaria[xi]. Por otro lado, el compromiso con la lucha por la libertad no se consigue con la creencia en una verdad o en un corpus teórico plenamente elaborado, sino en la puesta en práctica de esa ética libertaria. En últimas, ese compromiso se origina en el respeto por el otro, no en una creencia, una obligación o una norma trascendente.

A contrapelo de toda la metafísica occidental, los anarquistas habrían optado por privilegiar el proceso sobre el resultado. La libertad no es un don que se da y se recibe en un momento dado como resultado de una lucha previa, sino un camino que para Bakunin conllevaría el desarrollo de las potencialidades individuales, la subversión de todo aquello que niegue la diversidad y la anarquía como el movimiento permanente de ambos momentos. Solo en las anarquías es posible hacer efectiva la libertad. La libertad es un proceso, un movimiento permanente en la que distintas anarquías se articulan, no un punto de llegada.

Todo ello no niega el hecho de que entre los mismos anarquistas existen una variedad de líneas de fractura; por ejemplo, no todos tienen tanta confianza en la ciencia como Kropotkin al fundar el apoyo mutuo en una teoría de la evolución; existen diferencias considerables entre el colectivismo o el socialismo de Bakunin y Proudhon, basado en la retribución de acuerdo al trabajo o salario, y el comunismo libertario de Kropotkin, sustentado en el principio: “a cada quien según sus necesidades, de cada quien según sus capacidades”. Desde luego, también existen grandes discusiones tácticas y políticas.

El proyecto ácrata plantea una crítica radical a la democracia liberal, la representación y la delegación del poder, pues constituye una pérdida de la autonomía individual y  una suerte de autorización para ser oprimido. Sin embargo, no ha existido un consenso en torno a las formas idóneas de realizar los proyectos anarquistas. Aun si están de acuerdo con privilegiar la acción directa, no todos comparten el apoliticismo. Si bien existen anarquistas para quienes la organización y la construcción de poder popular son innecesarios y, a la larga, un germen de autoritarismo, existe una maraña de apuestas prácticas y discusiones teóricas sobre las formas de articular el proyecto anarquista a las otras luchas de los explotados y oprimidos. Por ejemplo, mientras Bakunin parecía inclinarse por formas de acción discriminadas en los ámbitos político y social, Malatesta descolló al plantear la necesidad de una organización anarquista propia o específica que tendría como fin forjar una claridad ideológica y estratégica para luego, ahí sí, articularse a otras luchas y disputar lo que hoy llamaríamos la hegemonía.

Este tipo de propuestas, aunadas a la ética libertaria, permiten pensar en que es tan posible como deseable la articulación de las diversas luchas por la libertad, contra la explotación y las clases dominantes que la sustentan, a fin de que podamos ser libres e iguales, satisfacer dignamente nuestras necesidades y que nuestras diferencias no sean anuladas sino respetadas.

 

notas

[i] Aristóteles (1997) La Política. Bogotá: Panamericana.

[ii] Una introducción didáctica en: Roca, Juan Manuel y Álvarez Iván Darío (2008) Diccionario anarquista de emergencia. Bogotá: Norma. A este respecto, consultar también: Berkman. Alexander (2009) El ABC del comunismo libertario. Buenos Aires: LaMalatesta-Tierra de Fuego.

[iii] Ver: Savater, Fernando (1984) Para la anarquía y otros enfrentamientos. Barcelona: Orbis, pp. 9-16.

[iv] Guérin, Daniel (2008) El anarquismo. Buenos Aires: Libros de Anarres; Abad de Santillán, Diego (2005) La Fora. Ideología y trayectoria del movimiento obrero revolucionario en la Argentina. Buenos Aries: Libros de Anarres; Pierats, José (2006) Los anarquistas en la crisis política española (1869-1939). Buenos Aires: Libros de Anarres; Mintz, Fank (2006) Autogestión y anarcosindicalismo en la España Revolucionaria. Madrid: Traficantes de Sueños.  

[v] Armand, Émile (2007) El anarquismo individualista. Lo que es, puede y vale. La Plata: Terramar.

[vi] García Moriyón, Félix (1990) Del socialismo utópico al anarquismo. Bogotá: Cincel, pp. 81-84

[vii] Sobre este problema ver: Wayne, Price (2012) La abolición del Estado. Perspectivas anarquistas y marxistas. Buenos Aires: Libros de Anarres.

[viii] Berlin, I. (1970) Four Essays on Liberty. New York: Oxford University Press.

[ix] Bakinin, Mijail (2006) Dios y el Estado. La Plata: Terramar, p. 89.

[x] Bakunin, Mijail (1978) Escritos de filosofía política. Tomo II. Madrid: Alianza, p. 12.

[xi] Ver: Cuevas Noa, Francisco José (2003) Anarquismo y educación. La propuesta sociopolítica de la pedagogía libertaria. Madrid: Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo

 

 

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