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EPISTOLARIO
LUGARES DONDE PERDERSE
ESCRITO POR
Eliana Hernández
Escribe. Baila compulsivamente.
IMÁGENES POR
Rafael Hernández
Economista y cuasi filósofo.
ESCRITO E IMÁGENES POR
Daniela Plazas
Diseñadora de Imagen y Sonido.

LUGARES DONDE PERDERSE

Epistolario es una red de correspondencia entre personas que se encuentran en dos ciudades distintas. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

Bogotá

16 de junio de 2013.

 

Dani, han sido más de uno. Por eso es impresionante, porque uno no puede creer que sea posible perderse estando tan cerca, con el recuerdo del smog todavía en la nariz, pensando que 500 metros más abajo está la circunvalar, los gringos tomando fotos, las familias descalzas empezando el ascenso. Parece inverosímil pero ha sucedido. Hace unos meses fue un profesor de arquitectura que pasó 24 horas metido en el bosque detrás de Monserrate, cerca a la carretera a Choachí, y luego salió en el noticiero de las 7 tranquilo, como si hubiera sido un pequeño paseo, como si Bogotá y su defensa civil y sus bomberos no hubieran hecho un operativo descomunal para encontrarlo, y las amas de casa no hubieran estado en ese momento frente a sus televisores, entre horrorizadas y maravilladas, sin poder creer la suerte de ese muchacho. 

Son muchos los que se pierden, Dani. Entre los más raros están los que se pierden juntos: en enero fueron 20 chicos, una excursión completa sin rumbo entre los cerros orientales. Uno se imagina que no puede haber nada peor que perderse solo, que la pérdida genuina es un sentimiento individual,  intransmisible a otro, una pesadilla de la que solamente uno puede salir; pero existe también ese sentimiento a la manera colectiva, elevado a la vigésima potencia, veinte veces más punzante. Nadie sabe muy bien qué les pasó, pero podría imaginarse que los 20 chicos iban caminando, reconociendo especies de árboles quizás, y hubo una ráfaga de niebla y el paisaje desapareció de repente pero ellos siguieron caminando mirando el suelo, los que iban adelante dijeron "aquí sigue el camino" y otros "sí, podemos verlo frente a nuestros pies" y de repente la niebla se disipó y no tenían ni idea de dónde estaban, y el supuesto camino había sido una gran y descarada mentira. En algún punto llegaría ese momento crucial en el que alguien tiene que reconocerlo, alguien tiene que decir "estamos perdidos", y siempre hay otro alguien que lo duda, siempre hay un sujeto con una fe inquebrantable en su sentido de orientación. Con los días, habrían empezado a ver a sus amigos como una amenaza, habrían llegado a maldecir mil veces no haber comprado ese bocadillo con queso antes de subir. Tal vez en un último ataque de un sentimiento dual producto de la mezcla entre esperanza y desesperanza —conozco a alguien que lo hizo en Iguaque—, abandonarían el sleeping, las ollas, lo que quedaba de sus equipos y caminarían livianos sabiendo con ese espíritu trágico que brota en cualquier momento, pero más si uno está perdido en una montaña, que todo terminaría pronto. De alguna u otra forma. 

Están también los que tienen un “ánimo de budismo”, que pensaron que un poquito más allá, detrás de ese arbolito que se ve y lejos del bullicio, habría un lugar perfecto para meditar, y habiendo meditado tranquilamente miraron atrás y ya no encontraron el camino de regreso, o se iluminaron lo suficiente como para que ya no fuera necesaria tanta humanidad bogotana; están los enamorados que salieron a recoger eucalipto, pisaron en falso y como iban tomados de la mano rodaron juntos; está el dromomaníaco, que en su incontrolable deseo de caminar terminó allí. Es que han sido tantos, Dani. Tú seguro subiste de chiquita, al menos a Monserrate, cuando todavía vivías aquí. Te diste cuenta de que entre la multitud había uno que otro personaje que no cuadraba; si uno fuera atento, de pronto se daría cuenta de que ese personaje iba a tener problemas siguiendo el sendero señalado, si uno fuera atento habría podido advertirle...

De muchos de ellos no se supo nada más. El noticiero sacó un reportaje de dos minutos y como tantas cosas que salen en los noticieros, se mencionó una vez y al otro día nadie recordó nada. Exactamente como si el mundo entero hubiera vuelto a nacer. Es que es difícil hablar de ellos, imagínate que alguien quisiera rastrear la noticia o hacer un documental. ¿Qué haría? Tendría que hacer unas tomas de un paisaje uniforme que no dice nada; otras tomas más íntimas, ya entre los árboles y teniendo, claro, cuidado de no perderse, intentando transmitir ese sentimiento de soledad que es intransmisible a menos de que el otro esté también perdido; entrevistar a los familiares y escuchar sus voces entrecortadas, hablar con el señor de la mazorca que fue el último que vio al perdido... pero todas esas serían tareas inútiles, sería como ver un dulce detrás de una vitrina, soñar con él todas las noches y no poder saborearlo jamás. Uno pierde muchas cosas, y ese es un sentimiento muy conocido, pero sentir que uno mismo ‘está perdido’ o ‘es perdido’ por algo que no sabemos muy bien qué es, es otra cosa.

Seguro estás pensando a dónde va todo esto, Dani, por qué te escribo estas cosas. Bueno, hace unos días casi me pasa. Subí con un amigo por la quebrada La Vieja, por la 72, y allá una vez uno sube puede salir solo hasta las diez. Después de esa hora cierran la reja, y uno puede estar detrás y ser un ciudadano medianamente respetable, pagar impuestos y querer regresar al mundo pero nadie va a abrirle; puede que el celador del conjunto que da a la reja tenga las llaves pero si son más de las diez ese ya no es su problema. Eso lo sabíamos muy bien pero eran las doce y todavía seguíamos echando globos, en el mirador donde está La Virgen. Ya había que bajar, ya teníamos hambre y nos había entrado esa sensación de que no es posible pasar todo un día metidos en una montaña con tantas cosas que hacer, tantos libros que leer y tantos recibos por pagar, una sensación más conocida como culpa, pero no iba a haber nadie que nos abriera la puerta. Otro camino debe haber de regreso, pensamos. Y vimos que más allá de la virgen, donde empezaba la pendiente había una especie de sendero. Empezamos a caminar por ahí siguiendo señales falsas, viendo piedras supuestamente removidas por la mano del hombre. Cuando me di cuenta, y ahí ya había pasado algún tiempo, parecíamos dos exploradores del siglo XVI abriendo monte y era tan empinado el "camino" que debíamos bajar casi sentados. Yo caminaba, o me arrastraba más bien, pero Mcallister seguía sin reaccionar. ¿Ves algo? le gritaba desde arriba, con ganas de dejar de fingir valentía y devolverme, pero recordando también que era Mcallister, que él podría hacer una canoa con fósforos y sobrevivir meses en medio de la selva o en medio de los cerros orientales o en donde fuera. "Como una carretera", me dijo y yo lo imaginé cerrando los ojitos, con ese gesto que hace de tía cegatona, y confundiendo una carretera con un pedazo de monte tumbado a lo lejos o con un mugre en su gafa. Tomé aliento pero era incapaz de moverme como él en una cuesta tan empinada. Pronto dejé de ver su espalda, y de escuchar los ruidos que hacía al quebrar las ramas y saltar de un lado a otro como una cabra suelta y feliz en el monte. Me detuve y empecé a llamarlo, grité como solo se puede gritar en medio de una montaña, pero nadie contestó. No podía creer que me hubiera dejado ahí. Tampoco supe cuánto tiempo esperé, me quedé como una piedra lo que creo fueron dos horas, recurriendo a toda la paciencia que me era conocida, pero Mcallister jamás apareció. Yo estoy segura de que encontró algo, algo que pertenece al mundo de los perdidos; quizá la ciudad que deben tener allá arriba, una ciudad que no se debe parecer mucho a Bogotá pero podría ser la gran ciudad de los perdidos en los cerros orientales. Quizá se enamoró de una chica budista, o se hizo amigo de los chicos de la excursión. Él no es de abandonarlo a uno así como así, en medio de una montaña. Que se haya caído en un hueco o se lo haya tragado un oso de anteojos es simplemente imposible, es Mcallister. 

A veces pienso que fui un poco aburrida, que Mcallister debe estar en una de esas fiestas descomunales que harán todas las noches en la ciudad de los perdidos en los cerros orientales; pero a diferencia de él, yo estoy contando la historia. Los que se pierden no pueden contarla. ¿Tú qué crees que haya pasado, Dani? ¿Hay sitios dónde perderse, dónde gritar, en Buenos Aires?

Con el amor de siempre, 

Elia. 

 

Buenos Aires,

25 de Junio de 2013.

 

Elia,

 

Lugares para perderse y para gritar hay muchos. Es una ambivalencia que vive en Argentina y que se siente en cada persona que conozco, nativa o extranjera. Los que vivimos en la capital tenemos ese grito contenido siempre, en el colectivo, en el subte, en la facultad. La ciudad de la furia nos agota y nos encanta al mismo tiempo. Un amigo que vino hace unos años me dijo que sentía que la ciudad era carnívora; que los asados todos los domingos calaron el espíritu de la ciudad y cuando llegó por primera vez, la sintió carnívora. Yo a veces la siento así también y ahí es cuando dan ganas de perderse. 

La última vez que me perdí y me fui a gritar fue hace un par de años. En Mar del Plata, en invierno. El viaje en tren fue de noche, iba abrigada pero no para el frío que hizo y que se colaba por las rendijas de las ventanas mal cerradas y rotas. Una señora se sentó a mi lado con un abrigo de pieles que la cubría hasta el piso y con un maquillaje pesado en el rostro. Se fue al vagón comedor a los cinco minutos de haber empezado el viaje porque la silla en la que estábamos iba al contrario, y me dijo que la mareaba viajar al revés. Cuando íbamos llegando a la estación, volvió a sentarse a mi lado y me dijo que estuvo tomando café toda la noche. Cuando paró el tren, nos despedimos como si hubiéramos estado charlando durante todo el trayecto. En la estación no había nadie esperando a nadie y cada pasajero tomó un rumbo distinto. A ella la perdí de vista.

Al llegar a la ciudad, las calles estaban vacías. Y así fue durante los días que estuve ahí. En la playa solo había un surfista en su traje de neopreno que practicaba en el mar helado. En el hostal dormí sola en un cuarto de 20 camas. Esos días estuve en silencio. Viajé sola, descubrí que me encanta viajar sola, y el grito contenido se ahogó en mi silencio y en el silencio de la ciudad. Seguramente McCallister encontró el silencio en la montaña. Por eso se perdió. A sabiendas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora quiero ir al sur. Al sur del sur. Siempre me dicen que vaya al sur, al Bolsón -ahora Cele vive allá, seguramente en una cabaña al lado de un lago, pintando cuadros de árboles y gatos-. Yo quiero ir a ver montañas. Vivir sin montañas después de estar 18 años con la cordillera oriental siempre conteniéndome es muy diferente.  Aquí no hay montañas que te ubiquen, aquí está el río que aprendí a dibujar en mi cabeza para intentar ubicarme en la ciudad. Quiero ir al sur a conocer la nieve y a estar en silencio un poco más.

Ya siento que me empiezo a despedir de Argentina porque empiezo a deshacerme de cosas para recomenzar el viaje con una carga más ligera. Porque aprecio más esas cosas a las que me acostumbré aquí. El olor de la madera de las puertas y ascensores en verano, los árboles espectaculares que aprendí que se llaman "tipas porteñas”, imponentes, negros y retorcidos, que de repente te encuentras dispuestos en hilera en una calle formando un pulmón encima de tu cabeza. Los otros árboles que con Rafael llamamos "árvores  elefantes" porque todavía no sé cómo se llaman, con ramas tan pesadas y raíces tan sinuosas que a veces les ponen muletas para ayudarles a aguantar su propio peso. El río que todavía me emociona cuando lo veo porque ¡estamos siempre a la orilla del río y no se ve la otra orilla!

Me quiero despedir de ella conociéndola más, yendo al sur a ver pingüinos y al norte a ver zorros. Quiero reencontrarme con las personas que perdí en el camino y de las que me perdí yo misma. ¿Tú ya te estás despidiendo de Bogotá? Yo me despedí tanto que me seguía despidiendo en mis primeros meses aquí. Pero no me despedí nunca del todo. Aunque la última vez que fui la altura me tuvo sin aliento todo el viaje, siempre voy a querer volver.

Escríbeme pronto.

Dani.

 

 

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