I.LETRADA.CO | ARTíCULO INVITADO 2 | EL INTELECTUAL FLOTANTE
ARTíCULO INVITADO 2
EL INTELECTUAL FLOTANTE
ESCRITO POR
Pedro Adrián Zuluaga
“Sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco es más fuerte que todo odio”. Walter Benjamin
IMÁGENES POR
Tomás Silva
Retroceder nunca, rendirse jamás

EL INTELECTUAL FLOTANTE

o de la tradición degenerada de abrir el hocico.
¿Qué esperar del intelectual en las sociedades modernas? Casos históricos donde los pensadores se libraban en la batalla de la opinión pública, casos actuales en los que hacen parte de la terna de jurados de un reality show.

Pier Paolo Pasolini pensaba, palabras más palabras menos, que un intelectual debía entregar su cuerpo en la lucha. Y Pasolini murió a palazos en la playa romana de Ostia, un 2 de noviembre de 1975. Por lo que se puede ver en las obscenas fotos que la prensa de derechas publicó por entonces, el deseo de Pasolini se cumplió a cabalidad, con todos los tintes sacrificiales del martirio cristiano. Aún no se esclarece si el de Pasolini fue un crimen pasional producto de una riña entre el flamante intelectual y algún prostituto subproletario, o un crimen político orquestado por el estado italiano, al que el poeta, novelista, periodista y director nunca dejó de incomodar. Hablo por supuesto del estado de las cosas, no del accidente político de turno.

Lo que sí parece claro es que con esa muerte –como se señaló en su momento–, se cerró un breve verano del intelectual en las sociedades modernas, que pudo haber empezado con el ‘Yo acuso’ de Zola para clausurarse en esta siniestra playa que Nanni Moreti revisita en su película «Caro diario». Es el verano de ‘las bellas banderas’, de las luchas por la justicia, del ‘abrir el hocico’, según la tradición que trae a cuento otro intelectual comprometido, Pierre Bourdieu, en un célebre diálogo ‘televisado’ con Günter Grass, donde uno y otro examinan el declive de la figura del intelectual  en el oficio de agitar los discursos sociales.

Esa corta tradición del ‘intelectual faro’ que cargaba sobre sus espaldas una misión pública y civilizadora se ve hoy, para decirlo con ternura, algo vintage, un caso ejemplarizante de wishful thinking. Por supuesto que sigue existiendo el intelectual bocón y que se bate en la arena pública (para el propio Bourdieu la sociología fue, usando las palabras del documental de Pierre Carles “un deporte de combate”)  y que muchos de ellos alcanzan notoriedad pública: desde el francés Bernard- Henri Lévy, pasando por el inglés Christopher Hitchens (perdón maestro por tan ingrata compañía) hasta aterrizar en los colombianos Alberto Casas, José Obdulio Gaviria o Fabián Sanabria. Pero ese capital simbólico del que aún se pueden preciar algunos ‘hombres de ideas’ se consigue al precio de banalizar su discurso en la artera tribuna de los medios masivos de comunicación. Es con ese micrófono en mano que Lévy o José Obdulio pueden agitar sus banderas y repetir sus eslóganes hasta que se vuelven verdades aceptadas.

El otro espacio ‘natural’ en el cual el intelectual se ha refugiado, en ausencia de la conducción del estado o la orientación ideológica del partido -que fueron sus funciones comunes en el periodo formativo de las naciones hispanoamericanas- es la universidad. La burocracia universitaria es como una versión melancólica de la ‘ciudad letrada’ descrita por Rama como “el anillo protector del poder y el ejecutor de sus órdenes” [1] . Ante la inhabilidad del hombre de ideas para gestionar la burocracia estatal, se ha inventado una sub-burocracia que tiene su feudo en los ‘apacibles’ campus universitarios y que produce diagnósticos técnicos, estudios y consultorías para sustentar el gobierno del tecnócrata en el poder. Por fuera de esos nichos de protección, apenas sobrevive una delgada masa de intelectuales socialmente flotantes –la expresión es de Karl Mannheim a partir de un concepto formulado previamente por Alfred Weber, y ya volveré sobre ella– que como el protagonista de «Los extraños presagios de León Prozak» (Carlos Santa, 2010), alquila su cabeza al Mefistófeles del mercado.

Según Pedro Henríquez Ureña en «Las corrientes literarias en la América Hispánica», en la última década del siglo diecinueve se dio inicio a una división del trabajo como consecuencia de una estabilidad medianamente lograda en el continente a partir de 1870 (2). Y en consecuencia surgieron los “swing writers away from affairs of state” (3) (escritores oscilantes lejos de los asuntos de estado), quienes ante la inexistencia de un campo literario propiamente constituido, empezaron a medrar mayoritariamente en el periodismo o la diplomacia o prestaron su pluma a algún gobernante o político, o a varios, como ocurrió en el caso de José Antonio Osorio Lizarazo y su desplazamiento de las huestes gaitanistas a las de Trujillo, el dictador dominicano. Pero en general se empezó a configurar la ya anunciada masa de intelectuales socialmente flotantes atravesados por la inestabilidad política y la fragilidad económico-existencial (4). Esta descripción sociológica es aún hoy rigurosamente exacta, salvo en las contadas excepciones del intelectual universitario o el carismático best-seller

El estado de cosas que se fraguó en el tránsito de los dos siglos no fue excluyente con una posible figuración pública de los intelectuales. Estos, aún en el siglo veinte, siguieron probándose en la conducción del estado, aunque ya no fuera la norma sino la excepción, como el caso de Asturias en Guatemala o Gallegos en Venezuela. Y después vino el verano intensificado que se dio para el intelectual de izquierdas a ambos lados del Atlántico. Ahí estaba Sartre abriendo el hocico, en las barricadas del 68, ahí el autor de «El ser y la nada» secundado el tribunal Russell (en honor a su creador, el intelectual Bertrand Russell) formado en los años sesenta para “investigar y evaluar” la política exterior estadounidense en su fase descaradamente intervencionista de los años sesenta y setenta (Vietnam, América Latina) y este mismo tribunal en Roma en 1974 deliberando y escandalizado contra los abusos de Pinochet en Chile, con un García Márquez en su salsa.

Good old days. El comunismo se derrumbó con estrépito y con esa caída sobrevino un nuevo descentramiento para el intelectual. La bienpensante idea de mejorar el mundo se demostró sembrada de peligros peores que la indiferencia o resignación popular. Quizá era el pueblo, y no el intelectual faro, quien cambiaba la historia. O en el peor de los casos la historia había llegado a su fin, como osó decir Francis Fukuyama, un intelectual acusado de ser pagado por el capitalismo.

Y todo intelectual lo es. Ya sea a través de esa versión salvaje de la autorreferencialidad capitalista que es la universidad o por ese sostén del capitalismo que son los medios, donde en los últimos años el intelectual fast thinker sigue abriendo el hocico, obligado a digerir novedades como una máquina de interpretación para informar, es decir dar forma, a la incauta opinión pública. Basta recorrer el dial de la radio o hacer zapping televisivo para encontrárselos, incluso en este culo de mundo y esquina de Sudamérica: Alfredo Rangel, Héctor Abad Faciolince, William Ospina, León Valencia et al. Algunos de ellos, como el primero, practican una curiosa forma de supervivencia intelectual: crean un think tank (un tanque de pensamiento que revela incluso en la superficie la metáfora militarista) y disparan ideas, estudios, diagnósticos contratados por los gobiernos o los medios. Fundaciones como Seguridad y Democracia o la Corporación Nuevo Arco Iris, en dos espectros distintos de la balanza política, actúan como un estamento parauniversitario, donde el intelectual sobrevive con el calor de la manada, sin voz propia, o con una voz cooptada por la ideología.

El intelectual independiente no existe. Necesita de la universidad o del medio de comunicación o de la fundación para que lo respalde. El trabajo del pensamiento como la búsqueda de una verdad individual, que se puede compartir como Prometeo compartió el fuego,  es una desgastada utopía. Las ideas del pensador son apenas distinguibles de aquellas de la institución que lo valida, lo respalda y le llena el hocico; para que lo siga abriendo.

notas

(1) Ángel Rama, La ciudad letrada, Hanover, Ediciones del Norte, 1984, p 25. 

(2) Edison Neira Palacio, “La actualidad de la literatura fundacional hispanoamericana”, en: La función social y política del escritor en América Latina, Medellín, Universidad de Antioquia, 2011, p. 26.

(3) Doris Sommer, Foundational Fictions –The National Romances of Latin America, Berkeley, Los Angeles, University of California Press, 1991, p. 4.

(4) Edison Neira Palacio, La gran ciudad latinoamericana. Bogotá en la obra de José Antonio Osorio Lizarazo, Medellín, Universidad Eafit, 2004, p. 49.

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