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VERSIONES CAPITALES
INDUSTRIA, PÚBLICOS Y ESCENARIOS
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La revista pseudoacadémica más cultural de Bogotá.

INDUSTRIA, PÚBLICOS Y ESCENARIOS

las ondas sonoras de Bogotá
Explorando el universo de conocedores musicales nos encontramos con Juan Carlos Garay, periodista cultural que desde 1999 escribe la columna de música de la revista Semana, y quien recibió el premio Simón Bolívar por su crónica sobre la salsa en Bogotá.

¿Es la música, como se dice por ahí, un lenguaje universal?

Parece que no. El gusto musical es un elemento de distinción tan agudo como la pertenencia a un partido político o un equipo de fútbol. Suele calar muy hondo y decir en la superficie lo suficiente como para identificarse con una persona, hundirla en nuestro criterio o abrazarla en nuestros afectos.

La música es uno de los temas más complejos de abordar, uno en el que es casi imposible sacar conclusiones que logren convencer con unanimidad. Todo lo que se diga al respecto es susceptible de caer en lo obvio. Además, si uno se pone en el ejercicio de escuchar cada ‘género’ -y mucho mejor si lo hace en compañía de sus adeptos- encontrará que las valoraciones del producto y los criterios para hacerlo son muy diferentes. Hay personas que escuchan canciones porque quieren bailar; otras encuentran en ellas manifiestos, poesía; los conocedores del oficio, de la artesanía de unir acordes, ritmos y silencios, reconocen el ingenio y el virtuosismo. Buscar ‘saberes expertos’ en este campo es, a la final, un ejercicio arbitrario.

Juan Carlos Garay vive de la música sin necesidad de interpretar un instrumento. Dice haberlo intentado con la guitarra, “pero nunca salió mucho de ahí. De pronto desde esa frustración, cuando entré a estudiar periodismo quise enfocarme siempre hacia la música”.

Expresarse a través de la música y escribir sobre ella son dos labores distintas ¿Qué es lo que buscas comunicar en tu oficio de periodista y reseñista musical?

Uno trata de crear una ilusión. Me gustó mucho una definición que leí en el blog del musicólogo argentino Diego Fischerman: escribir sobre música es utilizar un lenguaje para explicar otro lenguaje. Ahí me di cuenta de muchas cosas: uno en realidad es como un ilusionista, porque tú no puedes, por más de que emplees bien la palabra, decir cómo suena una determinada sinfonía o un grupo. Te puedes acercar a una definición, puedes dejar al lector tentado para que vaya y busque el disco, pero hasta ahí llegas. La labor de reseñista de música es algo que tiene mucho que ver con lo literario, más de lo que uno pensaría. Es buscar todo el tiempo figuras literarias, formas narrativas para explicar cómo suena algo. De pronto se logra, pero a nivel de ilusión.

¿Qué es lo que te atrae de una propuesta, de un artista, de una canción?

Ya por mi oficio me la paso con los oídos atentos, pero el 99% de las cosas no me llama la atención. Siempre estoy buscando ese 1%. Cuando esto se vuelve un trabajo se facilitan las cosas porque las casas disqueras te buscan para mostrarte artistas nuevos. Creo que me gusta encontrar lo que suena diferente, innovador. 

Hay una definición de Joaquín Sabina que dice: “una buena canción es una buena música, una buena letra, una buena interpretación y algo más, que nadie sabe lo que es y que es lo único que importa”. Hay algo de misterioso. Tiene que haber una combinación de elementos; tiene que estar bien producida, bien grabada -no me obsesiona la ingeniería de sonido pero creo que es importante-; tiene que encajar bien dentro de su contexto, enviar un mensaje... ¡son tantas cosas! Tiene que tocar una fibra, transmitir una emoción. 

Hace poco encontramos un artículo de Soho en el que te ponían en duelo con Alejandro Villalobos y nos hizo pensar en los estereotipos y la música. ¿Por qué el jazz es música de intelectuales y ‘mamertos’ y el reggaetón tiene que ser necesariamente una música de tercera categoría para las masas? ¿Por qué es tan difícil franquear ese tipo de fronteras del gusto musical?

Hablando de estereotipos, creo que tanto Villalobos como yo caímos en la trampa de la revista Soho. ¡Como si solo hubiera dos opciones! Si tú no eres de izquierda, ¿necesariamente eres de derecha? No creo. Es la manera más obvia, la que no implica pensar tanto. Creo que hace falta universalizar el gusto musical, pero esa es una cuestión cultural. Yo estoy de acuerdo contigo en que la música no es estrictamente un lenguaje porque una nota como ‘fa’ no siempre significa lo mismo. Es una expresión abstracta. Y respecto a la extrema clasificación de la música, sí, a mi me cuesta trabajo entenderlo porque yo soy una suerte de melómano universal, una tendencia cada vez más frecuente -antes no lo era-. Lo que veo en la generación anterior a la mía es que hay periodistas que saben mucho de ópera y se vuelven especialistas, pero si los pasas al terreno de la ranchera tambalean. Esa era la gente que hacía radio cultural hasta hace 10 años, eso ya ha empezado a cambiar. Pero noto que es difícil, la gente se casa con unos géneros o artistas y es muy difícil tener una visión amplia de la música. Igual, es como en otros terrenos artísticos. A uno no le gusta todo tipo de literatura o de cine. Tiene que ver con lo que uno sintoniza, con lo que uno resuena. Hay una resonancia -en la música es clarísimo- el cuerpo humano es una caja de resonancia y hay sonidos que resuenan mejor que otros.

Hay ciudades que tienen, por decirlo de alguna manera, su propia Banda Sonora, una suerte de sello. Sé que hay mucha diversidad dentro de esa generalización, pero hay ‘musicalidades’ que se imponen. ¿Cuál crees tú que sería el sonido distintivo de Bogotá?

Bogotá es un caldero, una sopa donde pusieron a cocinar muchas cosas. Yo he llegado a la conclusión de que Bogotá no tiene un sonido propio, pero por ser la capital, por ser el centro, es la ciudad que recibe todos los sonidos y te permite escuchar un viernes o un sábado por la noche una marimba de chonta, salsa caleña, bullerengue de la costa Atlántica, rock, jazz, hip hop, está todo ahí, y además se han empezado a mezclar esas cosas. Todo eso forma la banda sonora de una ciudad que no tiene una sonoridad propia. Muchos músicos terminan viniendo a la capital porque creen que aquí puede haber más oportunidades, se arman combos de muchas ciudades. La Mojarra eléctrica, por ejemplo, es un tercio Cali, un tercio Bogotá y un tercio Buenaventura. 

Y en términos de industria musical,  ¿cómo ves las cosas en Bogotá?

Creo que ahora se impone la autogestión. Un músico que todavía se queda en su casa esperando a que lo llame Sony Music a ofrecerle un contrato, ahí se quedará. El que sigue con el discurso “es que la gente no aprecia lo que yo hago” ahí se quedará. La respuesta es la autogestión. Cada vez es más fácil y más económico grabar sus propios discos. Se pueden grabar en la casa, la manera de prensarlos es muy fácil, no necesariamente hay que hacer una edición lujosa... la música está circulando de una manera más modesta, más económica.

Hay muchas propuestas que van creando una escena local, pero lo cierto es que si uno no está visitando estos lugares, las cosas se pierden, o se vuelven muy de nicho...

Yo creo que el oyente debe ser activo. Si a alguien le gusta la música y va a Nueva York, va a oir jazz al Blue Note u ópera al Metropolitan. Si hace eso cuando viaja, ¿por qué no lo hace acá en su propia ciudad?

¿Y cuáles serían esos lugares en Bogotá? Desde tu conocimiento, ¿a dónde debe ir el bogotano a escuchar nuevas propuestas? ¿Dónde está ‘la escena’?

Para escuchar música en vivo en Bogotá hay opciones, no tantas como debiera haber, pero se puede. Si quieres oír buenos grupos de rumba vas a Quiebracanto; si quieres oír cosas de vanguardia o experimentales vas a Matik-Matik. Lo importante es hacer esa conciencia: quiero buscar la música en vivo, no que me pongan discos.

También tiene que ver con lo que haces tú o lo que queremos hacer en en i.letrada: la posibilidad de dar a conocer los espacios y las propuestas. Digamos, ¿quién escribe de esto en este país?

Pues en los medios grandes está la columna de Oscar Acevedo en El Tiempo, pero el periódico le da cada vez menos espacio, me parece a mí. En el Espectador Manuel Drezner o Fernando Toledo, pero ellos escriben sobre música clásica. Creo que acá hay una cierta pereza de los periodistas. Tiene que llegar la revista Billboard y decir “Fonseca es bueno” y entonces todos repiten como loros: “Fonseca es bueno”.

En los años 60 había una figura, el cazatalentos. Eso no es ciencia ficción, ¡existían! Ya no. Bueno, las casas disqueras están en un descenso bárbaro, pero cada una tenía un señor que se llamaba A&R -Artistas y Repertorio-, era la persona que decidía cuáles eran los artistas que la casa iba a firmar y cuál era el repertorio en el que se iba a concentrar. A esta persona le pagaban para salir a los bares, a los clubes, para descubrir qué grupos nuevos estaban sonando por ahí. Ahora es un tipo que se sienta en un escritorio a esperar que le lleguen demos y que a veces ni los oye. 

Digamos que Estéreo Picnic y Rock Al Parque marcan grandes avances en términos de escenarios musicales, pero nos da la impresión de que la tendencia es traer, ‘importar’ grupos, o que a la final eso jala mucho más que la ‘escena’ local.

Ahora que asistí al último Estéreo Picnic me di cuenta de cómo han cambiado las cosas. No escuché un solo -de guitarra, de batería, de piano- memorable. No vi virtuosismo. Los grupos de ahora son fenómenos de Youtube. Hacen un video, lo cuelgan, resuenan con un montón de gente que les da likes, esas son las estrellas de ahora. Es gente común y corriente, no está mal. Hay grupos de buena calidad, pero dentro de lo normal... no hay un Jimi Hendrix, alguien que le vuele la cabeza a uno con lo que hace.

Rock al Parque es muy bueno pero también nos malacostumbró a no pagar. Para que haya una escena local, hay que pagar. Pero no hemos llegado a eso.

Un amigo mío, periodista, hacía esta reflexión: Colombia tiene un premio Nobel, un campeón de automovilismo, un campeón de ciclismo, uno de boxeo, una de bicicross. Crecimos con la idea de que solo puede haber uno en cada área y esa misma idea aplicada a la música hace que creamos que solo podemos tener Shakira. 

En el fondo todos sabemos que no. ¿Cuál es la conclusión de todo esto? Una invitación a darnos una vuelta por Bogotá para descubrir a los músicos que habitan sus bares y sus cafés –que no son pocos-. Entender que la escena musical no se construye sola, que un público activo capaz de reconocer el talento y el esfuerzo de los músicos se vuelve parte vital de la banda sonora capitalina, y que los medios deberían incentivar a los ciudadanos a recorrer la ciudad, a habitarla, a hacerla crecer, a garantizar su riqueza creativa y disfrutar de los escenarios que noche tras noche nos regalan el maravilloso momento de la música en vivo. 

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