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ARTíCULO INVITADO 1
LA PLAYA
ESCRITO POR
Camila Alarcón
Periodista de la Universidad Javeriana y flautista de la Universidad Nacional. Busco nuevas formas de relacionarme con la música, una pasión que siempre ha estado ahí.

LA PLAYA

Transcurre una de tantas noches capitalinas, los músicos se uniforman y esperan a la audiencia para la cual tocar.

 

Es noche de viernes y La Playa está llena de músicos que esperan pacientemente que llegue alguien a contratarlos. Hace frío en Bogotá. El tinto, el agua aromática y el cigarrillo se convierten en los mejores aliados de estos artistas callejeros que, con sus instrumentos al hombro, tratan de matar el tiempo hablando mientras pueden trabajar. 

La Playa es el sitio de reunión de los músicos que rebuscan en Bogotá. Todos los días, desde tempranas horas de la mañana, es posible encontrar diversos grupos que ofrecen sus servicios en este lugar. En la mañana son pocas las personas que están esperando trabajo con sus instrumentos al hombro, pero hacia medio día el número empieza a crecer. En la noche la cuadra está completamente llena.

Más de la mitad de los músicos están vestidos de mariachi. Los trajes son de todos los colores: negros, blancos, rojos, azules, verdes y cafés. Casi todos tienen botonadura plateada a ambos lados del pantalón. Las mujeres, en su mayoría, llevan faldas largas, y en su pelo lucen cintas que hacen juego con los moños de sus uniformes. En La Playa ningún mariachi tiene puesto el sombrero. Todos lo guardan en las oficinas o en los camerinos y únicamente lo sacan cuando tienen que ir a tocar. 

Aquellos que trabajan en tríos están vestidos de gris o de negro, siempre con corbata. Como tratan de estar uniformados, muchos músicos eligen una corbata negra, que sea ‘neutral’, para poder trabajar con cualquier trío en caso de que los necesiten para una serenata. 

Los integrantes de los conjuntos vallenatos se destacan por sus pintas informales. Algunos tienen camisas ‘guayaberas’ y todos lucen sombreros ‘vueltiaos’. Los arpistas, que no son más de cinco o seis, tienen el tradicional ‘liqui-liqui’, aquel traje de corte militar alto que utilizan los músicos en el llano: los hay negros, blancos y azules y van acompañados de un sombrero del mismo color.  

En esta noche de viernes puede haber más de 200 músicos esperando. Algunos toman cerveza, otros ron y unos más aguardiente. Muchos se conforman con un tinto y un cigarrillo. Por momentos un fuerte olor a marihuana invade el lugar. Camufladas entre los músicos pasan personas ofreciendo su mercancía: cocaína, heroína, ‘perico’, marihuana. Hay de todo.

Los clientes llegan en carro, en taxi o algunas veces caminando. Inmediatamente son abordados por los músicos que ‘investigan’ en el lugar: se trata de los integrantes de cada grupo que están encargados de conseguir las serenatas. Con tarjetas en mano se presentan y ofrecen sus servicios para amenizar “todo tipo de eventos”. La mayoría propone, incluso, realizar una audición previa a la selección, “sin ningún compromiso”, para que los clientes puedan conocer la calidad de su trabajo. 

Anteriormente las audiciones se daban ahí mismo, en la calle. Sin embargo, la policía ha puesto problema porque tocar ahí es considerado “escándalo en la vía pública”. Así las cosas, los músicos han tenido que buscar espacios dentro de la misma cuadra para hacerles las demostraciones a sus clientes. Algunos restaurantes del sector, o los mismos camerinos que contratan los artistas para guardar su ropa (el alquiler les cuesta cerca de $25.000 mensuales), se han convertido en los lugares más apropiados para realizar las audiciones. 

Muchos de los grupos que se ubican en este sector ya están establecidos. Aún así, hay varios músicos que van a La Playa a ‘piratear’. Se trata de aquellos que no pertenecen a ningún conjunto pero que, con sus trajes de mariachi y con sus instrumentos, se paran allí a esperar a que algún grupo se los lleve para trabajar con ellos.  

Esto pasa con frecuencia. Es común que los integrantes de un grupo no estén disponibles en el momento en el que sale algún ‘gallo’ o serenata, así que los directores de cada agrupación deben recurrir a otros músicos para no perder el trabajo. Generalmente ya saben con quiénes pueden contar, pero si llega a ser necesario llevar a algunos músicos que no conozcan, lo hacen sin pensarlo. 

No hay necesidad de ensayar. Los músicos que trabajan en La Playa manejan el mismo repertorio. Y si no se saben alguna canción, la improvisan en el momento de tocarla. Lo importante es no perder nunca la oportunidad de trabajar. 

De los cerca de 200 músicos que estaban en La Playa hacia las ocho de la noche, ahora, dos horas después, no hay ni la mitad. Poco a poco los grupos empiezan a irse y su ausencia solo se hace notoria unos momentos después. Los que quedan siguen abordando a todas las personas que se acercan al lugar, con la esperanza de que alguien se los lleve a trabajar.

Cuando sale alguna serenata los músicos se transportan de diversas formas. Los tríos, por ejemplo, pueden irse en el carro de sus clientes, cuando lo tienen, pues su formato y el tamaño de sus instrumentos se los permite. También pueden movilizarse sin mayor dificultad en Transmilenio o recurrir a un taxi en caso de necesitarlo. 

Los conjuntos vallenatos experimentan una situación similar, pues son solo cuatro integrantes y el tamaño de sus instrumentos les permite transportarse con facilidad. Aún así, el ingenio de los músicos ha permitido que la movilización de los instrumentos no se convierta en un obstáculo para poder trabajar. 

Los grupos llaneros, por ejemplo, son expertos en acomodar el arpa en cualquier tipo de vehículo. Generalmente se movilizan en taxi y, en cuestión de minutos, atraviesan el instrumento en forma diagonal: las patas quedan hacia arriba, sobre la silla trasera, y el cuello queda sobre el asiento del copiloto, dejando suficiente espacio para que una persona se siente allí. 

Para los mariachis, al igual que para los grupos llaneros, la situación también es un poco más compleja que para los tríos y los conjuntos vallenatos. Son más integrantes y llevan instrumentos más grandes, como el guitarrón, así que es difícil que quepan en el carro de los clientes o en un solo taxi. Sin embargo, para todo hay solución. 

En La Playa, sobre la calle 55, hay más de 15 camionetas parqueadas que están a disposición de todos los grupos, especialmente de los mariachis, que son los que más las utilizan. El alquiler cuesta entre $25.000 y $30.000 pesos por cada serenata. El precio varía según la distancia que se tenga que recorrer.

Así como se desocupa de manera casi imperceptible, La Playa se vuelve a llenar rápidamente. Los grupos que se van regresan después de cada serenata, pues lo único que hay fijo en este trabajo es este lugar. Los músicos siempre están aquí, esperando, tocando, rebuscando. Unos van, otros llegan, pero siempre hay alguien disponible. Siempre hay alguien que tiene la necesidad de tocar.

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