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VERSIONES CAPITALES
LOS OJOS NO SON OJOS PORQUE LOS VES SINO PORQUE TE VEN
ESCRITO POR
Juliana Guerra
Prefiere la ciudad y las máquinas aunque odia el capitalismo, así que vive en contradicción.

LOS OJOS NO SON OJOS PORQUE LOS VES SINO PORQUE TE VEN

José Luis Guerín, el cineasta y documentalista inclasificable, habla de su obra, del espacio público, de la imagen. Esta es una invitación a adentrarse en la construcción de sus películas y a redescubrir la belleza y el asombro de cada instante.

EL CINE

"Una película es un trayecto de dos miradas" dijo José Luis Guerín la primera vez que lo escuché, hace seis años en la Cinemateca Distrital de Bogotá. “Está el autor por un lado y el espectador por el otro lado, y una película no puede ser más que el trayecto conjunto de esas dos miradas”.

Luego vi fragmentos de su documental «En construcción» (2001). ‘El Chino’ es un barrio popular de Barcelona que se convierte en ruinas para dar paso a la rehabilitación urbana; la cámara mira de lejos y escucha de cerca, mira desde las ventanas, hacia los balcones, en las reuniones, en las plazas; entra en las habitaciones y en la obra, hurga en las historias de ancianos, jóvenes y niños. La construcción es apenas el marco dentro del cual la vida sigue, y la vida adentro está llena de gracia, de diferencias, de historias que se encuentran. Entonces pensé que si alguna vez hiciera un documental, querría que fuera así. -¿Cómo? -No sabía, algo así.

José Luis Guerín es alto, lleva siempre boina y habla pausado. En una entrevista a propósito de su película «Guest» (2010) comenzó aclarando que “los cineastas hablamos en la pantalla”. La crítica lo considera inclasificable, resalta la poética de su trabajo, su capacidad para moverse entre la ficción y la realidad, sus reiterados guiños y referencias a la historia del cine. En su trayectoria se cuentan nueve largometrajes y otra cantidad de cortometrajes desde 1975. De todos conozco apenas seis. Cuando hablamos por primera vez -hace dos meses- había visto cuatro: «Innisfree» (1990), «En construcción» (2001), «En la ciudad de Sylvia» (2007) y «Unas fotos en la ciudad de Sylvia» (2007). Tenía una sola pregunta: ¿qué hay en los espacios para hacerlos motivo de sus películas?

Me gusta pensar que las películas están contenidas en un espacio; el espacio es como el recipiente que contiene ya la película que estoy haciendo potencialmente. En ese sentido, una película sería como acampar en un territorio y explorarlo; me gusta pensar que el guión va a ser resultado de otear ese espacio, de interpretarlo.

Será mi propia obsesión con el territorio, pero para mí sus películas se parecen todas en el hecho de partir del espacio para contar una historia. Bien sea un documental, un fake (falso documental) o un argumental, todas se sitúan y desde allí narran. Para él, en cambio,

«En construcción» y «En la ciudad de Sylvia» son películas casi opuestas, cuesta pensar que son del mismo cineasta. La primera es una bitácora social, la transformación del paisaje urbano y lo que esto conlleva; la segunda es el espacio de gravitación de un fantasma, de un sonido. Sylvia no es ningún personaje, es una presencia. Por esto es una película donde no se da ningún nombre propio, salvo Sylvia, pero Sylvia no es más que una palabra.

El cine para mí está muy ligado con la emoción del viaje. Para mí una película es un viaje. Una película se desarrolla en el espacio y en el tiempo, es un trozo de espacio y un trozo de tiempo que has de recoger en una hora, hora y media. Y la mirada del viajero es opuesta a la mirada del turista. El turista no se deja sorprender, solo quiere ver aquello que ya sabe, por la guía turística, que tiene que ver. El viajero es capaz de sorprenderse con detalles muy cotidianos, que pueden estar en su propia calle. Eso es lo bonito. El viaje es como un cambio de perspectiva, de ver desde otra distancia las cosas que luego te posibilitan releer tu propia calle, tu propia cotidianidad. Es el antídoto contra lo que puede ser la alienación de la cotidianidad; a veces a fuerza de transitar cada día por tu propia calle acabas por no verla. Cuando hice «En construcción» pasé varias semanas viviendo en hotelillos, en pensiones del barrio. Me hice una maleta para ayudarme a ver las cosas desde la distancia del viajero, que es la distancia desde la que he hecho todas mis películas. Esa fue la primera vez que filmé en mi ciudad, y casi la única.

Después de ese encuentro, por sugerencia de Guerín vi otras dos películas: «Tren de sombras» (1997), “viejas escenas de cine familiar: imágenes rudimentarias pero vitales, que vienen a rememorar la infancia del cine”, y «Guest» (2010), un diario de viaje construido durante un año de visitas a festivales de cine en todo el mundo. La primera película viaja en el tiempo, la segunda en el espacio; la primera es ficción, la segunda documental; en la primera no hay casi textos, la segunda es un abanico de monólogos y diálogos. Como dos miradas que se cruzan, el trabajo de José Luis Guerín está basado en el encuentro de opuestos: la realidad o la ficción, el espacio y su interpretación, el control del guion y el sometimiento a las leyes del azar.

La gente hoy es muy resabiada, no se sorprende por nada: han visto todo, han perdido la confianza en lo que ven. Para mí el fundamento del cine está en esa capacidad de asombrarse con cosas cotidianas, simples: cómo el viento zarandea los árboles, cómo caen los copos de nieve… cosas sencillas pero que son asombrosas si las sabes capturar. Tú no puedes lograr que se asombre el espectador si tú no te has asombrado primero.

“Gorki había descrito el cine en sus comienzos como un tren de sombras. Guerín lleva años subido a ese tren”, leí en una reseña de Quim Casas. ii

03 04

 

 

“Para mí el cine es una forma de conocimiento, una forma de revelación, de descubrimiento”. Eso implica estar siempre “buscando formas de pactar con lo azaroso, buscando los signos que me da el azar para construir un relato”.

Es lo que hago en todas mis películas, tanto de ficción como documental, busco: en los documentales fuerzo mucho más la obsesión por estructurar, por componer; en las de ficción busco más las puertas por las que se cuela el imprevisto. Me encanta destruir cada película, las cosas que aprendo de la ficción las aplico al documental y los mensajes del documental los aplico a una especie de hibridación que me sirve para pensar otras maneras de construir relatos con toda esta confrontación.

Esta constante búsqueda es lo que diferenciaría al cine de la televisión. El asombro, el azar y, finalmente, la síntesis entre emoción y pensamiento. Normalmente, en la televisión “una imagen solo sirve para una cosa: […] un plano describe un espacio”.

En el cine sirve para describir un espacio, pero también para presentar un personaje, para hacer avanzar la acción, para crear una pequeña irrupción o un modo, para crear un vínculo con una secuencia que ha de venir o con otra que ya ha pasado. Sirve para muchas cosas y yo creo que esa densidad que tiene es lo que diferencia al cine de la televisión. No tanto en el soporte sino en cuestión de pensamiento y densidad de significado o de emociones. Eso hace al cine más bello, ¿no? Y probablemente ese es uno de los motivos que me lleva a trabajar con la idea de los dos planos. Montar más de una cosa.

«En construcción» por ejemplo, dice Guerín, “visualmente me interesaba muchísimo que las calles son estrechísimas ahí y eso me permitía, en el mismo plano, tener a los personajes que construyen las nuevas viviendas y a los visitantes, y justo detrás, en el mismo plano, a los vecinos que van a ser eliminados”.

 


 

 

 

 

la ciudad


Antes de sentarme a escribir este texto volví a ver las películas que ya conocía. Noté cómo juega a desarmar una imagen y convertirla en secuencia; noté cómo compone imágenes que hablan sin necesidad de diálogos o textos. Mientras veíamos «Guest», mi acompañante me dijo que a través del cine de Guerín resultaba muy fácil entender la realización, pues los elementos que usa son muy claros y definidos. Yo, como quien se deja sorprender por el paisaje de frente a su casa, me encontré identificando los principios más básicos del cine: la profundidad de campo, el contraste de luz y sombra, la superposición de planos y la secuencialidad narrativa.

Durante nuestra entrevista, mientras José Luis me hablaba del espacio público latinoamericano, de su riqueza en historias e imágenes, alguien se sentó junto a nosotros, encendió un televisor y en pocos segundos sonó el grito de ‘gol’. La grabación de ese momento es inaudible. Mi entrevistado se detuvo y comenzó a hablar sobre fútbol hasta que logró captar la atención del otro visitante, quien rápidamente, y muy apenado, bajó el volumen al mínimo y nos ofreció disculpas. Yo, que no podía permitir que la conversación volviera a girar en torno a lo cinematográfico (pues me sentía completamente insegura de opinar algo), organicé la grabadora y retomé el guion. Estábamos hablando del espacio, de las ciudades y en ese momento, específicamente del espacio público (temas de los cuales también yo podría hablar con propiedad). Leyendo la transcripción de la entrevista pensé que hubiera sido interesante dejarme llevar por el imprevisto, responder al azar del encuentro con ese aficionado. De todas maneras encontré algo. En ese preciso momento, el cineasta me decía que tenía que ver «Guest» y que me iba a gustar mucho.

Esta es la experiencia opuesta a «En construcción», que es una película que te exige estar tres años viviendo con los personajes que filmas. «Guest» es lo efímero, uno está invitado y la invitación es por tres días, cinco máximo, e intentas dejar una huella, un trazo de eso que ves con esa mirada fugitiva, de ir callejeando. Bogotá fue el primer lugar donde callejeando armé una secuencia que me pareció muy bella, con personajes muy buenos. Y también con historias que eran capaces de ponerse en relación. Tomé conciencia de que era una película y no un ejercicio aquí, en Bogotá.

Esa tarde de domingo, después de la conversación, salí a buscar la película y casi no logro conseguirla. Dos meses después la pude ver. Imposible de copiar, no sabría si en un acto de inmensa confianza o complicidad, su propietario –a quien yo conocía de ver sus películas- me la prestó por tres días. La vi dos veces. Bogotá es un lugar común, la Plaza de Bolívar con sus palomas y sus fotógrafos y su cambio de guardia. Y allí, entre penas de amor, pequeñas movilizaciones y guías turísticas, se construye una historia de Colombia llena de matices y curiosidades. Así en otras tantas ciudades, cada una con sus particularidades, cada una interpretada por lo que a su paso se fue encontrando quien estuvo siempre detrás de la cámara.

«Guest» es un ramillete de bosquejos. En cada ciudad hay una historia por contar, una serie de personajes, de escenarios, de diálogos. Mientras la veía pensé que me hubiera gustado verla por partes. Con más calma. Sus otras películas, de las que ya contaba dos y tres vistas, las disfruté inmensamente. Creo que la densidad en imagen y en significado invita a ver, masticar, volver a ver. Poder disfrutar cada una de sus partes por separado y en la mixtura. Ahora quisiera volverla a ver, en un par de meses. Y también las otras. Verlas varias veces.

Notas

i  Hablaba en el marco de los Encuentros Académicos de la 9° Muestra Internacional Documental, 2007. Las memorias se pueden consultar en este link

ii  El Periódico, octubre 19 de 2001. 

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