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TRAS ESCENA
NARRAR LAS VIDAS: EL TEATRO Y LA PERTINENCIA DE LA MEMORIA
ESCRITO POR
Eduard Fernando Salazar
A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.
IMÁGENES POR
Iván Castillo
Artista plástico. Oidor con sordera

NARRAR LAS VIDAS: EL TEATRO Y LA PERTINENCIA DE LA MEMORIA

Oscar Wilde señaló, casi como conclusión apocalíptica, que “todo arte es completamente inútil”. Sin embargo, el grupo teatral bogotano Umbral Teatro plantea su propuesta creativa desde la dramaturgia de la pertinencia y por ello dialoga con los contextos sociales y culturales del país. Estas son mis reflexiones en el proceso de trabajar desde el Umbral.

Una de las mejores cosas que se puede rescatar de cualquier propuesta cultural es la persistencia y la sobrevivencia. Aunque son dos valores que no necesariamente tienen que ver con la respetabilidad y la capacidad de respuesta a la vida social del tiempo con el que hablan, en el teatro son asuntos que se deben tomar seriamente. La dramaturgia ha perdido muchos de sus campos de acción con la entrada de otras formas de visualidad como lo son el cine y la televisión, así que su consumo se ha desplazado significativamente hacia públicos mucho más educados en la mirada teatral.

Conocí Umbral Teatro, grupo fundado por Carolina Vivas e Ignacio Rodríguez, apoyando la temporada de teatro que celebra veintidós años de vida artística de una propuesta que pervive, persiste y habla desde la pertinencia. Antes que una compañía dramatúrgica tradicional, Umbral es un espacio de creación colectiva y de investigación que entiende los marcos dramatúrgicos tradicionales, pero que también propone nuevas maneras de comprender el ejercicio teatral. Gran parte de las obras de su repertorio son producto del ejercicio dialógico con los actores, los músicos y la directriz de Carolina Vivas, experimento que produce un teatro impregnado de azares y contingencias. Dejar ser, o “¡que viva la incertidumbre!”, en palabras de Carolina.

Por ejemplo, «De peinteas que hablan y otras rarezas» (2011), es una obra que se gesta desde el trabajo casi etnográfico de la directora con Josefina Espinoza, una recicladora que transita las calles bogotanas, y cuya historia y la de su perro Mocho son el sustento de un guión limpio y con la sensibilidad necesaria para comprender la marginación. Es el ejercicio de poetizar sobre la miseria para encontrar eso que el grupo llama pertinencia. A su vez, en esta obra como en otras del grupo, la personificación de seres animales o de objetos sirven como herramienta estética para hablarle al público de manera cercana y sutil, sin caer en parodias innecesarias o burlonas. Este tipo de estrategias dramáticas hacen eco de las figuras de la narrativa de García Márquez; aquellas del ‘realismo mágico’ que el escritor utilizó como puentes de diálogo con escenarios históricos violentos, como los que acontecen en «Cien años de soledad».

Para entablar un diálogo con los contemporáneos y hacer valer la persistencia, «Escenario Contemporáneo» , temporada de teatro que celebra los veintidós años de Umbral, presenta de nuevo dos obras de su repertorio que se cuecen con la materia de lo real, con la vida humana como la fuente de la que emana la respuesta artística.

Trabajar con la materia de lo real

Si los episodios de sufrimiento o de experiencias humanas problemáticas se vierten sin decantar en la representación/acción visual de cualquier tipo, en un contexto como el colombiano (y como el de muchas otras latitudes, acaso todas), la puesta en escena resultaría un espectáculo incestuoso y vulgar, como aquellos a los que nos tienen acostumbrados las producciones cinematográficas infaustas o los medios de comunicación voyeristas. Pero como en otros, en el arte dramático el tras escena de la creación tiene que ver con el proceso quimérico de convertir los “hechos” o la historia en poéticas, en traducciones a nuevas palabras e imágenes.

Carolina Vivas se pregunta por la materia de lo real como creación a partir de las historias de vida de hombres y mujeres concretos, de los acontecimientos sociales y políticos colombianos, de las representaciones y los imaginarios de la vida cotidiana de muchas personas, pero contadas a través de alguna con nombre y apellido. Aquí el proceso quimérico es el de volver esos metales cotidianos en un material más elevado y universal. En Umbral dicha materia es la memoria, el recuerdo, el relato, la insinuación emocional. Las dos obras que quedan de esta temporada son el resultado de ese proceso experimental.

«La que no fue» (2012), obra sobre el trasegar vital de algunas mujeres y sus familias, me recuerda instantáneamente el transfondo social de la pieza teatral de Henrik Ibsen, «Casa de Muñecas». Nora, la protagonista, es una mujer que cumple a cabalidad el papel de la buena esposa, del ama de casa perfecta y acorde a los principios de su tiempo: en 1879 las mujeres de las clases sociales más elevadas eran el adorno de su hogar, el gorrión que armoniza la familia en la propuesta de Ibsen, un adelantado a su tiempo. El nudo dramático estalla cuando el marido de Nora se da cuenta de que ella ha adquirido una deuda para salvar el honor de su esposo, acto completamente reprobable ante los ojos de cualquier familia respetable en la Noruega del 79. Esta obra, que ahora más que nunca le habla a los contemporáneos, comparte el lugar de la pertinencia que tiene «La que no fue» , pues habla de lo que significa ser mujer en contextos familiares problemáticos. Pero la apuesta de Vivas apunta hacia un tratamiento mucho más elaborado e investigativo pues parte de la memoria: la obra se basa en las experiencias familiares de las actrices, en las historias de sus abuelas, sus madres y en las suyas hasta su presente sobre las tablas.

Se trata de una puesta en escena (con una hermosa indumentaria y vestuario) que en 100 minutos recrea 56 escenas -casi como transcurre el tiempo y el espacio en el cine-, y que presenta en simbiosis con la historia de vida, la ficción dramática en tiempos sincrónicos y asincrónicos, la vida de más de una docena de mujeres (madres, hijas, esposas y abuelas) en distintos contextos sociales y culturales: la experiencia rural, la alta sociedad bogotana asistente a la ópera, el desclasamiento y la pobreza, la migración urbana, la vida barrial, el ahogo que supone nacer para parir. En escena no hay hombres pues son narrados como figuras ausentes, casi innecesarias, hecho que acentúa el papel de las mujeres y la vida contada desde sus ángulos. El cambio generacional es claro y narrado de una manera cálida aunque con muchos picos dramáticos que exacerban las sensaciones de dolor, pues la obra quiere resaltar el modelo cultural donde los hombres cargan el lado leve de la vida cotidiana de la familia.

 

 

 

Pero al presentarse como una transversalidad generacional, en «La que no fue» la mirada no queda centrada solamente en los momentos de sufrimiento y dramatismo, pues la obra también refleja el cambio de las mentalidades respecto a los lugares de la mujer. El desmoronamiento de muchas de las ideas de la buena esposa; de la idea de que ser mujer equivale a ser esposa.

Con «Gallina y el otro» (1999), la tercera obra de esta temporada, acontece un ejercicio experimental, creativo e investigativo similar. La acción parte de los hechos de violencia y desplazamiento forzado que sacudieron al país en proporciones devastadoras en la década del noventa del siglo XX, y que fueron certeramente vividos por los habitantes de la ruralidad de decenas de municipios en Colombia. «Gallina y el otro» es el resultado de la memoria y del testimonio de las víctimas, de los procesos de diálogo y de construcción de un guión responsable en conjunto con las víctimas y con sus historias. De nuevo Carolina Vivas halla en la personificación una herramienta coherente con la búsqueda poética de las imágenes pertinentes en un tema tan delicado y sensible como lo es el de la violencia y la guerra. Una gallina y un cerdo, animales típicos de la granja, son los cuerpos depositarios de gran parte de ese sufrimiento, son las figuras retóricas que anudan los rumores y la memoria de una época difícil.

Pasar por el Umbral

Ir al Galponcito, espacio teatral de Umbral, asistir a sus obras y dialogar con su directora, es hacerlo desde la contundencia y la insinuación. La insinuación por los recursos estéticos que emplea: los silencios, las ausencias, la penumbra, la luz focalizada, el negro de fondo que invade el escenario, la sutilidad de las palabras… La contundencia porque el trabajo de los actores es completamente emocional, pues parte de las experiencias de su vida, de las de otros y del trabajo colectivo. Leer los guiones de las obras de Carolina Vivas es acercarse a la sutileza del corazón humano a través de diversos personajes, con la contundencia final de una historia bien narrada.

El galponcito, al igual que Umbral, es un espacio alternativo, una sala que se piensa desde la familiaridad de una reunión de amigos pero con la disposición total para una adecuada experiencia teatral. Familiaridad, cercanía, filialidad y compromiso es lo que el espectador llegará a sentir cuando se enfrente al trabajo de un grupo que se comporta unido. Trabajar estas semanas con Carolina y descubrir su apuesta estética y política se ve recompensado con funciones a las que vale la pena asistir dos veces.

El Galponcito queda en la calle 19 No. 4 – 71, local 401, y puede ver «La que no fue» del 15 al 18 y del 22 al 25 de mayo, a las 7:30 p.m. «Gallina y el otro» del 29 de mayo al 1 de junio, 7:30 p.m.

Más información: http://www.umbralteatro.com/escenario-contemporaneo/

 

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