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LA LITERATURA COMO ARTE DE LA ENTRETENCIÓN

    Por Carlos Alberto Zea    

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      Hace poco vi por televisión, en el marco del Hay Festival, un conversatorio que sostuvieron Marianne Ponsford, Mario Vargas Llosa y la premio nobel inglés Herta Müller sobre la figura del escritor decimonónico Gustave Flaubert.   Una vez llegaron al tema de Madame Bovary, me causó curiosidad el hecho de haberla leído hace mucho tiempo y no recordarla. Al escucharlos narrar situaciones de la novela, me costó trabajo ubicarlas en mi memoria.  El recuerdo vago, general y equívoco que tenía era el de una mujer recorriendo los salones de baile de la aristocracia en busca de aventura.   Cuando Marianne Ponsford describió a Bovary como a una mujer frívola, altiva y recia, Vargas Llosa saltó en defensa de Emma, afirmando que, al contrario, a ella la ennoblecía su cándida inocencia, muy parecida a la del Quijote tras leer  novelas de caballería y salir al mundo de los pícaros. La Emma de Flaubert  luego de leer novelas rosa, palaciegas, salió a la realidad de su vida campesina.   Determiné que no había leído el libro si no lograba recordarlo; en consecuencia, tampoco había leído ni una cuarta parte de lo que presumía. Era necesario volver a Anna Karenina, a Raskolnikov, a papá Goriot y a tantos otros personajes que había olvidado.   Decía Albert Einstein que la educación es todo aquello que queda después de que a uno se le ha olvidado cuanto ha aprendido, y supongo que sucede lo mismo con el ejercicio autodidacta que realiza el lector al leer una obra. Lo que queda después de sus lecturas es el regusto de las vidas contadas a través de la buena literatura.   Así las cosas, volví a Madame Bovary con la curiosidad del lector primerizo. Descubrí a una Emma emocional dispuesta a encontrar en el amor la realización de sus sueños. Fui testigo de sus primeras lecturas en el convento al que su padre la envió en su juventud. Vi llegar al médico a su granja, quien le daría el apellido inmortal al desposarla, y al que continuaría corrompiendo desde la tumba. Me entretuve con el cándido amor que sintió por el joven notario y me divertí con el experimental y ocurrente Rodolfo, dueño del pequeño castillo en medio del bosque al que llegaba palpitante  la adúltera Emma. Compadecí su caída, propiciada por sus excesivos gastos, con los que inflamaba su falsa vida de dama citadina. Finalmente advertí su fatalidad cuando ya no había nada que hacer, ningún camino que recorrer y nada que esperar de los hombres que tanto le habían prometido. Es difícil no embriagarse con la lectura de la novela, pues como afirma Vargas Llosa al respecto en su prólogo: “Cuando desperté, para retomar la lectura, es imposible que no haya tenido dos certidumbres como dos relámpagos: que ya sabía qué escritor me hubiera gustado ser y que desde entonces y hasta la muerte viviría enamorado de Madame Bovary.”   La buena literatura tiene el poder de exponer las pasiones humanas en profundidad. Los griegos lo hicieron muy bien a través de sus tragedias y epopeyas, los pueblos bárbaros de la Edad Media con sus cantares llenos de hadas y dragones. Con el albor del Renacimiento, el teatro se encargó de leer la vida de los hombres, basta recordar al Tartufo y a Hamlet. Y más adelante la poesía con sus malditos poetas que provocaban odios con sus versos endiablados registraron la oscuridad de las almas apasionadas. Es decir, solo cuando un escritor logra socavar el espíritu de los hombres se inmortaliza al igual que sus obras.   Una de las funciones de la literatura como arte es la entretención, tal vez sea su fin primordial. Además, claro, del retratarnos, de encontrarnos. Por su parte, la función del buen lector es sin duda la de recordarla, vivirla y revivirla.      
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