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El paragüero

PÁRAMO DE PISBA: CORAZÓN Y RESISTENCIA

Esperando a que un mundo sea desenterrado por el lenguaje,

alguien canta el lugar en que se oculta el silencio.

Alejandra Pizarnik.

    Quisiera que mis palabras no solo expresaran ideas sino que además tuvieran la capacidad de transmitir otro tipo de sensaciones, que nacieran con la espontaneidad de una emoción, que pudiesen hablar de eso que crece silenciosamente en el pecho, mientras uno presencia alguna escena maravillosa que sabe jamás se repetirá. Pienso que trascender las ideas y acudir a las emociones es la única manera en que todo lo vivido y aprendido en un lugar como el páramo de Pisba, como Tasco, no se quede solo en el recuerdo, sino que perviva y reviva en el corazón de muchos. Lo que quisiera intentar es que alguien más pueda experimentar vívidamente lo que hoy significan para mí y para muchos más las palabras agua, páramo, cóndor, campesinos, Boyacá, tierra, unión y resistencia.    

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    Es una tarea difícil; sería maravilloso poder describir en detalle la sensación que se experimenta cuando uno se para justo en la punta de un Caracol, porque así llaman a esa montaña, y respira ese viento frío y abundante, que baja profundo, despertando todos los órganos. Es un momento sublime, sentir cómo el viento te hace uno con el páramo y te hace uno con el vuelo de su guardián, ese cóndor enorme y majestuoso que aparece de repente entre los cielos, volando sobre tu cabeza y bendiciéndote con sus alas. Allí está él y no te lo crees, no todos tienen la oportunidad de ver ave tan gigantesca volando en libertad. Allí estas tú, petrificado por su presencia, agradeciéndole a la vida esa visión fecunda.    

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      Así como es este páramo son sus hijos también, mujeres y hombres que crecieron en medio del frío que sopla por las montañas imponentes y que guardan algo de esa imponencia en sus ojos y en su andar. Seguir sus pies incansables en medio de este territorio es una tarea pesada para alguien que está acostumbrada a las cuadrículas grises de la ciudad. Tanto verde y tanta montaña resultan indescifrables para mis ojos domesticados. Aquí, sin embargo, el territorio y sus hijos se han tejido uno a uno durante muchos años; para comprenderlo solo basta con pararse en una loma y ver cómo don Pedro estira su bordón indicando que allá, a lo lejos, en medio del boquete de esa montaña, pasa el camino que lo lleva a la finca de su primo, y que justo donde despunta la sombra de aquella nube nace la quebrada el Sosque. Para cualquier citadino don Pedro se refiere a puntos imperceptibles en medio de un océano verde; para él, por el contrario, cada puntito guarda una historia, el rostro de un viejo amigo, la casa de un hermano.      

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      El día de hoy llegué temprano, estoy en una vereda llamada Calle Arriba, no traje nada para ofrecer y sin embargo lo tengo todo. A mi derecha, una carpa negra forrada en plástico alberga un fogón enorme rodeado de mujeres, que aguantan imperturbables el humo que se cuela por todos los rincones. Esto es peor que los gases lacrimógenos, pienso, mientras me alejo con el plato de sopa que me han regalado tan pronto me vieron llegar. Empiezo a cucharear en medio de los saludos, de las sonrisas y de las noticias del día. Estoy junto a más de cincuenta campesinos que decidieron acampar en este lugar desde hace más de dos semanas. Y con este frío. Muchos llevan hasta tres días sin dormir, otros sucumben ante un sueño intranquilo, sentados sobre la leña y ocultando la cabeza entre el hueco de la ruana. Estas dos semanas, aunque llenas de momentos hermosos y gratificantes, no han sido fáciles.    

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    Lo que estas personas se proponen es sencillamente ingenuo, pensarán muchos, ¡ganarle a una multinacional, a un monstruo con tentáculos que alcanzan todos los rincones del planeta! No, es imposible, se me viene a veces una desazón que me bloquea el tórax; algunos lo llaman desesperanza. Después de tres semanas de incertidumbre, de recibir amenazas y estar en vigilia constante por temor a las motos del ESMAD o al camión del ejército o a cualquier otra cosa que pueda pasar, el viento se vuelve más eficiente para colarse entre los huesos de las pantorrillas y el sueño se convierte en un compañero más, que como el humo, uno aprende a aceptar de mala gana, sometiéndose ante su persistente presencia.    

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    Debo confesar que muchas veces me cuesta trabajo comprender de dónde viene la fuerza y la convicción de estas personas, en una palabra, me asombran. Se han propuesto impedir que el mal llamado proyecto “Hunza Coal” con el apoyo de inversión gringa, tumbe los frailejones, ensucie las aguas y esterilice el suelo, se han propuesto impedir que rompan su tejido, que les extirpen la vida. Tal vez,  porque las antiguas promesas de dinero, empleo y progreso lo único que han dejado es sabiduría y agilidad para detectar engaños. Los tasqueños son gente orgullosa y fiera, no se sienten carentes y no necesitan que nadie les regale lo que ya tienen de sobra, ellos saben bien que trabajar en la mina de carbón socava la tierra y el corazón y por eso llevan aquí más de tres semanas, atravesados en la carretera, dispuestos a arriesgarlo todo para impedir que la maquinaría minera destruya su páramo.    

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    Estando aquí uno entiende que los actos más valerosos se construyen con base a los pequeños aportes de todos: diariamente pasa algún campesino que entrega a las cocineras un poquito de lo que tiene: una libra de chocolate, media arroba de papas, una olla para cocinar, una colchoneta, en fin, la generosidad abunda, poco a poco y con los aportes de todos la estadía se vuelve más amena. Cuando el frío arrecia, la gente se une junto al fuego, creando un espacio propicio para las coplas, los chistes y los silencios compartidos, debe ser por eso que más de un perro lleva una semana desaparecido de casa, porque sintió en la carpa su verdadero hogar.   Los fines de semana vienen personas de todas partes, aportando lo que tienen, lo que saben hacer, comida, música, videos, fotos, ideas, todo fluye mágicamente gracias a la voluntad infinita de defender el páramo. En las noches, algunos campesinos suben con guitarras, y es entonces cuando todos nos ponemos a bailar carranga en medio de la carretera y a la luz de las estrellas. Vivir esto es maravilloso, es como si esta tierra, que es la tierra de mis abuelos, floreciera con la unión de sus gentes, con su generosidad y con su fe. El páramo es nuestra madre, y en su defensa todos sus hijos nos hermanamos.   Ahora que escribo esto ha pasado casi un mes desde que el campamento acabó: después de veintisiete días de bloqueo de la carretera, la multinacional accedió a retirar la maquinaria del páramo y a no continuar con sus labores destructivas. No les miento, es la verdad, los campesinos tasqueños ganaron la batalla. El día que se fue la maquinaría la gente la despidió en medio de un festival, fue un día histórico no solo para Tasco, sino para todos aquellos que en todas partes del mundo tenemos fe, fe insurrecta. Sin embargo hoy se sabe que la amenaza sigue latente, que así como vinieron ellos vendrán cientos de avaros hambrientos por lo que se aloja en lo profundo de esta tierra, se sabe también que afinaran su estrategia, que las promesas abundarán, que sabrán esperar para dar el zarpazo en el momento adecuado. Lo que se viene es mucho más difícil, no obstante, los tasqueños siguen firmes, ni ellos ni yo ni quienes compartimos con ellos su lucha por la defensa del agua y el páramo somos los mismos desde aquel entonces. Hoy somos un pueblo fuerte, un pueblo unido, un pueblo que cree que un mundo mejor es posible, que lo estamos construyendo.    

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Texto: Catalina Serrano Pérez

Antropóloga

Fotografías: Luis Carlos Rodriguez

Artista Visual

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