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El paragüero

ENTRELÍNEAS EN EL TIEMPO

    Por: Violeta Stellar  

    Ejercitar la memoria, ponerla a trabajar, buscar palabras menos frías: quizá una brillante, una tocante y errante, hacer de la vida una obra de arte. Así es, así es la memoria. Los incontables segundos, minutos, días y meses que pasamos caminando, oyendo y diciendo, no vuelven a ser otra cosa más que instantes perpetuos que se repiten en el continuo de los recuerdos. Lograr que lo vivido se vuelva historia o, por el contrario, hacer del presente un pasado siendo contado, recuerda el pensamiento de aquél que se llamó Sartre. Yo me olvido de olvidar, de contar números y letras, pues en una larga carretera, de pasto y de flores, el viento -o mejor la nube, a lo Buñuel- viene cercenando el hilo de este relato.   Borges escribió la historia de Funes, yo quiero hacer la de alguno que se llame D. No será igual a la del maestro, pero intentaré ser fiel al relato que el señor D y yo vivimos, como le pasó a Borges con aquél tullido.   A Funes se le puso un adjetivo, el de Memorioso, y después de la segunda palabra de su historia supuse lo inevitable: este cuento es de recordar y recrear, todo al mismo tiempo. “Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños.” (Borges, 1942). Al señor D prefiero ponerlo como el Olvido o el Abandono: ‘Señor D, el Olvido’ o ‘Señor D, el Abandono’. Ustedes eligen y al final de la historia me dicen si este o el otro, o ninguno, o ambos.   Al señor D lo conozco desde hace años, y ya han sido tantos los encuentros que pienso que el primero no ocurrió en un pasado tan lejano. Yo “recuerdo”, porque aún tengo memoria (o aún asocio en mi mente un estado de ánimo, unos colores, unos olores, unas palabras, un cuerpo y un rostro), que ese día hablé muchas cosas con él. Unas aún las puedo contar: las estrellas en el cielo, ver un casa blanca desde otra posición, añorar volver a los brazos de mi amado, escribir un poema o leer otros cientos… Otras, por el contrario, las he olvidado. Creo que de eso se trata: dejar unos retratos corporales y lingüísticos y borrar el resto.   Decía Sartre en ‘El Ser y la Nada’ que el pasado (que acá tomo como condición para la memoria) “ya no es, ya que se ha desmoronado en la nada, si el recuerdo sigue existiendo es menester que sea a título de modificación presente de nuestro ser…” (Sartre, 1954, 77). Al señor D y a mí nos separa el tiempo. Él vive en un presente que ya pasó y yo en uno que se perpetúa hasta el futuro. Cuando hablamos, él me mira desde ese tiempo pretérito y yo le respondo como antes, como ahora, como después. Pareciera espejo de pozo sin acabar.  

 

    Una mañana le pregunté al oído qué sería de nosotros si no nos hubiéramos conocido, si nos hubiésemos conocido en otro lugar, en otro momento, en otro estado. Silencio. Eso encontré en sus labios. Sólo eso y nada más. Quizá me haya querido decir mucho y por eso prefirió callar, o quizá no. Quizá esto fue lo que me dije para no creer que estaba loca, y cómo no, si es que uno se pierde entre tantos pasados, que luego se vuelven recuerdos, memorias, olvidos encontrados.     En un relato del Abandono o del Olvido, los gestos se borran y las miradas se acortan. Lo mismo que podría decirse sucede con los muertos o con los vivos, pasa con el devenir del tiempo y los instantes que lo componen: o uno no los recuerda más, o ellos hacen eso con uno. Entonces, de qué sirve la memoria si al final no queda sino un manojo de hojas muertas?   “Los novelistas y los poetas han insistido esencialmente sobre esta virtud separadora del tiempo, así como sobre una idea vecina, que se desprende, por otra parte, de la dinámica temporal: la de que todo «ahora» está destinado a volverse un «otrora». El tiempo roe y socava, separa, huye. E igualmente a título de separador -separando al hombre de su pena o del objeto de su pena-, también cura.” (Sartre, 1954, 91). El señor D me dijo que esto acabaría algún día, en cualquier momento. Yo pensé que era broma, y cuando volví mi mirada hacia él (mientras pronunciaba esas palabras yo miraba fijamente el suelo), me miró con esos ojos de odio, de rabia, de miedo. Yo casi lloro, yo casi grito. Segundos después se marchó.   El señor D me dejó un sabor a muerte con su partida. Un sentimiento de frustración y de soledad, de náusea y de sin salida. Fue como si a aquel que sabe que no regresará jamás, que olvidará, que borrará esa imagen -mi imagen, mi rostro- me lo hubiese topado de súbito en un andén al otro lado del camino. Leyó mis pensamientos, consumió mis sueños, y entonces volvió el anhelo de olvidar y recordar, todo al mismo tiempo. Sólo entonces, cuando todo se ha desvanecido y queda el consuelo del yo, quiere uno volver a ese presente no tan remoto, volver a vivir a modo de revivir.  

 

****

   “Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.” (Borges, 1942). El señor D está de visita. Me regala un dulce, una foto y un papel. Me dice que debemos hablar, yo le digo que sí, que no hay problema. Comienza, entonces:   -Sabes qué pasó anoche? -No, le digo. -Me encontré contigo en la calle, me aseguraste que habías estado de pie mirando las nubes y que poco después te habías encontrado con Efrén, antes de su muerte. -Pero si yo no estuve contigo. -Ese es el punto, soñé contigo y Efrén ya no está.   Evento increíble, soñar con alguien que muere justo el día de su muerte, verlo y de pronto saber, al día siguiente, que ya no estará más. ¿Cómo se hace para volver a sentir su existencia, si su cuerpo se fue y no se volverá a ver? Para quienes como el señor D o como yo hemos sentido la muerte, la memoria se convierte en un objeto de esperanza que trasciende las percepciones sensoriales y permite entender la existencia desde otra posición: es como si inevitablemente nos alejáramos de nuestro ser en-sí y tuviéramos que sustraernos a nuestro ser para-sí. Ese que se fue, que no regresará jamás pues ha preferido un viaje al infinito, se transforma constantemente en aventura, en historia, en anécdota, héroe, santo, en parte de un relato con rostro y sentimiento. “El tiempo me separa de mí mismo; de lo que he sido, de lo que quiero ser, de lo que quiero hacer, de las cosas y del prójimo.” (Sartre, 1954, 91).   El señor D decidió que ya era hora de partir, que ya no podíamos seguir con nuestros encuentros y nuestras conversaciones sin acabar. Me dijo que al final uno termina por acostumbrarse al otro y que eso no era bueno para ninguno de los dos: la costumbre roe hasta el más puro de los deseos. Si habríamos de continuar, prefería que fuera el tiempo el que diera la respuesta al cuándo, al cómo y al por qué debíamos hacerlo.   “Y se escoge el tiempo como medida práctica de la distancia: estamos a media hora de tal ciudad, a una hora de tal otra; hacen falta tres días para terminar este trabajo, etc.” (Sartre, 1954, 91).  Hace cuatro meses no veo al señor D, me temo que su apariencia ha cambiado y que quizá no lo reconozca. De vez en cuando me escribe, me pregunta sobre mi vida, mis sueños y mis planes. Yo le digo que todo va bien, que no mucho ha cambiado, pero que cuando sé de él intento sustraerme a ese tiempo donde estábamos juntos, como si pudiera imaginarnos en una fotografía y revelar la realidad como ese entonces pasado. Pero es tan difícil: no le puedo sentir ya como era antes. Me dice que no me preocupe, que es normal, que así sucede y que después de unos cuantos días, meses o quizá años, o se termina por olvidarlo todo o simplemente se abandona ese sentir ajeno y se hace propio.  

    Bibliografía   Borges, Jorge Luis. (1942). Funes El Memorioso. [en línea]. Disponible en: http://www.literatura.us/borges/funes.html   Sartre, Jean Paul. (1954). El Ser y la Nada. [en línea]. Buenos Aires: Iberoamericana. Disponible en: http://wwwisis.ufg.edu.sv/wwwisis/documentos/EB/808.8383-S249s/808.8383-S249s-El%20ser%20y%20la%20nada.PDF
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