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El paragüero

NOCHE Y TINIEBLAS

Por Anamaría Vargas anamaria.vargas.rodriguez@gmail.com  

 

    Como un sorbo de madeleine con té le devuelve a Proust las mañanas soleadas de su infancia, hoy el tibio aroma del narguile se mezcla con vientos de masala y cardamomo para transportarme a aquella estadía en Nueva Delhi. Más precisamente, a una húmeda madrugada de finales de julio en la cual, desvelada por el bochorno sofocante de la época de monzones que se anuncian, salgo a fumar un cigarrillo a mi balcón. Luego del primer adhan que el almuédano hace retumbar en el cielo, los transeúntes en la calle empiezan sus días rutinarios vestidos de todos los colorines tan característicos de los trajes que llevan hombres y mujeres.   Esa mañana, mis ojos todavía novatos y ávidos de descubrir están más que nunca encandelillados por los rosados, anaranjados y azules de los saris y las kurtas que las mujeres desfilan con tanta naturalidad. Me dejo transportar por la delirante mezcla entre el caos visual y sonoro de la urbe moderna que es Delhi, fundida con las costumbres y creencias milenarias que portan sus habitantes la frente en alto. Tanto en el agasajo a los dioses del alba, como en sus maromas de preparación del té matutino y en el ritual del arreglo femenino, cada detalle de su cotidianidad está marcada por tradiciones ancestrales. Sin embargo, la fascinación que me invadió esa mañana llega acompañada de una apabullante tristeza a la cual no le encuentro explicación inmediata.   Vuelvo a mí, hoy, un año y medio después, en la terraza de un café a miles de kilómetros de ese mágico país. Sigo anonadada por la fuerza de mi memoria involuntaria que, en cuestión de un instante, hizo de la que fui y de la que soy una sola y fusionó esa vida pasada con mi presente. Trato de volver a viajar en el tiempo, me esfuerzo por dilucidar y desenredar las serpentinas del laberinto de mis recuerdos para revivir esa mezcla de placer e inquietud. Me concentro. Cierro los ojos. Inhalo de nuevo los olores del lejano oriente para restituir esa identidad pasada. Lucho por capturar las vivencias que me dan continuidad con el mundo que me rodea hasta el día de hoy. En vano.   Mis recuerdos son cada vez menos nítidos y fatalmente enturbiados por el tiempo. Retomo mi libro todavía intranquila por el sabor agridulce que ese breve recuerdo me deja. Me resigno a domar una memoria rebelde que se imprime en mí cuando deseo olvidar y que me rehúye cuando me afano en solicitarla. Sonrío ante la idea de que mis recuerdos, exactos o alterados por el velo del tiempo, son indisociables de mi identidad como un ser con  historia única.   Y de repente ese vago pensamiento restituye la fuente de tristeza que me sofocó momentos antes: la inexacta memoria de un pueblo, el olvido colectivo y selectivo al cual ha sido sometida mi nación. Sucumbí ante el flagrante contraste entre una cultura tan rica, compleja e históricamente arraigada como la india y el vacío histórico que me invadió en ese instante. Me sentí despojada de parte de mi identidad nacional que por definición depende de su memoria histórica y colectiva, de la conservación y protección de su cultura y de su pasado, transmitidos de generación en generación.   Hemos sufrido y cometido un doble crimen contra nuestra historia. Primero, la conquista española se encargó de borrar el rastro de nuestra herencia indígena, de esos que fueron alguna vez considerados sub-hombres salvajes, cuyo patrimonio artístico, mítico y lingüístico fue en gran parte exterminado. En busca de un proyecto civilizador se cometió el genocidio más brutal de la historia de la humanidad, nos amputaron ese patrimonio y se relegó a esos pueblos a una minoría excluida, transgredida y miserable.   Aceptamos esa amnesia colectiva sin la más mínima indignación de nuestra ignorancia; estigmatizamos todavía toda muestra indígena que corre por nuestras venas empleando comúnmente términos peyorativos como ‘indio’; conservamos el status quo de un Estado en donde nunca hubo cabida para un dialogo étnico y en el cual los pocos descendientes están replegados y desprotegidos en ‘sus’ territorios. Somos un pueblo mutilado de ese pedazo de memoria histórica y que, incluso queriendo recobrarla, a duras penas contaría con huellas escritas o de vestigios culturales conservados.   Por otro lado, nuestros antepasados, y nosotros mismos, hemos participado en el debilitamiento de los hilos que ligan pasado y memoria, raíces e identidad, lo que fue y sin lo cual no seríamos hoy. Muestra flagrante es la eliminación de la enseñanza de Historia que fue sustituida e invisibilizada por clases de ciencias sociales en 1984, que flaquea la comprensión popular de nuestro pasado y la construcción de nuestra identidad como nación. Ese desconocimiento popular de nuestra historia y el acecho del olvido no solo disimulan la vergüenza del ayer. También manifiestan el miedo de lo que puede revelar sobre nosotros mismos; porque recordar también es aceptar que el hombre puede ser un lobo para el hombre.   ¡Pero, no se engañen! La sangre indígena corre silenciosa e indeleble en nosotros, es el legado que da testimonio de su existencia. Cargamos esa identidad como un miembro gangrenado: presente pero muerto y olvidado, que no podemos amputar pero que a duras penas podremos revivir.   Escribo hoy por reminiscencia de mis raíces saqueadas. Escribo como proyecto de recuerdo porque, a pesar de mi ignorancia y de nuestro escandaloso silencio, me rehúso a rendirme ante el olvido y la negación. Debemos empezar un proceso de diálogo con el pasado para crear identidades verdaderas con conciencia crítica, más allá de un patriotismo inerte, voluble y superficial. Debemos proseguir y extender las iniciativas de memoria histórica actuales como reconstrucción indestructible de la violencia del conflicto armado colombiano pero sin la cual la reconciliación nacional es imposible.
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