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CANADÁ: ECOS EPISTOLARES

Me alegra pensar que no soy el único perturbado por la polar pasividad canadiense.  

    Estallé en risas al leer el comentario que María hace acerca de los detectores de humo. Precisamente hace un par de semanas, alguna de las muchachas que vive en mi casa armó alboroto por la ausencia de ‘uno’ de los detectores de la casa. El dueño se vio, ‘naturalmente’, obligado a correr a comprar un nuevo aparato e instalarlo ese mismo día. Luego las quejas surgieron porque el ‘malparidito’ bicho no dejaba de chillar cada cinco minutos, y bueno, después de varios días pateándolo por fin se calmó. Pero me gustaría hablar de ese ‘naturalmente’. No surge de un innato sentido de responsabilidad, servicialismo, o rectitud canadiense, como puedan muchos imaginarse. Ese ‘naturalmente’ es el resultado de la racionalidad, el panopticismo y el existir-cagado-del-susto-todo-el-tiempo que tulle culturalmente a la población canadiense. Aquí la ley (entendiéndola en este caso como todo lo que puede producir una norma, ya sea formal o informal; desde el gobierno a los medios de comunicación masivos, pasando por las escuelas y los hospitales) se encarga de imponer la cosmología del así-no-lo-crea-usted-será-la-víctima.  Así, todos tienen miedo de que, independientemente de que existiese una sola posibilidad en un billón, la tragedia los escoja. Si existe la posibilidad de que usted caiga de un árbol será ilegal que suba a uno (googléenlo). Si existe la posibilidad de que usted sea un pedófilo, es decir si usted tiene más de 16 años, toda madre estará aterrorizada, gritará en pánico y se arrancará el pelo de la cabeza en el momento en que usted le saque la lengua a su hijo/a en un bus. No exagero.  Mi roomate podía ver la casa en llamas al no encontrar un detector de humo donde debería estar, podía ver su foto en los periódicos: estudiante de medicina muere al no despertar (tiene un sueño súper pesado)  mientras su hogar ardía en sádicas llamas. Los cuatro detectores de humo fallaron y el quinto, que pudo haber salvado su vida, no estaba instalado. Su madre destrozada ha perdido la cordura (una tragedia lleva a otra, uds. saben) y es sometida a choques eléctricos en el hospital para enfermos mentales de Whitby. Su padre, al perder lo más amado, ha decidido suicidarse después de declararse un homosexual incomprendido. Todo esto ocurre en la mente de un canadiense promedio al caminar un semáforo en rojo así no haya automóviles a 50 km a la redonda, mientras cortan el pasto, mientras compran la fruta, mientras se depilan.   La normalidad social es limitada por la forma más extrema de racionalidad y la racionalidad se encierra a sí misma en la pecera invisible del miedo. Creo que es de aquí de donde se deriva la pasividad y harmonía que ponen al país bajo el estatus de “uno de los mejores lugares del mundo para vivir”. Todos tendrán miedo de hacer algo “anormal”. Todos están en paz, no hay mucho esfuerzo. Después de todo, la rutina ya ofrece estabilidad económica y un ideal muy comprado de “estabilidad sentimental”. Esto significa, jueves de shopping, top40+cerveza los viernes y sábados, y emotivos domingos en familia/amistades.  Muchos inmigrantes logran adaptarse. Muchos no. Entre los últimos yo. ¿Se han visto Alphaville? Para mí Canadá es eso. Alphaville. La sociedad en donde la perfección de si misma se produce limitando la libertad, el conocimiento. Y si bien opino que en ningún grupo social existe completa libertad para el individuo, este es para mí el tope.  

    Yo, sin embargo, tampoco idealizo a Colombia mucho. He ido recientemente y me doy cuenta de que el modelo de desarrollo que implementamos esta basado en copiar a estos “mejores países para vivir”. La idea de hacer “las leyes más rígidas”, el control estatal más pleno y la presencia de lo “racional” más amplia  nos conducirá a una sociedad con menos conflicto pero con menos heterogeneidad mental, con un rechazo hacia lo individual. Los medios de comunicación cada vez proyectan conocimiento del mismo tipo, la variedad es desestabilizada por la inmediata gracia de los rankings más altos; se disciplina mejor al individuo en los colegios, al frente del televisor; y la ciencia y los movimientos de autoayuda imponen una definición específica de lo ‘normal’ y lo ‘bueno’.   Para terminar, simplemente me gustaría decir que el día que lleguemos a ser una ‘sociedad ideal’ (y la sociedad canadiense sigue aun buscando esta utopía), ese día habrá algo estará muy mal con nuestra sociedad, ese convertirá en una especie de ‘Alfamundo’.  Solo espero que la alarma suene antes de.  

Por Felipe Garzón

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