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El paragüero

LA SIRGA

Contar una historia bajito, como en un susurro, como quien cuenta un secreto…

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por Lorena Aristizábal
 

- Al sur, al sur y al occidente en el departamento de Nariño se abre paso, entre el Nudo de los pastos, La Cocha, que en Quechua significa ‘laguna’. Los vientos arremolinados y caprichosos que arremeten inclementes, las leyendas que cuentan su historia y que la cargan de misticismo, su angustiante inmensidad y su paisaje alucinante hacen que La Cocha no abandone nunca la memoria de los viajeros que pasan y vuelven y pasan por allí. Pero esta laguna, más allá de la mirada ocasional y exaltada de sus visitantes temporales (físicos, espirituales), es escenario y protagonista de las muchas vidas que la habitan. Sus historias hacen parte de la laguna misma, y al revés.   Es allí a donde un día llega Alicia con el dolor a cuestas, con el caminar cansado, con la sombra del fuego tras su espalda, a abrirse lugar entre el frío, la lluvia y la niebla. Ella, como muchas, viene huyendo del fantasma de su pueblo destruido por un grupo armado, cualquiera que sea, y del incendio que lo arrasó todo, que se llevó consigo la vida de su familia más cercana y que la obligó a ponerse en marcha en busca de una nueva ruta. En la «La Sirga» llegamos a La Cocha de la mano de Alicia a atestiguar un episodio de su vida y a colarnos, por las rendijas, en la cotidianidad de ese nuevo lugar.   En La Sirga se encuentran múltiples soledades. Soledades que convergen para convertirse en otra cosa, que no su antónimo. El hostal en reparación es una metáfora de la reconstrucción de las vidas unidas de Alicia, Oscar y Flora. Pintar, curar, tejer… construir para la destrucción, esperar para seguir esperando. El no futuro... el no futuro que es la eterna guerra.   Y es que el conflicto armado está presente todo el tiempo como una amenaza silente, como una cotidianidad que no es menos intensa, dolorosa y angustiante cuando sale de sus momentos más explícitamente álgidos. No se vive en el campo de batalla entre los actores armados, sus uniformes y sus balas, sino -y sobre todo- en los cuerpos y vidas de las comunidades. William Vega nos cuenta esta historia bajito, como en un susurro, como quien cuenta un secreto, como quien husmea tras una ventana. En los detalles, en los silencios, en los largos planos abiertos. Es esta insinuación, esta sutileza, esta belleza del dolor la que enamora. -

- He ahí Alicia, he ahí Oscar navegando contra la corriente como el morro, con la valentía,  la esperanza, la terquedad, la resistencia y la resiliencia de quienes aguantan la vida en estos contextos hostiles y tejen sus redes de apoyo, de amor. En La Cocha y en cualquier otro lugar del país.   -

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