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El paragüero
ESCRITO POR
Aída Sotelo
Soy docente de investigación en ética y política de la Universidad Pedagógica Nacional. Mi tesis de maestría en Estudios Sociales versa sobre Ética e ideología en el deporte.

HÉROES Y DEPORTISTAS

Luego de los triunfos de Nairo, Rigoberto y Julián en el Tour de Francia, el columnista Carlos Palacios de Las 2Orillas escribía que no se siente orgulloso por el triunfo de los ciclistas colombianos, puesto que si bien le “parecen ejemplos de superación personal, de vencimiento de las adversidades, de perseverancia admirable”, se niega “por pudor y respeto, a considerar como propios esos triunfos individuales”[1].

Por su parte, Fabio Arévalo –en la misma publicación virtual– describía la existencia de un misterioso “Factor Ulises” que cataloga como no sé qué “componente neurofisiológico que […] convertía […] al deportista en un guerrero invencible, que no le permitía decaer ni desconcentrarse en ningún momento como acontecía con el mítico Ulises”. Arévalo presenta como resultado de investigación “una inevitable conexión entre la actitud y postura (y las influencias del entorno) del deportista frente a las inevitables barreras del ejercicio competitivo”, en contraste con las fallidas endorfinas de los deportistas a los que “algo faltaba”[2].

Pero, más allá del biologismo que reduce la idolatría del éxito a un “factor neurofisiológico” es posible entender que esos logros son atribuibles, más coherentemente, tanto al deseo del deportista como a la correlación entre su propia preparación y la de sus contendores, a la influencia recibida del lugar de origen  y a otras numerosas variables, socio-históricas unas, contingentes otras.  

Aunque los dos columnistas sostienen posturas bien disímiles también exponen un argumento común: la individualidad del triunfo del deportista, base de la versión moderna del héroe. Sí, el deporte moderno como hazaña meramente individual promueve la ideología tecno-capitalista que ha banalizado la función social y ética del héroe. No se trata de atacar la actividad física, al contrario, pero como cualquier práctica social el deporte exige análisis político y a diferencia de la neutralidad que se presume, su ideal del récord, el esfuerzo ilimitado y la meta única del triunfo constituye una ideología de la lucha por el prestigio individual, una lógica del Amo y una lucha a veces a muerte contra el propio cuerpo, poco analizada. Hasta los más críticos investigadores sociales y contradictores de la plusvalía se tornan fanáticos del plus deportivo de su equipo.

En una de sus últimas conferencias Georges Canguilhem hablaba sobre la falacia que supone comparar la regulación social a la homeostasis orgánica, puesto que no habiendo nada natural en la primera, la regulación social debe ser construida ya por el grupo o por una acción heroica:

El signo objetivo de que no hay sabiduría social espontánea, de que no hay autorregulación social, de que la sociedad no es un organismo y por consiguiente su estado normal es quizás el desorden y la crisis, es la necesidad periódica del héroe experimentada por las sociedades. Entre la sabiduría y el heroísmo hay impenetrabilidad. Donde está la sabiduría no se necesita heroísmo, y cuando el heroísmo aparece, es porque no hubo sabiduría[3].      

El héroe, llámese Antígona o Bolívar, Mandela o Jaime Garzón, es aquel cuyo acto extraordinario busca una regulación social, un nuevo orden social, pero no cualquiera, sino un bien superior a lo ya instituido, que no es sólo un bien para sí, sino un bien colectivo, un mejor vivir para el conjunto de los ciudadanos de su tiempo. En consecuencia, a sabiendas el héroe paga un alto precio, su propia vida le va en ello.

Pero, no hay nada heroico en buscar el beneficio de un grupo basado en el sacrificio de otros, por eso, hay un error fundamental en confundir la lógica del competidor que se bate a muerte contra otro, con quien se arriesga en pos del bien de todos. Además, la apuesta lúdica no se reduce a la contienda. El juego no es sólo ludus mortal, como el que enfrentó Espartaco hasta liderar la revolución de los esclavos romanos. Lo lúdico es más alegre, incluye tanto el vértigo de un tío vivo y el azar como el jocus: los juegos de palabras, el humor y la simulación teatral. Tampoco hay un héroe en quien se inmola por obediencia como miembro de una masa organizada, es espurio dar la categoría de héroes a esos soldados reclutados a la fuerza o por ignorancia, que resultan lesionados y víctimas de su propia alienación. Menos aún es un héroe el sanguinario guerrero ni el delincuente que ocultan sus acciones, porque el héroe pretende dar ejemplo de su acto.

Ahora bien, jóvenes como Nairo, Rigoberto, Julián, por su coraje y su potencia reúnen cualidades para ser verdaderos héroes de la sociedad colombiana. El problema es que el deporte fabrica un héroe individualizado y globalizado en el sentido mercantil, un producto a consumir como espectáculo en todo el orbe y sin efecto local de ningún tipo. El deportista no alcanza a ser un héroe porque ha sido desactivado, tiene la estofa y el valor, pero, le ha sido amputado su potencial como transformador social, incluso si lo intenta sólo puede hacerlo a título de figura pública, como Nairo Quintana abogando por los requerimientos del paro agrario colombiano. Haga lo que haga, la acción del deportista no tendrá más trascendencia que en el espacio de una cancha, de una pista o de un circuito, apartada de cualquier efecto social posible.

La empresa deportiva global afecta las consciencias. El espectáculo suscita en la masa voyerista euforia e identificaciones ilusorias, pero no hace menos con el deportista, le vende y lo chantajea con metálico y prestigio individual, preseas en nada comparables a los laureles que el atleta de la Antigüedad recibía por apaciguar a los dioses ni al honor de aquel que enfrentaba los peligros y las tiranías que amenazaban a su pueblo.

Cuando Palacios no se atribuye logros de los ciclistas resiste a las identificaciones que alimentan el mercadeo deportivo, pero, ¿es de los deportistas el producto de su esfuerzo? Los muchachos con madera de héroes hoy son cooptados por el espectáculo, como los gladiadores de la Roma Antigua, sólo que el deporte es una empresa global, con noticieros exclusivos cotidianos tres veces al día en todo el mundo y una enorme oferta de consumo. Lo dramático es que por cada triunfador, único en salir a flote, hay miles, millones de losers, como reza la dura ideología capitalista, que no por eso producen menos plusvalía exponiendo su cuerpo, dando su vida por el sueño de convertirse en amos. Esa ganancia no va a sus familias ni a ellos ni a subsanar las penurias de sus pueblos, sino a los muchos bolsillos de los empresarios de las multinacionales y del negocio del espectáculo. El verdadero triunfo es ideológico: infundir el ideal de ganar, ganar, de ser capitalista a quienes no tienen capital, sino sólo su fuerza corporal.

 

[1] PALACIOS, C. (2014, 02 de junio) “Yo no siento orgullo por el triunfo de los ciclistas”, en Las 2Orillas  [en línea] Consultado el 3 de junio de 2014, disponible en http://www.las2orillas.co/yo-no-siento-orgullo-por-el-triunfo-de-los-ciclistas/?utm_source=Las2Orillas&utm_campaign=660407ce82-_03_06_14_Mailing_Las2Orillas&utm_medium=email&utm_term=0_c8e983cea9-660407ce82-95996221

[2] ARÉVALO, F. (2014, 02 de junio) “¿Cuál es el secreto del éxito de Nairo Quintana?” en Las 2Orillas  [en línea] Consultado el 3 de junio de 2014, disponible en http://www.las2orillas.co/el-secreto-del-exito-de-nairo-quintana/

[3] CANGUILHEM, G. (2004) “El problema de las regulaciones en el organismo y la sociedad”, en Escritos sobre la medicina, Buenos Aires: Amorrortu editores.

 

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