I.LETRADA.CO | El paragüero | ARTISTAS DE LA PAZ
El paragüero
ESCRITO POR
Mar Maiques Díaz
Me gusta viajar y crecer. Ir aprendiendo en el camino. Y llevar mis raíces en mis pies.
Marta Mercadé Figueras
Mi pasión, la gente y el trabajo en equipo. Mi columna vertebral, el arte.

ARTISTAS DE LA PAZ

Dondequiera que voy, constato que un poeta ha estado allí antes que yo. Sigmund freud

Cuando estudiábamos en la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona, allá por el año 2005, el primer módulo que vimos fue el de “Educación para la paz”, con un estupendo pedagogo y activista llamado Paco Cascón. Varias semanas de intenso y vivencial trabajo en torno las bases para la transformación positiva de conflictos (micro y macro) nos permitieron profundizar sobre la comunicación, la identidad, la pertenencia, el poder, la reconstrucción de tejido social y de vínculos de confianza, las actitudes ante los conflictos, las violencias, la mediación, la construcción (y deconstrucción) de la imagen del enemigo, la paz… Todo a través de juegos, ejercicios y dinámicas que conectaban la teoría desde nuestras experiencias. 

Cada clase, cada ejercicio, cada debate o discusión era un darse cuenta, un “¿por qué no me lo enseñaron en la escuela?”, “¿Pero cómo es posible que nadie nos haya hablado de esto antes?”. Todo iba muy bien, nos sentíamos acompañadas y estimuladas, colectiva e individualmente. Hasta que, casi al final de la última clase, Paco dijo algo así como: “… y para todo esto, cuánto más creativos y creativas seáis, mejor”. Punto. Siguiente tema. Miradas de extrañeza. Cierto vacío.

“¿Ya? ¿Eso es todo? ¿Y qué pasa si no soy creativa? ¿Y qué pasa si quiero ser más creativa? ¿Y qué si soy creativa en un ámbito y no en otro? A todo esto, ¿qué demonios es la creatividad? ¿La que usan las empresas de marketing y publicidad para vendernos su fabuloso último producto? ¿O es otra cosa? ¿Tengo que ser artista para ser creativa? Porque, a mí, la verdad es que pintar no se me da muy bien...” Se nos agolpaban las preguntas y, más allá, se nos instaló la certeza de que, por ahí, aún había mucho que explorar y que desarrollar. Y en eso estamos desde entonces.

En nuestra experiencia, lo social y lo artístico tienden a ir por caminos separados. Lo social suele volverse algo teórico, racional, discursivo, “serio” donde, a veces, se usa el arte más como un espacio de relleno que como otra cosa, haciendo realidad ese pensamiento occidental dicotómico que prima la razón por sobre la emoción. Para nosotras (y también según los avances mundiales de las últimas décadas en materia de neuropedagogía), esa separación no sirve. Somos ambas cosas, razón y emoción y las necesitamos a las dos para aprender y cambiar. 

En la búsqueda de más herramientas y de nuevas metodologías para transformar positivamente los conflictos, llegamos al matemático e investigador noruego Johan Galtung y descubrimos que su propuesta de construcción de cultura de paz se basa en un triángulo (menos famoso que su triángulo de las violencias, aunque igualmente poderoso), que señala la empatía, la noviolencia y la creatividad como los pilares a desarrollar. Vale, íbamos bien, Galtung también nombraba la creatividad. 

Luego apareció John Paul Lederach (investigador para la paz, mediador internacional, docente) y su maravilloso libro «La imaginación moral. El arte y el alma de la construcción de la paz» (Bakeaz, 2007) y ahí ya sí que supimos que estábamos en el buen camino.

En el proceso de profesionalización hemos perdido demasiadas veces el sentido del arte, del acto creativo que sostiene el nacimiento y desarrollo del cambio personal y social. Temo que nos vemos a nosotros mismos más como técnicos que como artistas – y viéndonos así, en ello nos hemos convertido. (…) Necesitamos concebirnos como artistas. (…) Una y otra vez, el cambio social que funciona y hace la diferencia tiene tras él la intuición del artista: la complejidad de la experiencia humana aprehendida en una simple imagen, y ello de tal forma que mueva a personas individuales y sociedades enteras. (Lederach, 2007:118).

Con estos autores de la mano y a partir de nuestra experiencia diaria de trabajo con grupos de distintos lugares y ámbitos, constatamos que la creatividad y el arte son uno de los pilares de los cambios sociales que llevan a la construcción de paz. Actos creativos como herramientas de transformación del mundo que nos rodea, como fomento de la diferencia, como des-homogeneización, como un camino de vuelta hacia nuestra común humanidad, como reconexión con ese torrente natural de energía que nos habita y que aporta en el hacer realidad los sueños. Una creatividad que estas sociedades nuestras del miedo, del ridículo y del señalamiento, nos van reprimiendo. Una creatividad que necesitamos recuperar.


Trabajar en Educación para la paz supone, también, estar en constante contacto con las violencias, que son las formas que los conflictos sociales, políticos, económicos y culturales toman cuando no se está consiguiendo transformar positivamente sus causas de otras maneras. Las violencias tienen múltiples y profundos efectos destructivos, a varios niveles, pero uno de los más devastadores tiene que ver con el miedo que instala en las personas y grupos y que las cierra y desconecta de ellas mismas y del resto de la comunidad. Como dice la profesora Brené Brown, al cerrarnos perdemos el contacto con nuestra propia vulnerabilidad y, por lo tanto, nos desconectamos de todo su poder. Trabajar la creatividad a través de lenguajes artísticos y lúdicos supone fortalecer el camino hacia nuestro poder creativo individual y colectivo, lo que la gran poeta lesbiana feminista Audre Lorde llamaba “ese lugar oscuro donde nuestro auténtico espíritu oculto crece y se alza, hermoso, sólido como un castaño, puntual contra nuestra pesadilla de debilidad y silencio”. 

El arte que no es un “don de genio”, sino un lenguaje universal que comunica y acerca, supone antes que nada el desarrollo de la creatividad. También permite democratizar la comunicación (al abrir otros canales de expresión que involucran el cuerpo y todos los sentidos) y aporta, por lo tanto, nuevas visiones y versiones de un mismo hecho. Los lenguajes artísticos, en esa capacidad de enlazar nuestro mundo interno y externo, de conectar lo inconsciente con lo consciente, de canalizar las emociones, sacan a la luz vivencias que, muchas veces, son difíciles de nombrar y narrar con palabras, en un movimiento que puede permitir la desprivatización del daño y la politización de las emociones que, bien acompañadas, sanan y empoderan (pues ya sabemos que “lo personal es político”). En palabras del músico y profesor de psicología Herm Weaver, recogidas por Lederach: 

La reconciliación se complica y se enreda cuando intentamos abordarla solo en el plano intelectual. En algún punto del camino, hemos llegado a pensar que el daño se aloja en la memoria cognitiva. El daño y la desesperanza se encuentran principalmente en la memoria emocional. La razón por la que me gustan las artes – música, teatro, danza, en cualquiera de sus formas – es precisamente porque tienen la capacidad de construir un puente entre el corazón y la mente. (Lederach, 2007:229).

Además, en esa formalización de nuestros propios conceptos que el arte aporta, en ese mostrar mi estar en el mundo, se fortalecen las subjetividades en un espacio de seguridad en el que probar y errar y volver a probar es posible.

Para nosotras, no se trata de hacer obras de arte (aunque muchas puedan serlo), sino de fomentar una educación artística y unas experiencias estéticas que formen los sentidos y las sensibilidades, que nos ayuden a leer el mundo que nos rodea de una manera crítica y comprometida y que supongan el desarrollo psicomotor, emocional y mental (pensamiento divergente, “ingeniera de la imaginación” ver este video de redes sobre creatividad), de quienes las viven. En palabras del teórico y crítico de arte francés Nicolás Bourriaud, la estética es relacional, crea relaciones, redes, encuentros. Tejido social.

El arte (y la paz) es hacer, es acción, es transformación. No es decir. El mismo vértigo que sentimos y la misma creatividad que necesitamos para hacer una obra de arte, están presentes en la tarea de construir culturas de paz, pues la paz es también un proceso creativo con el reto de construir un mundo que no existe o que ha quedado destruido. En Gaza, en Senegal, en Barcelona, en Colombia, necesitamos la intuición, la emoción y la valentía del acto creativo para transformar positivamente nuestras sociedades. Mucho más que técnicos. Seamos artistas de la paz. 

NOTAS


[1] Johan Galtung, matemático e investigador noruego, uno de los grandes referentes mundiales en los estudios de Investigación para la Paz.

[2] Aunque existen decenas de diferentes definiciones de creatividad, nosotras solemos partir de la siguiente: “la capacidad de crear soluciones inteligentes y útiles a nuestros problemas diarios”.

COMENTARIOS
Cargando comentarios...
El paragüero
El blog editorial de i.letrada multiplica las voces que hacen eco al tema del número. Espacio polifónico abierto a la participación.                     
i.letrada La revista pseudoacadémica más cultural de Bogotá.
PRóXIMOS EVENTOS
Upss! No hay eventos que mostrar
¿TIENES UN EVENTO?
APOYAN :