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CHOCOLATE VIAJERO: TIEMPO, ESPACIOS E IMAGINARIOS

Por: Marcela Portela Annichiarico

“ La alimentación nos remite siempre a un conjunto articulado de clasificaciones y de reglas que ordenan el mundo y le dan sentido. Por todo ello, comprender la alimentación exige atender a las categorías taxonómicas de los alimentos que cada cultura elabora y relatora, a los productos, a los habituales y a los extraordinarios; a los procedimientos culinarios, a los ordinarios y a los extraordinarios; a las combinaciones entre todo ello; a la estructura de las comidas, al calendario de las mismas; a las preferencias y las aversiones alimentarias, a las prescripciones religiosas, a las reglamentaciones jurídicas, etc., y a las relaciones entre todos estos aspectos. Así, además de la producción, distribución y consumo de alimentos, integrados en una serie de procesos ecológicos, tecnológicos, y económico-políticos complejos que determinan, en buena medida, la dinámica y la lógica de los comportamientos alimentarios, también hay que tener en cuenta el papel que juegan los condicionantes ideológicos. En efecto, la alimentación constituye una vía privilegiada para reflejar las manifestaciones del pensamiento simbólico y la alimentación misma constituye, en ocasiones una forma de simbolizar la realidad. Creamos categorías de alimentos (saludables y no saludables, convenientes y no convenientes, ordinarios y festivos, buenos y malos, femeninos y masculinos, adultos e infantiles, calientes y fríos, puros e impuros, sagrados y profanos, etc.) y, mediante estas clasificaciones, construimos las normas que rigen nuestra relación con la comida e, incluso, nuestras relaciones con las demás personas, de acuerdo, también, con sus diferentes categorías. La alimentación, pues, está pautada por el sistema de creencias y valores existente en cualquier cultura y momento que puede determinar, a su vez, qué alimentos son objeto de aceptación o rechazo en cada situación y para cada tipo de persona”  Jesús Contreras.

Desde siempre, el chocolate ha sido un alimento inmerso en diferentes esferas: ideológica, religiosa, política, económica, médica, culinaria. En cada una de ellas ha tenido un desenvolvimiento particular y diferente. Lo que nos significa hoy el chocolate ha sido el resultado de un largo desencadenamiento de significados y apropiaciones que se le han dado a lo largo de la historia. Comer un trozo o tomar una taza de chocolate es llenarse, de alguna manera, de toda esa historia que lo antecede y que nos ha permitido vivirlo y disfrutarlo como lo hacemos en este instante de tiempo y en este lugar de la tierra. Además de penetrar todos los rincones del planeta, y de disfrutarse en cada uno de ellos a su manera, el chocolate es versátil, es maleable, es consentidor: permite ser apropiado de tantas formas diferentes que ha permanecido durante miles de años en algunas culturas y, en esta occidental, durante cerca de cinco siglos. 

Para los mayas y los aztecas el chocolate como bebida tenía muchas variedades, cada una relacionada con un evento especial o con una clasificación social. Para los mayas fue ingrediente del agua sagrada en ceremonias de bautizo y ofrenda mutua de quienes contraían matrimonio a modo de voto. Los aztecas, por su parte, hicieron de la semilla del cacao su moneda oficial, su valor era tan extraordinario que servía para acceder a un mercado de compraventa. Se asociaba simbólicamente con la sangre por esta razón lo consideraban la bebida por excelencia para sus guerreros.

En 1585 llegó el primer cargamento oficial de cacao a España; esta oficialidad significa que el chocolate, siendo un producto indígena, logró permear el mundo occidental y surgió la urgente necesidad de otorgarle características acordes a las creencias e ideologías vigentes de los peninsulares en el siglo XVI.

Así, enmarcado bajo un criterio médico, se le otorgaron al chocolate virtudes curativas y terapéuticas, haciendo de él un producto menester para la salud. Al gozar además de buen sabor y de propiedades alimenticias y estimulantes, se le comenzó a dar un uso frecuente y empezó a hacer parte de una dinámica culinaria, primero entre la aristocracia y con el correr del tiempo entre toda la gente. Tantas eran las bondades que le hallaban, que fue considerada como bebida que no quebrantaba el ayuno. Y tanto fue el placer que produjo que fue considerada entre algunas mujeres de aquel entonces como bebida malévola. El chocolate ha sido a la vez remedio para las jaquecas y para el dolor de muelas, así como reconstituyente de inspiración; se ha revestido de acepciones negativas y positivas, se han hallado en él muchas propiedades químicas beneficiosas para la salud, así como se le han atribuido culpas por la obesidad.

Y de todas, la que más me llena de emoción es  la combinación entre ellas resumidas en la dicotomía de lo “sagrado” y lo “profano”. Las bondades casi sagradas que se hallan en él, y al mismo tiempo, el reconocimiento de algo pecaminoso que resulta ingerir este alimento que huele así de profundo y que consiente con tanta frecuencia; que nos alimenta física y simbólicamente.

Resulta confortable tanto para el cuerpo como para el alma. Quienes sienten alguna resistencia hacia él, se fundamentan normalmente en la creencia de que cae pesado para el organismo -sin embargo, son varias sus características nutricionales- cuando hablan de ello se pueden detectar nociones de salud-enfermedad. Es considerado saludable, pues alimenta y cuenta con un alto contenido calórico y energético, además su grasa no es  saturada; sin embargo, hay algunos matices de duda y prohibiciones por condiciones especiales de salud (como las migrañas, por ejemplo). Hay quienes lo consumen aun en contra de los dictámenes médicos: “dulce pecadito en la dieta”. Por otra parte, suelen adjudicársele defectos que están asociados a complicaciones físicas como el engordamiento; se asocia a episodios de   pesadez estomacal y contraindicaciones médicas como la diabetes, el  exceso de colesterol y las migrañas. 

Basándome en entrevistas hechas en el marco de mi trabajo sobre la simbología, el uso y las prácticas sociales alrededor del chocolate en Bogotá, es frecuente encontrar que cuando las personas hablan de las virtudes del chocolate mencionan beneficios físicos como el suministro de calor y energía, pero rápidamente se remiten a factores del alma, del espíritu -del bienestar emocional-: sube la energía, da seguridad, da sensación de consentimiento y cuidado. Que me regalen o hagan chocolate es un acto amoroso, es un remedio para pasar de la oscuridad a la luz, no tiene propiedades curativas, pero el hecho de estar relacionado con amor, alegra, cura el alma, químicamente ayuda a estar mejor, a estar felices, alimento del espíritu, pues es para compartir con las personas que quieres, calienta el cuerpo y ese calor llega hasta el alma.

Cuando la gente se refiere al  chocolate como nocivo, lo relaciona con la esfera de la salud física; cuando se ve como virtuoso se relaciona con mucha frecuencia con el alma, con una esfera emocional.  En el primer caso, la idea de que sentir tanto placer debe ser “pecado”, o la idea de que consumirlo es un dulce pecadito es frecuente; así como es frecuente la idea de que es generador de bienestar y regocijo para el alma. El chocolate es entonces en la misma medida un placer carnal y un bálsamo espiritual. Se vincula con el cuerpo y con el alma, se desenvuelve en las dos esferas; las connotaciones que tienen que ver con el alma, son por lo general benévolas, apaciguantes, cálidas; las que tienen que ver con el cuerpo se relacionan por un lado con la nutrición, pero simbólicamente son por lo general relacionadas con lo pecaminoso (aunque de una manera muy inocua), con lo carnal. Es un alimento que encierra contradicciones y que entra a nuestra cotidianidad de forma maniquea. El chocolate reúne los contrastes y contradicciones de nuestra cultura. Desde sus inicios ha sido considerado saludable e insano, vulgar y elegante. Como he mencionado anteriormente, tanto la medicina como la religión, la salud, la familia, el amor, la vanidad, la tradición, el prestigio y la posición social han mediado en su definición y valoración.

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