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El paragüero
ESCRITO POR
Eduard Fernando Salazar
A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.

ENTRAR EN EL HERVIDERO

Por si no lo conoce, en la décima con 54 hay un callejón que conduce a un parqueadero, grande y al aire libre, que acoge un pequeño espacio que recuerda a una bodega industrial, con sus puertas pesadas y metálicas, sede del Teatro de Garaje. Entre muchas acciones culturales en danza, poesía, lecturas públicas, exposiciones y música, este espacio privilegia el teatro y la teatralidad como arte con vigencia.

La palabra teatralidad, que se utiliza mucho para designar “lo exagerado” en comparación con lo que se considera un actuar normal y natural, parece un calificativo negativo a los excesos en cualquier clase de dramaturgia. La teatralidad parece pesar e incomodar. Sin embargo es por ese camino que va la apuesta de la obra que llevan preparando durante un largo tiempo Andrea Díaz y Luis Eduardo Montaña: volver a la teatralidad de la actuación cuando nos enfrentamos a unos medios visuales que privilegian el comportamiento aparentemente cotidiano y a un público que tiende a juzgar mal la teatralidad al no poder encontrar lo sarcástico en lo grotesco.

“El hervidero” es una versión libre (bastante libre, dicen los directores), de la obra The Hot House del dramaturgo y activista político inglés Harold Pinter, escrita en 1958. La obra se enmarca dentro de dos tradiciones teatrales: de un lado la de teatro clásico, cercano a la piezas realistas y costumbristas de finales siglo XIX y comienzos del XX, y de otro lado del teatro de lo absurdo, que basa sus acciones en la inverosimilitud, la exageración y la contradicción. Es precisamente en pos de la teatralidad, que El Hervidero se cuece como una obra en la mitad de estas dos formas del teatro, pues estar en el limbo entre lo que parecen hechos comprobables y el absurdo, permite construir una obra problemática que indaga, en el fondo, por el ethos nebuloso de todas las sociedades para las que el poder es un asunto vital.

El director de una institución (que puede ser una cárcel, un hospital, un internado, un psiquiátrico) habla con su asistente sobre el caso de abuso sexual que ha sufrido una mujer, cuyo resultado es un hijo indeseado. La tensión empieza con este drama, que aumenta en la búsqueda de un culpable y de una solución poco humana para deshacerse del recién nacido en vísperas de las fiestas de fin de año. Ante el impase, la autoridad del director es puesta en duda y los personajes emprenden una silenciosa pero descarada carrera por el poder, por derrocar la dudosa figura de autoridad de la que sienten hastío y envidia.

Pero en escena no pasa nada. No existe nada más allá del consabido conflicto, pues los personajes no entran en acciones concretas; pasan el tiempo en discusiones eternas sobre lo que sucede, buscan culpables y enjuician a cualquiera de los otros. Todo es la pura tensión. El espectador siente que la tensión crece sin explotar, que, como la metáfora que implica lo que hierve, la obra parece una olla burbujeante cuya tapa que se mueve, se agita y amenaza con regarse pero que jamás estalla. Permanece.

El poder de lo que no se mueve

La institución de encierro que dibuja la obra se caracteriza por su absoluta rigidez. La escenografía recrea muebles viejos, vestuarios pesados y atemporales, espacios pequeños que se mezclan con las paredes blanquecinas y el aire de abandono del Teatro de Garaje. Todo está cubierto por un polvillo blanco, como de tiza, que sumerge a los espectadores en lo que podría ser la nube de un sueño que potencia la sensación de irrealidad, de que todo lo que pasa en verdad no está sucediendo ni genera efectos concretos. Para Andrea y Luis Eduardo este polvillo blanco hace referencia a la estática de la estatuaria en yeso que da la sensación de personajes eternos, como también a la sensación que se produce cuando un cuarto cerrado por tiempos indefinidos se abre y deja a su paso una estela de polvo acumulado.

Esa es, en últimas, la condición del poder y de las instituciones de encierro: continuar con su modelo y sus intereses sin importar la forma estratégica que adopten. En la obra no hay protagonistas, todos los personajes quieren serlo, desean el poder porque es él el verdadero dominante en la acción. Y es un poder, por supuesto, masculino.  Una sola mujer hace parte de la obra, pues tanto en El Hervidero como en la obra de Pinter el poder se recrea como un universo completamente masculino, violento, que aboga por la presunta superioridad científica de los hombres; todo un mundo de mierda, en palabras de Luis Eduardo. Filo es una mujer “que lo tiene complicado para sobrevivir en ese ambiente. Ser una mujer ¿qué es eso?”, señala Andrea. Sin embargo, Filo será la única que, a pesar de llevar a cabo acciones tan crueles y maquiavélicas como el resto de los personajes, se despoja de toda esa tontería del poder. Al final, ligera y sin tacones, reflexiona sobre su acción y afronta la muerte como desenlace del absurdo.

Cuando la obra termina, el espectador queda alerta, confundido. ¿Quiénes son los que están encerrados? ¿Quién es el loco? ¿Son los directivos los mismos pacientes?¿Dónde queda el afuera? Nada ha pasado, nada ha cambiado. Lo interesante del teatro es lo que pasa después.

Esta es una invitación para ir al Teatro de Garaje y disfrutar de una obra completamente entretenida y que logra hacer lo que pocas piezas teatrales pueden: no aburrir al público. Jueves, viernes y sábado, a partir del 28 de noviembre y hasta el 14 de diciembre. Pueden contactase con El Teatro de Garaje a través de Facebook

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