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El panóptico

SEGUNDO: MIRAR AL LADO

Por

Paula Amador y Edward Salazar 

 
 

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El mayor signo de la velada vergüenza que siente la clase alta bogotana por la cultura popular de nuestro país es la exaltación de  Andrés Carne de Res. No hay extranjero que se salve del ritual de paso, ni colombiano acomodado que no quiera pasar un rato junto al organizado desorden que habita sus espacios. La experiencia estética de Andrés Carne de Res ha calado hondo: Susan Sontag lo calificó como el mejor bar del mundo. Y es que en Andrés, la cultura popular colombiana viene tan asimilada que ya ha sido despojada de sus significados originales para convertirse en una mueca de autenticidad que no amenaza el status. Nos sorprende que Susan Sontag haya caído en este viejo truco.  

Tampoco nos imaginamos a los Santos yendo a comer la misma fritanga al igualmente legendario Doña Segunda, ni a Gwen Steffani pasando su única noche en Colombia en La Normanda en vez de en Andrés. Como el de este lugar, también se pueden citar otros ejemplos: Popular de lujo y su apelación a la gráfica popular publicitaria o Pipe Bueno como el niño bien del género popular. Aunque es un desafuero afirmar que “lo popular” deriva en género, en este mismo párrafo vemos que no existe un sinónimo del término ni un concepto análogo en español; no hay otra palabra para referirse a la impostura o al secuestro de los elementos de la cultura popular por parte los empresarios de la cultura de masas.  

Las apelaciones a lo popular que hacen Andrés o Pipe Bueno se leen en objetos, palabras, expresiones y sentidos que han sido previamente fragmentados; es precisamente esta fragmentación el signo visible de la vergüenza. Pero el relato no cala completo, y no lo hace porque esta vergüenza está signada por la complicidad de las clases alta y media con la abismal desigualdad social, pues en conjunto, lo popular está cargado de ciertas maneras de vida y condiciones económicas que trascienden lo estético. Hablar de la pobreza por lo general repele a quienes resignifican las prácticas populares.  

En este contexto, y antes de ser desagregado en objetos de culto, encontramos al ñero. O al cani, al naco, al villero y tantos otros términos despectivos que designan al mismo tipo ideal. En Bogotá: el maniño de la sudadera adidas, cuya novia se peina con gelatina y parcha en el estadio o en Cuadra Picha. No estamos adhiriendo al término por peyorativo sino por evitar el eufemismo de ‘popular’, pues la palabra ñero remite muy bien al personaje que se nombra. Todos lo conocemos, existe como consenso en el imaginario. Se trata de un producto social y cultural, sinergia de las condiciones de vida de los jóvenes en los sectores/barrios/grupos populares, que condensan algunas ideas particulares de ciudad, donde ñero es una condición especial del lenguaje, los gustos, las prácticas cotidianas y la apariencia.  

Lo cierto es que el ñero es tan popular como los fragmentos de cultura que se desagregan de su entorno y se legitiman en otros contextos para convertirse en lo cool. Los modos del ñero se aceptan como valor en las clases populares, en las hinchadas futboleras y, en una variante particular: al interior del hip hop y los cantos urbanos. Fuera de escena, el ñero es el espejo negativo al cual mirarse.  

Sin embargo, lo ñero también puede ser leído como la aspiración. En otros microrelatos de la vida urbana el ñero es un producto legitimado, un modelo cultural. Aunque el caso más evidente es acaso el éxito de las telenovelas que se apegan al modelo cultural del ñero, en los jóvenes y adolescentes las modificaciones en los gustos y comportamientos son claves. Se adoptan palabras como parce, ñero, niño, mami, reina; se valida el deje en la pronunciación que arrastra la eñe o que modifica de maneras muy particulares la entonación; es contundente el éxito de la música popular ranchera, del rap, del reggaeeton; no sin dejar atrás el culto a películas como La vendedora de Rosas, el filme con más “gonorreas” por minuto.  

¿Cómo es que en un blog de tendencias hemos caído en el menos trendy de los estereotipos sociales? En el post pasado explicamos el ciclo de vida de las tendencias: su creación, adopción, asimilación y muerte. Y, acostumbrados como estamos a pensar que las tendencias definen el color de la temporada, llegamos a perder de vista lo que podemos aprender estudiándolas realmente. Descubrimos tendencias también mirando al lado, no solamente espiando con ojos satelitales desde el puesto de guarda del Panóptico.  

En este caso queremos señalar al ñero como el trendsetter de la cultura popular, el creador. Y recordarles, en su próxima visita a Andrés, que todo aquello que es hoy tan cool lleva inevitablemente el sello de la pobreza desmembrada. Si al mirar al lado percibimos que la asimilación de lo popular se ha tomado como oportunidad de mercado, el ñero es una de las tendencias dentro de dicha asimilación. Pero el ñero es sobre todo una latencia, una inmanencia de la vida social en tanto sobrepasa la valoración o desprecio de su dimensión estética: se exotiza la pobreza con fines comerciales y se desprecia cuando compartimos el mismo bus.

 

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Voyeristas de la cultura. Todo lo que usted asume normal, lo descubrieron personajes como nosotros; eso que le parece tan ñero lo va a usar la próxima temporada.
i.letrada La revista pseudoacadémica más cultural de Bogotá.
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