I.LETRADA.CO | Nota al pie | UN GRITO PARA QUE LA VIDA RESPLANDEZCA
Nota al pie
ESCRITO POR
Rodolfo Lara Mendoza
Escritor. Ganador del Premio Distrital de Poesía de Cartagena en 2002 y del Premio Nacional de Poesía “Gustavo Ibarra Merlano”, 2005.

UN GRITO PARA QUE LA VIDA RESPLANDEZCA

Reseña de Barrio Blues, de J. J. Junieles

Hay gritos que por su brevedad y su oscura circunstancia nadie escucha. Hay otros que duran toda la vida. Muchos de estos últimos son un homenaje a esos primeros que pasan desapercibidos y en los que tiene lugar la auténtica angustia, el verdadero sufrimiento. Algunos, como « Aullido » de Allen Ginsberg, honran a una luna sempiterna de seres alucinados. Otros, como « El grito» de Munch o  «Guernica » de Picasso, no necesitan emitir sonido y son el retrato de un siglo. La mayoría pueden leerse en silencio, mientras la voz del autor retumba en nuestro interior. Es este el caso de «Barrio Blues», el más reciente libro de poemas de J. J. Junieles.

Algunos de los poemas de la primera parte del libro, titulada «Como el pez que regresa», son pequeñas crónicas de hechos que en sí mismos son poéticos, pero que extrapolados a los territorios del papel, han precisado del ligero toque de mago del autor, para su fulguración. Así el poema sobre el extinto tigre persa que sólo existe ahora en los libros, y que Junieles remata de manera magistral con un breve pero esclarecedor diálogo; o la nota sobre el hibakusha que sobrevive sucesivamente a las bombas de Hiroshima y Nagasaki, y que, con profunda reflexión, Junieles sustrae al territorio de lo atemporal.

Ya desde el epígrafe de Peter Handke, que elige ver la tierra para siempre en vez del cielo de los bienaventurados, Junieles deja en claro el deseo vital de mundanidad que subyace en «Barrio Blues». En el extenso poema final, que conforma la segunda parte y da título al libro, la voz poética que el autor asume —acaso motivado por la fatídica lección de Ícaro— desiste de emprender el alto vuelo de quienes aspiran a rozar el cielo con sus alas, y opta por campear en tierra, por elevarse como un grito desde la superficie de la tierra. Pues si hay alas en ese poema, están sucias de barro, tiesas y atrofiadas por el dulce peso del vivir. Lo cual no es para menos en un tiempo en que el delirio de grandeza ha hecho olvidar a los hombres el sentido de lo humano, de lo que realmente importa, y los avatares de esta vida «donde hay gente con el alma partida en dos, que solo es feliz cuando llueve».

De allí que «Barrio Blues» sea un homenaje a la vida y se entretenga en el recuento de cada una de esas individualidades por medio de las cuales trasluce lo que, de modo inconsciente y desde siempre, hemos buscado, acaso con la esperanza de que resuma en sí todo lo demás: la esencia universal, el ser, Dios. Por eso las constantes enumeraciones, las referencias con nombres propios a personajes del barrio, las citas extraídas del cine o de la misma literatura, la pluralidad de voces, los acentos, las preguntas con que nos interpela directamente la voz poética, y en su imposibilidad de respuesta dan lugar a la multiplicidad de las mismas: "¿A dónde va lo que no vuelve, muchachos de Barrio Blues? ¿A dónde ponemos los sueños que nos quedan?”. Intenta tú, lector, responder y alimentar con tu respuesta esa creciente manigua.

En «Barrio Blues» tiene lugar el abigarrado recuento de lo cotidiano, de lo que pasa a diario en nuestras calles y rara vez es objeto de poesía. «Barrio Blues», el poema, es un grito de más de treinta páginas, un mosaico para recordarnos nuestra pequeñez, la indiferencia con que nos arrebata la muerte, y el que la única grandeza posible está en asumirnos tal cual somos; es un manual para aprender que lo sagrado es cosa de esta vida, y que el cielo no está en otra parte, ni puede verse de mejor manera que tirados en la calle “como un muerto, mientras sientes al universo entero jadear en tus oídos”.

Me atrevo a afirmar que «Barrio Blues», el poema, es el más fiel autorretrato de la voz de su autor, el poema que más lo traduce. En él, efectivamente, toma cuerpo la voz de este poeta del Caribe, el Junieles que se sienta a conversar en un parque, entretejiendo metáforas, filtrando citas, restregándonos en la cara algún refrán o haciendo uso de expresiones propias del habla popular cartagenera. Para el autor de este poema no hay palabras menores, todas las palabras valen, todos los registros cuentan y pueden por igual bañarse en el agua de la poesía y ser parte de ella.

A «Barrio Blues» toca rastrearlo por los lados del Ferreira Gullar de «Poema Sucio» ­y su urgente necesidad de meter en unas páginas todo lo vivido, o, si se quiere, buscarlo en esa sumatoria de músicas, voces y lamentos que confluyen en cualquier esquina de ciudad un sábado en la tarde, dando forma a una oscura polifonía, que no es poema en su más estricto sentido, pero que, en su hacerse, roza más la hondura de la vida que cualquier poema, pues es la vida misma en su autocomplacencia, masturbándose frenéticamente como un mono. Lo mismo ocurre con «Barrio Blues», donde sin poses ni amaneramientos, la voz poética sumerge sus manos en la vida y se unta de ella, olvidándose del cielo, o simplemente mostrando que no hay más cielo que éste —como dijera Jorge García Usta— ni trapo con qué tocarlo.

Pero, “¿En qué momento el cielo dejó de ser poema?”, nos pregunta en pleno vértice de su delirio J. J. Junieles. No hay manera de saberlo, pero la sola pregunta es ya noticia: el cielo dejó de ser poema y quedaron vueltas piezas de museo las antiguas palabras con las que cantarlo. De allí esta urgencia del poeta de dejar que la vida, sobre el blanco de la página, como un grito resplandezca.

 

Selección de textos del libro Barrio Blues

LEVANTA TU ROSTRO CONTRA EL VIENTO OSCURO

¿Por qué parece que fueras pateando el alma

mientras caminas?

Hasta las viejas se santiguan cuando te ven pasar.

 

No vives en la falda de un volcán,

y tu cara tampoco está

en el cartel de “Se busca vivo o muerto”

 

La vida va sentada en el autobús extraño que llega

cuando has perdido la ruta de siempre.

 

Todavía quedan refugios que desconoces,

y alguien te espera en esa ciudad  (impronunciable)

bajo tu índice en el mapa.

 

Ahora, levanta tu rostro contra el viento oscuro,

sal de los jardines vallados.

 

Recuerda que existen lugares donde hay cosas

que despertaron hoy, pero mañana ya no estarán.

 

EN EL JARDÍN DE LOS MÁRTIRES OLVIDADOS

Aquí las camisas de domingo también

sirven de mortaja,

no alcanzan las paredes para colgar

los santos que nuestro miedo demanda.

 

Aquí los perros muerden primero y luego ladran

y si alguien te pide un beso es para morder tus labios.

 

Aquí me robaron la risa innumerable,

el fútbol bajo la lluvia,

las calles donde bailaba,

los besos profundos en la azotea

 

Alguien me debe una patria,

maldita sea, y no es mi madre.

 

CANTANDO COMO BALLENA

Mi presente se queja de no ser quién creía.

Entonces intento poner los ojos en blanco,

doblar cucharas con la mente para no pensarte,

pasarme al dark side of the force,

bailar hasta que salga humo de los zapatos.

 

Me descubro por los atajos de la vida

(la prisa nunca es elegante)

buscando palabras para seguir nadando,

haciendo las cosas despacio y con buena letra,

teniendo conversaciones con la luna donde sólo hablo de ti,

buscando quedarme en tu pecho de manera silenciosa,

sin asombro, sin pretensiones, sólo dándote besos de muerte lenta.

 

Tú sigues por el mundo intentando pegarle a la fortuna,

como una niña con un palo ante la piñata de una fiesta.

Yo me voy, cantando, como ballena rumbo a la playa.

 

BARRIO BLUES (Fragmento)

¡ Anda,

ponte de pie y diles quién eres!,

que cada célula de ese cuerpo tuyo fue una estrella,

que llegaste con tu vida adentro y sin profecías

arrullado en la noche por un rumor de ángeles

descalzos y despeinados,

a este Barrio Blues donde se presume de saber bailar,

matar  y también morir.

 

Hay algo muy power ahí en todo eso,

porque esto de la vida no viene de golpe,

sino como la respiración que no se piensa.

Saliste con tu sangre de lo oscuro,

con tu propensión al delirio,

a un mundo escrito por muchas voces

tentando con sus altares:

¿¡Ay madre, cómo se llama esto!?

 

Una mesa de patas cojas y un mantel de plástico

con frutas estampadas que huele a sopas viejas.

Ventanales para ver el mar entero y todos sus naufragios,

pocillos de café con flores astilladas,

tenedores torcidos de diablo pobre

y en la azotea una perra que cantaba ladrones.

 

Y casi puedes decir que estás en la nave del Enterprise,

que escribes tu bitácora del capitán, año tres mil catorce,

y tu misión es:

Explorar nuevos mundos, descubrir nuevas civilizaciones,

viajar temerariamente hasta donde nadie ha llegado jamás,

en un barrio que huele a mil demonios,

cosmos regido por las leyes de la carencia,

donde hay muertes juradas en las esquinas

y mantener la dignidad cuesta muy caro como para no perderla.

(…)

 

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