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Nota al pie
ESCRITO POR
Alejandro Ponce de León
Nací en Cali, estudié en Bogotá, trabajé en Medellín, pero mantengo el corazón en el pacífico colombiano.
Eduard Fernando Salazar
A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.

LA INCOMODIDAD ESTÁ EN LA CABEZA DE QUIEN LEE

Conversaciones sobre el oficio de la escritura  

Alonso Sánchez Baute no es ni será el primer o el último escritor cuestionado, en un contexto u otro, por ser marica, como él mismo expresa. La lista de ejemplos es nutrida y seguramente al lector se le vendrá a la cabeza al menos una referencia. Este escritor vallenato nacido en 1964 también fue en su momento un hijo poco grato para su tierra: sus ideas y su manera de afrontar el mundo suscitaron el rechazo. Pero seguramente la mirada de sospecha se hizo más contundente cuando en el año 2002 ganó el Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá con «Al diablo la maldita primavera» (en adelante «Al diablo...»), obra que habla de las búsquedas entre la clase social y el género de un homosexual atrapado en el gayhills de Chapinero. Es, de muchas maneras, la historia personal de exilio de muchos homosexuales en distintos contextos, pero también la historia social de cualquier hombre o mujer que quiere superar la clase y la estirpe con la que nació.

Nueve años después, su prosa volvió a sacudir a su natal Valledupar. A través de la novela «Líbranos del bien» (en adelante «Líbranos…»), Sánchez Baute presenta la historia de Jorge 40 y Simón Trinidad, personajes nefastos pero aun así emblemáticos a la hora de comprender el contexto de la violencia en Colombia, desde su ángulo más humano. Con frases lapidarias pero sin olvidar la importancia de la voz de los personajes y la primacía de sus historias individuales, esta novela puso nuevamente el dedo en la llaga de la sociedad vallenata al redimir aquellos sucesos y elementos históricos que por obra u omisión habían sido silenciados en nuestra memoria.

¿Quién es, entonces, Alonso Sánchez Baute?

Alonso es un oficial del ejército retirado, abogado de título y arquitecto frustrado: en su casa siempre escuchó decir que esa era una profesión para maricas. Sin embargo, la preocupación por encontrar una voz literaria ha estado presente en su vida desde temprana edad. Y lo dice en presente, algo que no es gratuito para él, pues experimenta día a día con múltiples formas de comunicarse, ya sea a través de la novela, el cuento, el cine e incluso la fotografía, pues esta búsqueda literaria es un trabajo incesante.

Comenzó a escribir durante su tiempo libre. Uno de los primeros escenarios en donde probó sus habilidades escriturales fue en el Ejército, pues al igual que el personaje de El Poeta en «La Ciudad y los Perros», le redactaba las cartas de amor a sus compañeros. Años más tarde, cuando estudió en la Universidad Externado de Colombia, la vista soberbia que desde el claustro mira hacia los vírgenes cerros orientales le proporcionó la inspiración necesaria para escribir sus primeros cuentos. No fue sino hasta un sábado de septiembre de 1996, a eso de las 11:00 AM, cuando decidió transcribir el primer capítulo de «Al diablo…» e iniciar su camino dentro del mundo de la producción literaria:

Hay dos tipos de escritores: los de escritorio y los de la calle. Los escritores de escritorio son quienes cuentan desde torres de marfil, desde lo que debería ser. Otra cosa es contar las historias desde la calle, como las cuento yo, que es “me fui, me emborraché, hice esto” y cuento la historia que no gusta. La literatura, por lo menos en mi caso, se compone de dos cosas, que cuando el escritor las encuentra soluciona todos los conflictos que vienen después: quién cuenta la historia y cómo la cuenta. Uno escribe toda la vida, las historias uno las tiene en la cabeza. Las cosas están allí y simplemente llega un momento en que se transcriben. Si están completamente maduras en la mente, se escriben. Y si no se escriben nunca, en mi caso, es porque nunca estuvieron maduras para ser escritas. Cuando uno encuentra esa voz y como va a contar esa voz, lo demás viene de añadidura.

Con «Al diablo…» yo estaba interesado en la búsqueda de mi propia identidad. En «Líbranos…» abordé la violencia, tema al cual inicialmente le tuve mucho miedo. Siempre lo he leído, siempre lo he conocido, pero en ese entonces de una manera muy superficial. Y es que publicar «Al diablo…» me sacó de mi propio universo y me permitió preocuparme por lo demás. Hasta que yo no pude resolver lo mío, no pude entrar a resolver lo de los demás. Es importante decirlo porque todo el mundo siempre pretende resolver las vidas ajenas pero no las propias. Muchos escritores están tratando de decirle a los demás como deben vivir sus vidas y como tienen que hacer las cosas, pero ellos mismos no han resuelto sus propios rollos. Como sucede normalmente con los sacerdotes que siempre están diciendo cómo se tienen que hacer las cosas pero no han sido capaces de resolver y afrontar todos los rollos que maneja la iglesia.

Hasta que yo no fui capaz de resolver lo mío, no pude comenzar a preocuparme por lo que pasaba en el resto del país. Recuerdo que fue un 1 de enero, después de una intoxicación por una borrachera de un 31 de diciembre, cuando abrí un link en donde Nadine Gordimer decía en una entrevista que los escritores no podemos mirar la vida desde arriba, estar en torres de marfil y contar desde allí. Esa frase me aterrizó muchísimo, me dije "yo tengo que ir a enfrentarme" y me fui a Valledupar con el ánimo de hacer una crónica sobre la mamá de Jorge 40 y la hermana de Simón Trinidad. En la medida en que comencé a hacer esa investigación me di cuenta que la historia era otra y que tampoco podía hacerle el quite, que mi responsabilidad era trabajarla hasta donde podía.

Si nos adentramos en el vocabulario y el contexto cultural de sus novelas, entonces vemos los temas en boga para los años en que su respectivas tramas ocurren: internet y sus aparentes infinitas posibilidades de conexión; la juventud en los ochentas, noventas y comienzos del siglo XXI, los modismos y particulares maneras de hablar; las formas de vestir y la música; las definiciones de lo bueno y lo malo… En fin, todo un repertorio que habla desde la temporalidad de los personajes más allá de la neutralidad comunicativa de las palabras. Sánchez Baute se preocupa entonces por encontrar aquella voz generacional que le permita dar cuenta de sus propias preocupaciones y de las particularidades.

Desde allí, desde la pregunta por la voz y la generación, Alonso también interpela el oficio del escritor. Para él, uno de los asuntos acuciantes de la literatura, o mejor, de su literatura, es el de entender los contextos en los que el escritor y sus personajes se ubican. No se trata entonces de un ejercicio preciosista de elevar la literatura a un estado superior del uso de la palabra escrita, sino de transcribir, de volver a decir aquello que como la vida misma, circula entre las calles y en las casas del tiempo que a él le tocó.

Su prosa puede parecer veloz, afanada o sucia, pero a la vez elegante y consciente del valor de la precisión de las palabras. En últimas, la preocupación está más en el tono indicado al personaje que en la maestría literaria del escritor:

Usualmente los escritores de mi generación están tratando de abordar temáticas que no tienen nada que ver con nuestra generación. Esto no es una crítica negativa, cada quien escribe sobre lo suyo. Si vemos por ejemplo a Ricardo Silva, a quien quiero mucho, su última novela es sobre el suicidio de José Asunción Silva en el siglo XIX; o Juan Esteban Constaín que está hablando en su calidad de historiador.

En cambio, mi preocupación siempre está en mi cultura actual, lo que me rodea. Eso es lo que me toca a mí y creo que «Al diablo…» es el mejor ejemplo. «Líbranos» también lo es por la forma en que está escrita por el tema y la manera en que este está tocado por medio del lenguaje. A pesar de que su tema de la violencia en el país de los últimos 50 años, está contada desde la mirada actual, la mirada del momento en que la escribí, con las herramientas literarias que había en el momento.

Esto se refleja en las diferentes voces de la novela. Cuando me refiero a la voz, hablo de la voz de los personajes porque cuando escribo quien realmente escribe no soy yo sino el personaje. Incluso la gente cree que la voz es quien escribe. Uno no puede entrar en esas confusiones. Desafortunadamente, en este país uno lo tiene que decir porque mucha gente escribe no tanto porque tiene un personaje que tiene algo que decir, sino porque hay un autor que utiliza un personaje para hacerlo.

Por eso en «Líbranos…» hay una diferenciación muy grande entre la voz de Alonso Sánchez Baute y la voz del personaje de Josefina Palmera; incluso hay gente que me dice "es que tu dijiste tal cosa en Líbranos…". Yo les respondo "Yo no dije eso. En ningún momento". "Pero aquí está escrito…¿Está en cursiva o no? Ah, entonces no pongas en boca mía lo que dijo Josefina Palmera". El hecho de que lo haya escrito yo, no significa que lo haya dicho yo. Son dos cosas totalmente diferentes. Y hay esa confusión del lector de creer, además de esa pregunta estúpida que ya estoy mamado de que me la hagan "¿Qué tan autobiográfica es «Al diablo…?» Es absolutamente autobiográfica en un 17.34%. Léela y tú verás qué partes, eso ya es problema tuyo. ¿Qué importa?

Con frecuencia, la habilidad literaria de un autor es objetada debido a los lugares políticos, morales o éticos en donde posiciona su obra. Bien sea que el creador conciba su escritura como un caballo de batalla o que el público sencillamente se incomode al leer las situaciones que a través de ella se exponen, no cabe duda alguna de que es en este orden disruptivo donde surge la capacidad artística de la literatura.

En este sentido, cuando nos adentramos en la obra de Sánchez Baute evidenciamos cómo a través de sus temáticas emergen aquellos elementos que le son más relevantes a la crítica social contemporánea. Bien sea a través de un protagonista gay o paramilitar, sus historias incomodan los hábitos de pensamiento de nuestra sociedad. Como escritor, quisimos saber si esta era su intención:

Lo que genera la incomodidad está en cabeza de quien lee, no de quien escribe, porque muy posiblemente lo que para mí es incómodo, para ti no lo es. Es algo que oigo con frecuencia y lo que se puede decir allí es que posiblemente se trate no tanto de los temas sino de la mirada con la que se abordan los temas, y la honestidad con que se abordan esos temas. La polémica no está en el escritor sino en el lector.

La gente que leía «Al diablo…» le molestaba terminar poniéndose en los tacones del personaje. De hecho, yo recuerdo mucho que cuando salió la novela, había un muchacho en el gimnasio, con el cual nunca habíamos cruzado la palabra, pero un día se me acercó a decirme con plena conciencia de ofenderme: "Leí su novela y lo único que le puedo decir es que no me gustó porque me hizo sentirme marica". Yo le contesté: "Logré mi propósito. Ese es el mejor piropo que me han podido echar".

Con «Líbranos…», un libro que lee por igual lo de la izquierda que lo de la derecha, ocurre algo similar. Una vez, un personaje que hoy es un senador importantísimo de la izquierda, me escribió un correo diciéndome lo mucho que le había ofendido la novela porque yo había dibujado a Ricardo Palmera como un personaje más preocupado por la moda y las camisas de flores que por su compromiso social. Eso fue lo que le generó polémica. Para mí eso sigue siendo algo nimio de la persona. Si a él le gusta ser así ¿qué podemos hacer? Eso no lo puedo evitar yo y no lo puede evitar nada, pero entiendo que al hacerse eso, el personaje se humaniza, y eso molesta.

En «Líbranos…» aparece entre comillas una entrevista que le hice a Jorge 40, y él allí se justifica diciendo que se fue al monte porque a sus hijos los habían devuelto del colegio por no pagar la matrícula. Me han preguntado que si esa era la justificación de su actuar. No, esa no es mi justificación. Esa fue la respuesta que Jorge 40 dio. Yo no puedo cambiar esa respuesta. Yo no puedo decir “es que queríamos hacer dinero”, no. Esa es la respuesta que algunos quieren escuchar, pero esa fue la respuesta que él dio. Que a uno le devuelvan a los hijos por no pagar, y por eso uno tenga derecho a irse al monte a matar a la gente, obviamente yo no lo creo. Pero eso fue lo que él dijo ¿Qué puedo hacer?

Sánchez Baute trabaja actualmente en la televisión privada, en la producción e investigación de guiones para novelas del prime time. Pese a los peros y reproches innegables que le caben a la televisión nacional (especialmente a la privada), hay ejercicios de fondo y resultados formales que son de innegable valor cultural. Por ello señala Jesús Martín Barbero, que en el melodrama colombiano están contenidas muchas contradicciones, luchas, aspiraciones y reivindicaciones de las diferentes clases sociales del país. La novela es depositaria de algunos de los relatos más fuertes que construyen la nación. Y no solo la nación, pues en toda historia, más allá de su formato y de la legitimidad de la que goce, hay contenida una porción de la universalidad que significa la vida humana. Sánchez Baute parece entenderlo bien:

Cada historia tiene su propio medio para ser contada. Cuando pienso en una historia, de inmediato sé dónde la quiero ver . Hay historias que quiero leer en una novela, que quiero ver en un cuento o periodísticamente. La televisión tiene una manera de contarse. El melodrama en el melodrama. En últimas, lo que busca el escritor es ser leído. Realmente es eso, que la gente lea y se divierta. Hubo una entrevista que en su momento causó una gran polémica pues en aquel momento yo era un advenedizo en las letras nacionales y me hicieron una pregunta que decía "¿Quién cree usted que son los escritores de su generación que son su competencia?" Yo contesté "no, mi competencia no son los escritores. Mi competencia es la televisión, el cine, el nintendo, las pantallas". Y a los escritores les molestó porque esperaban que yo hablara de ellos. Cuando yo entrego un libro, yo estoy es tratando de pelear con una pantalla, no con otros escritores.

También creo que los temas son universales, y que lo importante es la manera en que se cuentan los temas. Hace cuatro años un borracho manejando me mató a una sobrina haciendo una vaina que se llama la Gallina Ciega. Siempre he tenido esa historia en la cabeza y me he preguntado ¿cómo diablos cuento esto? ¿De qué manera? Le he dado vueltas pensando si allí hay una historia para escribir una crónica, si hay una historia… Hace quince días llegó a mis manos una película llamada «La Postura del Hijo» (2013). Empecé a verla con todo el desdén del mundo; y al mismo tiempo estaba escribiendo, haciendo otras cosas. Comienza la historia de una señora mayor en Rumanía. Hay una fiesta en su casa, llegan unos invitados, música aburrida, una vieja bailando que ni siquiera sabe bailar y de repente entra una llamada al celular de la señora: "su hijo acaba de atropellar a una persona en la calle y está en la cárcel". Apago todo. Me concentro y empiezo a ver allá la historia de mi familia que sucedió en Valledupar.

Las historias son las mismas en todo el mundo. Muchos escritores tenemos en la cabeza la pretensión de querer escribir La Magna Obra en donde se vaya a contar resumidamente la historia de un país. Y resulta que en aquella historia de un muchacho que atropelló a otro, yo entendí en una hora y media absolutamente todo Rumanía. Un país que yo desconocía de repente se me abrió ante los ojos y aquella película estaba contándome la nación a partir de una historia que era mi historia. Entonces cuando me preguntan ¿Cómo se cuenta la nación?, insisto: no sé. Yo ya escribí una historia sobre Valledupar, que cuando la lees, también estás leyendo la de nuestro país.

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