I.LETRADA.CO | Nota al pie | JUAN RULFO, ESCRIBIR CON LA BOCA SECA
Nota al pie
ESCRITO POR
Eduard Fernando Salazar
A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.

JUAN RULFO, ESCRIBIR CON LA BOCA SECA

Hoy la literatura latinoamericana celebra el natalicio de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, Juan Rulfo. En Jalisco, un 16 de mayo, uno de hace noventa y seis años, nace el escritor mexicano que nos heredó una obra que dialoga perfectamente -y en su diminuta vastedad- con el espíritu del campo. O de aquello que no es la ciudad.

La obra literaria del hombre registrado en Sayula es poca si se juzga por su volumen: un puñado de cuentos y una novela (de apenas 100 páginas) y algunas letras dispersas en géneros periodísticos. También fue fotógrafo, oficio aprendido por la labor anterior de ser viajero, de recorrer los paisajes rurales y campesinos de un México que acontece árido, seco, polvoriento y sediento. Así sabe esa tierra si se lee desde la atmósfera estética de las letras y las imágenes rulfianas.  

Aunque hay cientos de lecturas posibles, para mí pensar en Rulfo es acercarme al lugar del silencio, de la quietud, de la muerte y de la vida; de Dios y no Dios amasado por el Rilke que Juan Rulfo estudió cuando el poeta versó letanías que recordaban el “dios no existe” nietzscheano. Rulfo es la lectura de la brevedad, del lenguaje preciso. Es el lugar del campesino, del indígena, del mestizo; de la vaca Serpentina, de los perros que ladran pero no se oyen, de los muertos que mueren. De la ruralidad verde o de la árida llanura como lugares de la primera persona. Rulfo narra desde el yo de sus personajes porque su prosa se cuece en la carne que sufre.  

Como ahora mismo estoy encariñado con las historias cortas, con la brevedad (¿para qué un noviazgo de tres años si pueden haber tres de uno? ¿Para qué un puente peatonal si puedo pasar por una cebra?), propongo traspiés por algunos de los cuentos de Juan Nepomuceno, a través de fragmentos ingenuamente acompañados por conexiones en intertextos, y dejo la lectura de su novela para quien despierte la suficiente curiosidad.  Apuntes en desorden, esta es una invitación al inframundo de Juan Rulfo.  

Caminar por el Llano en llamas. Los pies arden de la desdicha  

Es que somos muy pobres.  Ahora Tacha, desgraciada heredera de la desgracia de sus padres, pierde a su vaca por las inclemencias de la naturaleza.  El río también se burla de la miseria:  

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

  En Talpa, otro miserable llamado Talino va en busca de la muerte disfrazada de vida, porque espera que una santita, una virgen milagrosa, cure los males de su cuerpo. Talino va para morir, peregrina en pos de la muerte. Su esposa y su hermano, amantes, lo arrastran a su destino. Y si Talino hubiera intuido su muerte, entonces seguiría las infantiles intuiciones de Macario, otro desgraciado, temeroso del Infierno, inseguro del mundo:  

A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el Purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas  y todos echaremos a correr espantados por el susto.

  Porque la vida es árida, en la narrativa de Rulfo El llano está en llamas. Los incendiarios propagan la revuelta popular en el desierto, en la extensa llanura para emprender la pelea por la tierra. Matan canallas, aunque los mismos asesinos sean canallas, y extirpan almas buenas porque el fuego no distingue entre unos y otros. En la tierra seca que se come las gotas de la lluvia, los animales buscan agua; uno de ellos, Juvencio, como buen pastor debe procurarla y lleva a sus bestias a tierras pastadas. Pero entonces por sus animales mata a un hombre, difunto que hace de su vida una eterna súplica que repica un ¡Diles que no me maten! Para Juvencio:  

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizás buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.  

Anciano, decrépito, corroído por una vida de andar huyendo y teniendo miedo, Juvencio hubiese expresado el pavor que le producía su verdugo (porque se sentía minúsculo en comparación con el mundo) como lo hizo otro personaje Rulfiano en La herencia de Matilde Arcángel:  

Era un hombrón así de grande, que hasta daba coraje estar junto a él y sopesar su fuerza, aunque fuera con la mirada. Al verlo uno se sentía como si a uno lo hubieran hecho de mala gana o con desperdicios.

  El cadáver fusilado, con la cara tapada para no espantar a quien vea el cuerpo todo agujereado, será llevado al camposanto de su tierra natal donde otros lo cuidarán.  Juvenal en su tierra. Otros en la de Luvina, donde las dulcamaras aruñan la tierra pero no se van, se aferran, porque Si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.  Y así como los de Luvina huyen por la tierra que arde, con la gente espantada por el silencio de los muertos, de la violencia y de pobreza, es mejor irse callados, por el Paso del norte:  

De los ranchos bajaba la gente a los pueblos; la gente de los pueblos se iba a las ciudades. En las ciudades la gente se disolvía; se perdía entre la gente.

  Aquí o allá, vivos o medio muertos, armados o pastores, este Llano en llamas es el llano de los hombres, de los varones de la tierra. Mujeres: pocas. Acaso la pobre de Tacha (que nunca tiene voz), otra triste mujer para la que La vida no es muy seria en sus cosas (y que ni siquiera entra en la edición oficial de El llano en llamas), y otras viejas feas, bigotonas y beatas a las malas, con fragmentos que una feminista podría amar y odiar a la vez. En Anacleto Morones dice una, la de pelos en el bozo:  

Qué me ganaba con vivir de señorita. Soy mujer. Y una nace para dar lo que le dan a una.  (…) Eso de tener cincuenta años y ser nueva es un pecado.


  No más bulla, Luvina es un lugar de murmullos (como los que habitan en Comala, los que mataron a Juan Preciado), así que mejor acabar ya.  

 

-¿Qué es? –me dijo. -¿Qué es qué? –le pregunté. -Eso, el ruido ese. -Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
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