I.LETRADA.CO | Nota al pie | EL DIABLO BAILA AL SON DE ELVIS. LITERATURA DE LA FRONTERA NORTE DE MÉXICO
Nota al pie
ESCRITO POR
Rafael Zamudio
Veo en la escritura no un medio para desplegar la esencia, sino el motor para difuminarla.

EL DIABLO BAILA AL SON DE ELVIS. LITERATURA DE LA FRONTERA NORTE DE MÉXICO

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana... estudié Lengua y Literatura de Hispanoamérica. Entre las muchas materias que llevé estaba la muy solicitada Literatura de la Frontera Norte de México, quizá porque me encontraba en los confines de los Territorios del Borde Exterior, esos lejanos planetas en donde la República, concentrada en el Núcleo Galáctico, no tenía jurisdicción ante los Hutts, quienes gobernaban con armas, drogas, prostitutas y rocanrol. Tijuana, se llamaba aquel lejano planeta que no sé si aún existe: lo último que supe de mi tierra es que intentaba independizarse de la República, cosa que no es ni nueva ni alarmante, pues hasta donde sé nunca fue parte de nada. Al menos eso dicen las leyendas.

Ahora, siglos después de aquella fatídica tarde de primavera en la que mi padre me montó en Rayo —el caballo más rápido del rancho— y me dijo, bañado en lágrimas, «cabalga, huerco, cabalga como el viento y no mires atrás», miro al pasado y recuerdo mi clase de Literatura de la Frontera Norte de México. Martes y jueves, ocho a diez p.m., la clase en la que todos nos quedábamos dormidos.  

El profesor —copiosa barba, fumaba pipa, lejano pariente de López Velarde— nos contaba cómo la literatura de la frontera norte de México se mantuvo rezagada por varias cuestiones: hordas de apaches, bandidos y conflictos armados que asediaban a los pueblos fronterizos, pero sobre todo por el desdén de la Capital. Era complicado que surgieran intelectuales y escritores en esas tierras salvajes pues, como le gustaba decir a José Vasconcelos, el Norte era el lugar «donde termina la civilización y comienza la Cultura de la Carne Asada». Mientras yo pensaba en el porno que me esperaba en mi computadora, el profesor se extendía milenios renegando de la visión centralista del Primer Secretario de Educación Pública de México, «un bribón incapaz de entender como cultura ninguna otra cosa más que la chilanguería[i]».

También nos contaba el caso específico de Baja California, desprovista de una carretera adecuada que la comunicara con la Capital, a dos mil quinientos kilómetros de distancia. En esa tierra tan cerca de los Estados Unidos pero tan lejos de Dios, como hubiera dicho Porfirio Díaz, célebre dictador mexicano y acuñador de frases no menos célebres, no existía la Cultura Mexicana. Al menos no para los estándares capitalino-vasconcelistas. Así, en el Año de Gracia de 1982 se fundó el Centro Cultural Tijuana (CECUT) como parte del Fondo Nacional para Actividades Sociales, que no era sino una fachada paranoica para «reforzar la identidad nacional en la frontera norte de México[ii]». En ese tiempo se pensaba que los fronterizos queríamos independizarnos y anexarnos a Estados Unidos, como otrora hizo la hermana República de Texas. Y quizá sí. Pero no por no sentirnos mexicanos, como el centralismo vasconcelista creía, sino porque nuestra capital no nos hacía caso, igual que en 1840. Según mi profesor, aclaro, pues yo aún no nacía y no puedo dar constancia de ello.

Tiempo después de que se inventara tal Fondo pasaron varias cosas concernientes a la literatura fronteriza. Los datos son imprecisos —como todo lo que sucede en las regiones limítrofes— y hasta donde sabemos una tormenta de arena borró los registros. La cosa es que más o menos en esas fechas llegaron a la Capital, ya fuera a caballo o en tren, varios vaqueros que sabían escribir. Y vaya que sabían escribir. Cautivaron a las editoriales capitalinas, firmaron contratos millonarios, volvieron a sus ranchos a ponerles tubería y gas a sus madrecitas santas, murieron de cáncer por exposición a los humos de los Grandes Asados Celebratorios y la mayoría nunca más fueron leídos. Ni siquiera recuerdo sus nombres. Nunca le creí a mi profesor que existieran, salvo uno: Federico Campbell.

Aquella generación de escritores que tuvo que salir de la frontera para ser leída (pues la Carne Asada y las salones vaqueros son demandantes, no dan tiempo para leer, lo sabía bien Vasconcelos) fue seguida por otra que, como cuenta la leyenda, ya no escribía como hicieron sus predecesores, sino que eran ya «posmodernos», sea lo que sea que eso signifique. Escritores que incorporaban las lenguas vernáculas de los bárbaros norteños, el espanglish, el ranchero, el cholo, el tex-mex, así como técnicas literarias vanguardistas, cut-up, pastiche, flujo de conciencia, todas esas cosas. Esto trajo un entendimiento a la Capital de que México era un país de mestizajes y que, por lo tanto, no se podía hablar de una Cultura Mexicana, sino que tenía que descentralizarse la cuestión y entenderse como un país pluricultural. Entonces, en el Año de Gracia de 1992, la Secretaría de Educación Pública incorporó al Diccionario de Cultura Mexicana los términos «carne asada», «tortilla de harina», «cinto piteado», «vato», «jaina», entre otros. Esta generación incluye a centenares de vaqueros y cholos escribanos, de los cuales no me gustan la mayoría, pero los que sí me gustan bastante: Luis Humberto Crosthwaite, Heriberto Yépez, Cristina Rivera Garza, Roberto Castillo, Rafa Saavedra, Daniel Sada.

Después del boom surgió la Edad Media de la Literatura de la Frontera, según la mitología de mi profesor. Esto trajo consigo un rápido decrecimiento de la calidad creativa de los escritores, pues la mayoría trataban de replicar las fórmulas de éxito de los Grandes del Norte. Esta «fórmula» era lo que hacía que las editoriales de la capital quisieran publicarlos, así como las razones por las que otras personas no-fronterizas querían leerlos: para conocer el barbárico mundo de la frontera. Es decir, el Centro  quería El Libro Vaquero[iii]: caravanas de autobuses atacadas por bandidos, pueblos controlados por cárteles sanguinarios, polvo y chamizos rodando, cactáceas haciéndole sombra a un cráneo de cholo, prostitutas y el diablo bailando al son de Elvis Presley en una cantina de un pueblo de paso. Y claro, quién no quiere eso. Era el año 2005.

Después conocí a muchos escritores en encuentros, casi todos me cayeron muy mal (los escritores somos seres pedantes y horrendos). Como se acostumbra en este tipo de desvíos de erario la mayoría me regaló su último libro pese a que yo era un Reverendo Don Nadie (lo sigo siendo: no he publicado). No los leí todos, algunos me perdieron con la primera frase. Gran parte de ellos eran textos amarillistas que retrataban a la frontera como si fuera Tatooine. Algunos cometían el vicio opuesto de exagerar la industrialización de la frontera, convirtiéndola en Coruscant. Otros de transmutar las ciudades fronterizas en guetos, como si se tratara de Nal Hutta. Todos eran terribles. Los escritores que me gustaban ni siquiera iban a esos encuentros (excepto Rafa Saavedra, él siempre estaba, en todos lados). De mis amigos y compañeros de generación no hablo porque me parece de mal gusto y porque apenas estamos empezando. Pero la mayoría somos iguales de malos, ténganlo por seguro.

Melancólico, me pregunté cuántos escritores pueden haber en un momento determinado, cuántos de ellos desaparecerán por completo del registro de la humanidad y cuántos merecerán un extenso artículo de Wikipedia con estrella dorada, esos que saben contar una historia o cantar un poema. Supuse que nunca conocería a alguno de ellos, seres míticos y caóticos, tan lejanos y escasos, cuyas vidas eran dignas de escribirse pero casi siempre preferían escribir otras cosas: crear mundos paralelos.

Tiempo después conocí a Daniel. Fue en uno de esos encuentros literarios. No nos volvimos a ver hasta unos años después, aunque habíamos mantenido una especie de contacto precario por blog. Él sabía que yo existía y viceversa, y sabíamos que nos caíamos bien. Después lo leí y, más allá de mi opinión personal sobre él, producto de las horas que pasamos hablando de Back to the Future y Star Wars aquella vez, encontré algo en su literatura que me pareció devastador, había escrito lo que yo quería escribir. Peor aún, me pareció brillante. Con el tiempo nos volvimos amigos, incluso invadí su sala por un mes cuando me mudé a la Capital en busca del sueño dorado de no volver a tener nada que ver con Tijuana (hasta ahora un gran fracaso). Y supongo que sí, cederé al mal gusto y aprovecharé para hablar bien de un amigo, o de su obra, como es costumbre entre escritores (en mi defensa no es de mi generación, sino ocho años mayor que yo).

Daniel Espartaco Sánchez nació en 1977 en Chihuahua[iv]. He leído cuatro libros de él: Cosmonauta (2011), Gasolina (2012), Autos usados (2012)[v] y Bisontes (2013). Más allá de premios y esas cosas, que en realidad no significan nada, o de que Daniel sea mi amigo y nos juntemos ocasionalmente a tomar cerveza light como bárbaros, asar carne, hablar de traseros y escuchar country (todos los norteños lo hacemos, Vasconcelos lo sabía), su literatura me inspira.

Daniel es un escritor sobrio, con un gran sentido del humor y se toma su trabajo con seriedad. Es capaz de hablar de cualquier tema sin hacer de eso el tema, tocando el lado humano de la historia. La literatura de Daniel es íntima, natural. Cuando lo leo me conecto con el narrador, con el personaje que me cuenta una historia sencilla en apariencia, una historia común, algo que nos pudo pasar a mí y a mi primo. Las historias de Daniel no son regionalistas aún si llegan a suceder en Chihuahua, porque, así partan de peculiaridades, abarcan inquietudes universales; pero no son generalizaciones, pues están definidas desde la perspectiva de un narrador muy claro, de un ser humano real con limitaciones, ideas, pasado. En ese sentido me parece uno de los mejores narradores que he leído. Y eso no quiere decir que no haya sombreros, cerveza light, carne asada, prostitutas, polvo, agentes de migración, música country o narcos en su literatura. Ahí están. Porque Daniel escribe de lo que conoce y porque eso es el mundo en el que vivimos. También hay apartamentos en la Colonia Narvarte, también aparece la caída de las Torres Gemelas, avestruces, Nicaragua, referencias a Star Wars, historias de ex esposas y niños de padres divorciados soñando con el espacio. Lo que hace especial a la literatura de Daniel es que es un mapa que sólo se parece a la literatura de Daniel, pero a la vez es un reflejo universal. Como escritor (y como amigo, un poco de trampa) sé que también es un mapa de él, de sus obsesiones, de lo que ha vivido, lo que ha escuchado, lo que ha visto. En ese sentido, para mí, su escritura es más que sincera, más que realismo: es algo vivo.

No puedo decir si va a merecer un extenso artículo de Wikipedia con estrella dorada o si dentro de cien años sus libros van a ser una venta segura para las editoriales, eso es imposible de saber, todo puede pasar, podemos ser aniquilados por extraterrestres de la Galaxia Andrómeda, por nosotros mismos, un tsunami, el Popocatépetl. Pero creo que es posible que así sea. Creo que Daniel es de esos. Lo único que espero es que, si eso pasa, alguna vez escriba sobre el tiempo que dormí en su sofá (al que apodábamos Torquemada) y de cómo me comí su chistorra pese a que mis reservas de grasa eran muy superiores a las suyas.

 

[i] Dícese de lo concerniente a la cultura chilanga, o de la Ciudad de México.

[ii] Cita de Wikipedia, que bien pudo haber sido dicha por el presidente en turno, José López Portillo.

[iii] http://k42.kn3.net/taringa/1/2/4/0/8/2/4/alvacelnet/896.jpg?132

[iv] Daniel nació en la ciudad de Chihuahua, en el estado de Chihuahua, a 376 kilómetros de Ciudad Juárez y de la línea divisoria internacional. Según la Ley Aduanera de México, artículo 136, la Franja Fronteriza es «el territorio comprendido entre la línea divisoria internacional y la línea paralela ubicada a una distancia de veinte kilómetros hacia el interior del país», lo cual hace que Daniel no sea un escritor «fronterizo» propiamente. Pero hay otra sutileza que aclarar: mi profesor nunca se pudo poner de acuerdo si «Literatura de la Frontera Norte» significaba sólo la literatura de la franja fronteriza, la de los estados fronterizos, o en algún punto determinado toda la literatura del Norte de México por confusión centralista. Entonces, por haber nacido y crecido en un estado fronterizo, por ser norteño, y porque algunas sutilezas son irrelevantes en ocasiones, decidí considerarlo como tal pese a lo que él diga en su defensa. No importa si me regaña después.

[v] Decidí hacer la recomendación en una nota por varias cosas, la única que importa: me gustan las notas. Si hay que «elegir» un libro de Daniel, elijo Autos usados. Es una elección difícil, pues Cosmonauta le sigue muy cerca, pero tengo una preferencia por las novelas. Sin embargo, Cosmonauta es un gran libro de relatos y se puede comprar en versión digital en http://libros.malaletra.com/ (y a mí me pagan cinco centavos por cada venta, o eso quisiera).

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