I.LETRADA.CO | Nota al pie | EL MINICUENTO: GÉNERO IMPOSIBLE, GÉNERO SIN FRONTERAS
Nota al pie
ESCRITO POR
Ikaro Valderrama
Escritor-músico colombiano que interviene sus creaciones poéticas con sonoridades del Asia Central.
IMÁGENES POR
María Leguízamo
Esperando a Godot.

EL MINICUENTO: GÉNERO IMPOSIBLE, GÉNERO SIN FRONTERAS

El minicuento, como género literario, es imposible. Los críticos que estudian el tema difícilmente han llegado a un consenso sobre qué es un minicuento, es decir, a un acuerdo sobre las características generales o particulares que harían que un texto breve se llame así: minicuento. La extensión misma de la obra es algo que se discute, algunos sostienen que debe tener un máximo de 300 palabras, otros dicen que no puede exceder una cuartilla y los infinitos concursos exigen una extensión que varía entre las 100 y las 1000 palabras. Por otra parte, han venido apareciendo diversos nombres para referirse a estos «cuentos breves»: microrelatos, relatos hiperbreves, nanocuentos, microcuentos, minificciones, ficciones súbitas, cuentos ultracortos, cuentos brevísimos o, como los llamó el juguetón Julio Cortázar, textículos... Se registran más de 60 nombres sin que haya claridad sobre las diferencias o las taxonomías de este tipo de relatos. Algunos teóricos (como por ejemplo el reputado Lauro Zavala) han querido subsanar el problema de los múltiples nombres creando una categoría más amplia, llamada microficción, la cual abarcaría esa enorme diversidad de textos cortos.

De cualquier modo, las clasificaciones en este ámbito de la literatura son bastante enrevesadas. Suele decirse que una de las características del minicuento (usemos este nombre provisionalmente) es su capacidad para apropiarse de diversas técnicas narrativas; de esta manera, estaría emparentado estilísticamente con el ensayo, la poesía, la fábula o el aforismo. Entonces no es extraño encontrar poemas en prosa en antologías de microrelatos o microrelatos en antologías poéticas; incluso hay quienes defienden que los chistes son excelentes microrelatos... Así pues, decir que una de las características del minicuento es ser un género híbrido, capaz de apropiarse de los diversos estilos literarios, viene a ser parecido a decir que una de sus características principales es que puede llegar a tener todas las características: todo esto, naturalmente, hace muy difícil establecer categorías, clasificaciones, géneros. 

Es interesante, sin embargo, el auge que ha tenido la microficción en los últimos veinte años. Esta época agitada que nos angustia con la sensación de que el tiempo es cada vez más corto, pareciera estar exigiendo que surja y se propague una literatura cada vez más breve. El desarrollo acelerado de los medios tecnológicos e informáticos ha generado progresivamente que la imagen tenga una mayor relevancia y que la palabra cumpla un papel complementario o subsidiario. Este contexto de las redes sociales y virtuales, de los mensajes de texto y la velocidad informática, parecería ser el reino ideal para la existencia de las microficciones. Sin embargo, existen al menos tres dificultades para aceptar sin reservas el imperio de los minicuentos:

1) La crítica y la teoría se están encargando de crear un sistema tan complejo y diverso para tratar de comprender los cuentos breves, que una cantidad innumerable de textos pueden ser justificados con ese mismo aparataje teórico; es decir, que desde una lectura académica todo podría llegar a ser un minicuento. Incluso empiezan a aparecer obras inéditas de escritores famosos bajo el rótulo de minicuentos o microrelatos. Así, una observación marginal en un cuaderno de Andrés Caicedo o en una servilleta de Hemingway, de repente se convierte, en manos del teórico, en una muestra de la microficción colombiana de los años 70 o en el primer minicuento moderno.

2) El flujo acelerado de la información y el tiempo limitado para procesarla hacen que las valoraciones o los juicios sobre la obra sean parciales o superficiales. El lector empieza a perder una capacidad de discernimiento estético en el ámbito literario. Aparecen minicuentos y minicuentistas a la velocidad de la luz. 

3) Con la pérdida del discernimiento estético, o con esa transformación del gusto, se pierde también la conciencia del oficio, la necesidad de una formación en la técnica literaria. Poe, Edgar Allan, el maestro del relato contemporáneo, advertía en su Filosofía de la composición, sobre los peligros de que una narración fuera demasiado corta. Decía que el efecto de un texto muy breve sería fugaz y no perduraría en el espíritu del lector; según él, la técnica, la capacidad estilística e imaginativa del autor, el trabajo riguroso sobre el material de la palabra escrita, debían encaminarse a producir una impresión contundente y premeditada en el lector de la obra. En este sentido, la producción masiva de microficciones muchas veces enmascara la falta de rigor y de trabajo que subyace a las genuinas obras de arte, independientemente de su forma o extensión. Muchos minicuentos son estelas de humo, cajitas vacías en una inmensa y luminosa vitrina.

Ahora bien, pese a las dificultades y reservas que he manifestado hasta ahora, lo cierto es que existen estas creaturas extrañas y breves de múltiples formas y múltiples nombres. Existen además grandes maestros y grandes pequeñas obras maestras en el mundo de la brevedad. Aunque el minicuento, repito, como género sea imposible, existe. No obstante, es necesario tener los ojos bien abiertos para que no nos caiga una basurita en el ojo en lugar de un minicuento.

La pregunta que surge naturalmente en este punto es: ¿cómo reconocer a un minicuento? Esta cuestión aparentemente sencilla adquiere una profundidad metafísica cuando nos adentramos en el asunto. Tundama Ortiz escribió en su «Dodecálogo del minicuentista» que “todo puede ser un minicuento, pero un minicuento no necesariamente es un minicuento”. Esta paradoja nos indica que quizás lo importante no sea llegar a clasificaciones y categorías (algo que siempre termina por enredarnos, en la literatura y en la vida); sino simplemente leer, degustar y crear pequeñas creaturas, relatos microcósmicos que transgredan las fronteras y le devuelvan a la literatura aquello que la academia le ha querido quitar infructuosamente desde hace mucho tiempo: la libertad.
Irkusk, Rusia. Agosto de 2013

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