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IMAGINAR CIUDADES. ITALO CALVINO

 

“Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir  «Estoy releyendo...» y nunca «Estoy leyendo...». Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Italo Calvino, Porqué leer los clásicos.

  Italo Calvino Mameli es, sin duda alguna, el referente literario que encarna un arquetipo especifico de ciudades, muy extraordinarias por cierto, unas inverosímiles pero familiares urbes que moran entre la mente, el papel y la tinta. Las ciudades imaginadas. Es el autor predilecto de muchas y muchos, me incluyo en esa muchedumbre, que tienen a Las Ciudades Invisibles (Le Città Invisibili, título original) como lectura sugerente y en ocasiones sedante. Libro pequeño que se refugia bajo las almohadas, en las mesitas de noche o en el escritorio de numerosas computadoras. Rara vez se encuentra disponible en los anaqueles de las bibliotecas o de las librerías. Siempre hay alguien devorando sus páginas. Se agota con facilidad.   Muchísimo se ha dicho sobre este libro. No es novela, ni cuento, ni libro de viajes, es descripción combinatoria, pura y soberbia. Cada una de las cincuenta y cinco ciudades aparecen como una narración -curiosamente oral- que el viajero y emisario imperial Marco Polo realiza al escéptico emperador tártaro Kublai Kan. La trama, si la existe, plasma una curiosa y apasionante analogía con Los viajes de Marco Polo o Libro de las Maravillas (tal vez el relato de exploración más fascinante de la historia occidental) donde el navegante veneciano afirmaba haber sido consejero del último gran Kan mogol. Reelabora las figuras históricas, las vuelve alegorías.   La propuesta de Italo Calvino estima la presentación de los itinerarios del afortunado mercader, aunque estos no muestran la veracidad histórica del siglo XIV, sino la atemporalidad de pasados remotos, presentes inexactos y futuros paralelos. El emperador, ya no un tirano, es un melancólico que, según puede entenderse entre líneas, ha comprendido que su desmedido poder poco o nada vale en un mundo que marcha hacia la destrucción. Por eso, acude al viajero para discutir sobre ciudades imposibles e improbables. Yo las llamaría “imaginópolis”, todo un tipo de lugares imaginarios que pertenecen a esa carta cromática que incluye lo fantástico, lo mitológico, lo extraño, lo ilusorio, lo mágico y lo sobrenatural. Ciudades que provienen de los sueños o de la inspiración que brinda una buena taza de café.   Las ciudades imaginadas no son ciudades falsas, por lo menos en su totalidad, tienen un “poco” de todo. Son un conjunto de muchas cosas. Me niego a creer que son inexistentes a pesar de ser impalpables. Justamente, esa es la trama representacional de la escritura (la cual ya es una paradoja irresoluta): la ciudades imaginadas o “imaginópolis” son performáticas, en tanto, la repetición de cada una de sus palabras vuelve “existentes” a sus gentes, callejones, recovecos y andenes. No tienen inicio, ni fin, tampoco origen ni destino. Las “imaginópolis” son cíclicas, se alimentan constantemente de lo “uno” y lo “otro”, orbicularmente, de lo que “no existe”, de lo que “existe”, y de lo que se puede deformar de lo que existe.    

FRAGMENTO A

Las ciudades y la memoria. 3

Itilmente, magnánimo Kublai, intentaré describirte la Ciudad de Zaira de los altos bastiones. Podría decirte de cuantos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de Zinc cubren los techos; pero sé ya que sería como no decirte nada. No está hecha de esto la ciudad, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado: la distancia al suelo de un farol y los pies colgantes de un usurpador ahorcado; el hilo tendido desde el farol hasta la barandilla de enfrente y las guirnaldas que empavesan el recorrido del cortejo nupcial de la reina; la altura de aquella barandilla y el salto del adúltero que se descuelga de ella al alba; la inclinación de una canaleta y el gato que la recorre majestuosamente para colarse por la misma ventana; la línea de tiro de la cañonera que aparece de improviso desde detrás del cabo y la bomba que destruye la canaleta; los rasgones de las redes de pescar y los tres viejos que sentados en el muelle para remendar las redes se cuentan por centésima vez la historia de la cañonera del usurpador, de quien se dice que era un hijo adulterino de la reina, abandonado en pañales allí en el muelle.

En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.

 

FRAGMENTO B

Las ciudades y los signos. 3

El hombre que viaja y no conoce todavía la ciudad que le espera al cabo del camino, se pregunta cómo será el palacio real, el cuartel, el molino, el teatro, el bazar. En cada ciudad del imperio cada edificio es diferente y esta dispuesto en un orden distinto; pero apenas el forastero llega a la ciudad desconocida y echa la mirada sobre aquel racimo de pagodas y desvanes y cuchitriles, siguiendo la maraña de canales, huertos, basurales, de pronto distingue cuáles son los palacios de los príncipes, cuáles los templos de los grandes sacerdotes, la posada, la prisión, el barrio de los lupanares. Así —dice alguien— se confirma la hipótesis de que cada hombre lleva en la mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan.

No así en Zoe. En cada lugar de esta ciudad se podría sucesivamente dormir, fabricar arneses, cocinar, acumular monedas de oro, desvestirse, reinar, vender, interrogar oráculos. Cualquier techo piramidal podría cubrir tanto el lazareto de los leprosos como las termas de las odaliscas. El viajero da vueltas y vueltas y no tiene sino dudas: como no consigue distinguir los puntos de la ciudad, aun los puntos que están claros en su mente se le mezclan. Deduce esto: si la existencia en todos sus momentos es toda ella misma, la ciudad de Zoe es el lugar de la existencia indivisible. ¿Pero por qué, entonces, la ciudad? ¿Que línea separa el dentro del fuera, el estruendo de las ruedas del aullido de los lobos?

 

FRAGMENTO C

Las ciudades y los cambios. 2

En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.

Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

 

FRAGMENTO D

Las ciudades sutiles. 5

Si queréis creerme, bien. Ahora diré cómo es Ottavia, ciudad-telaraña. Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas con cuerdas y cadenas y pasarelas. Se camina sobre tos travesaños de madera, cuidando de no poner el pie en los intersticios, o uno se aferra a las mallas de cáñamo. Abajo no hay nada en cientos y cientos de metros: pasa alguna nube; se entrevé mas abajo el fondo del despeñadero.

Esta es la base de la ciudad: una red que sirve de pasaje y de sostén. Todo lo demás, en vez de elevarse encima, cuelga hacia abajo; escalas de cuerda, hamacas, casas hechas en forma de saco, percheros, terrazas como navecillas, odres de agua, picos de gas, asadores, cestos suspendidos de cordeles, montacargas, duchas, trapecios y anillas para juegos, teleféricos, lámparas, macetas con plantas de follaje colgante.

Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Ottavia es menos incierta que en otras ciudades. Sabes que la red no sostiene más que eso. 

    Las ciudades son pequeños bocetos emotivos. Megalópolis, villas o caseríos que tienen nombres árabes, hebreos y latinos de mujeres. Diomira, Isidora, Dorotea, Zaira, Anastasia, Tamara, Zora, Despina, Zirma, Isaura, Maurilia, Fedora, Zoe, Zenobia, Eufemia, Zobeida, Ipazia, Armilla, Cloe, Valdrada, Olivia, Sofronia, Eutropia, Zemrude, Aglaura, Ottavia, Ersilia, Baucis, Leandra, Melania, Smeraldina, Fílides, Pirra, Adelma, Eudossia, Moriana, Clarice, Eusapia, Bersabea, Leonia, Irene, Argia, Tecla, Trude, Olinda, Laudomia, Perinzia, Procopia, Raissa, Andria, Cecilia, Marozia, Pentesilea, Teodora y Berenice. Los viajes por cada una de ellas, experiencias cenestésicas, construyen heterotopías.   No hay un “recurso matemático” en Las Ciudades Invisibles. La numeración desordenada de los capítulos demuestra que no existe sucesión a seguir, que la narración está paralizada en la liminal ucronía. Yo, por lo menos, nunca he escuchado de alguien que tenga el cálculo “fidedigno” o formula correcta para comprender estos números. Tanto vale empezar por el principio de la obra como por el final o por el medio, una libertad enunciativa que recuerda la Rayuela de Cortázar. Es conveniente desempolvar el libro, agitar sus paginas unas tres veces y abrirlo al azar. Alguna ciudad-mujer, por casualidad causal, aparecerá como pretexto para la conversación eterna.   Son ciudades poiéticamente fabricadas. La materia prima la ofrece las letras y el pegante los miedos, deseos, memorias, sutilezas, signos, intercambios, ojos, nombres, partidas, cielos, escondites y las continuidades. Ciudades telarañas, geométricas, laberínticas, fluidas, armonizadas, dobles, restablecidas, con un espacio y un tiempo minuciosamente encajados. No hay peligro de ser indiferente ante ellas. La lectora y el lector advertirá en estos relatos sus imágenes preferidas. Traduce y refleja. Encontrará una ciudad “ideática” y recordará una ciudad “real”. La mejor cualidad del gran mapa de Kan, último poema de amor a las ciudades.    

 [VIAJE DE RETORNO]

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Blog fragmentario e inconcluso, obra en constante cimentación. Espacio de montaje y lectura sobre la contemporaneidad urbana, los pequeños ardides que agitan la vida y los registros escriturales que narran el mundo metropolitano. Atravesado por la incompletitud. Evita lo definitivo, lo definido. Borrador digital, versión preliminar, acertijo sin resolver.
Luis Durán Antropólogo Antropólogo urbano costarricense, imbuido y atormentado por el torbellino bogotano. Cree ciegamente que las ciudades, como los sueños, están hechas de deseos y miedos.
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