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ENTRE CIELO Y TIERRA. AGUSTÍN DE HIPONA Y LA “SANTA BIBLIA”

 

El umbral es a la vez el hito, la frontera, que distingue y opone dos mundos y el lugar paradójico donde dichos mundos se comunican, donde se puede efectuar el tránsito del mundo profano al mundo sagrado”. Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano.

  Seamos o no fervorosos -yo por lo menos no lo soy o intento no serlo-, la tradición católica empapa, de forma más o menos evidente, nuestra vida cotidiana, nuestros saberes y nuestras éticas. No se pueden entender los valores que presiden la ciudad sin tener en cuenta cómo ciertos mitos y ritos han pervivido hasta nuestros días, buena parte de la arquitectura, el arte y la convivencia en el paisaje urbano. Evidentemente, la cosmogonía católico-occidental se ha ramificado con su paso por tiempos remotos y espacios incalculables. Las centurias y las geografías atestiguan esta heterogénea evolución.   La Biblia, por ejemplo, habla extensamente de la ciudad. Aunque, como es obvio, en la primera página esté omitida. El paraíso es un parque “natural” situado en el campo, un jardín inmaculado verde y próspero. El edén que florece en el Génesis es todo menos urbano. Empero, en la última página del Apocalipsis, el paraíso aparece como la ciudad nueva, perenne y universal. Del vergel a la metrópoli, del parque campestre al terreno urbano, como si el texto quisiera describir el largo y tortuoso viaje de la humanidad.   Ciudad y campo se enfrentan con periodicidad, como dos polos en tensión, dos extremos que se encuentran. Es la dialéctica por la que Dios hace pasar a su pueblo peregrino. El humano vivió, según esta alegoría, como un nómada -puro y piadoso- en búsqueda de medios para la subsistencia. Su entorno y él era compatibles, no competían. Surgieron posteriormente las civilizaciones, todas urbanas. Con ellas se desató toda “humanidad” pecaminosa y corrupta. Se perdió el estado de inocencia cuando nuestros antecesores comieron de la fruta prohibida y habitaron la ciudad desterrados de toda bienaventuranza. La ciudad encarnó la autodestructividad humana que se produjo con la expulsión de Adán y Eva. Sin embargo, el relato bíblico termina con la expectativa profética de convertir quiméricamente la ciudad en una obra magna, educadora y evangelizadora. La ciudad se viste de templo sacrosanto y de modelo para el paraíso. Una manifestación de estabilidad y de orden que simboliza la integridad y el ideal celestial. La ciudad se vuelve una herramienta para la conversión.   Se recurre a unas cuantas divisiones del Génesis, de los Evangelios y del Apocalipsis para ensamblar una ciudad sacralizada, en donde se narran las derrotas de los sujetos invasores -contaminantes- y la purificación de las ciudades-templo. También, de algún extracto de La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona, que da cuenta del por qué el Reino de Dios tanto en la tierra como en el cielo se concibe como una ciudad, una gran ciudad Celestial.    

FRAGMENTO A

Destrucción de Sodoma y Gomorra

En cuanto salió la aurora, dieron prisa los ángeles a Lot, diciéndole: “Levántate, toma a tu mujer y a las dos hijas que tienes, no sea que perezcas tú también por las iniquidades de la ciudad”. Y como se retardase, agarráronlos de la mano los hombres a él, a su mujer y a sus dos hijas, pues quería Yahvé salvarle, y, sacándolos, los pusieron fuera de la ciudad. Una vez fuera, le dijeron: “Sálvate; no mires atrás y no te detengas en parte alguna del contorno; huye al monte si no quieres perecer”. Díjoles Lot: “No, por favor, señores;" vuestro siervo ha hallado gracia a vuestros ojos, pues me habéis hecho el gran beneficio de salvarme la vida; pero yo no podré salvarme en el monte sin el riesgo de que me alcance la destrucción y perezca". Mirad, ahí cerca está esa ciudad en que podré refugiarme; es bien pequeña; permitid que me salve en ella: ¿no es bien pequeña? Así viviría.” Y le dijeron: “He aquí que te concedo también la gracia de no destruir esa ciudad de que hablas. Pero apresúrate a refugiarte en ella, pues no puedo hacer nada mientras en ella no hayas entrado tú”. Por eso se dio a aquella ciudad el nombre de Soar. Salía el sol sobre la tierra cuando entraba Lot en Soar, e hizo Yahvé llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yahvé desde el cielo. Destruyó estas ciudades y toda la hoya, y cuantos hombres había en ellas, y hasta las plantas de la tierra. La mujer de Lot miró atrás, y se convirtió en un bloque de sal. Levantóse Abraham de mañana y fue al lugar donde había estado con Yahvé, y, mirando hacia Sodoma y Gomorra y toda la hoya, vio que salía de la tierra una humareda, como humareda de horno. Cuando destruyó Yahvé las ciudades de la hoya, se acordó de Abraham, y salvó a Lot de la destrucción al aniquilar las ciudades donde habitaba Lot.

(Génesis 15:1-38)

FRAGMENTO B

Expulsión de los vendedores del templo

Estaba próxima la Pascua de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, de ovejas y de palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo de cuerdas un azote, los arrojó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes; derramó el dinero de los cambistas y derribó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad de aquí todo esto y no hagáis de la casa de mi Padre casa de contratación”. Se acordaron sus discípulos que está escrito: “El celo de tu casa me consume.” Los judíos tomaron la palabra y le dijeron: ¿Qué señal das para obrar así? Respondió Jesús y dijo: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”. Replicaron los judíos: Cuarenta y seis años se han empleado en edificar este templo, ¿y tú vas a levantarlo en tres días? Pero El hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había dicho.

(Juan 2:13-22)

FRAGMENTO C

Me trasladó el espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas doce Ángeles y nombres grabados que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente, tres puertas; al norte tres puertas, al mediodía tres puertas, al occidente tres puertas. La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero.

(Apocalipsis 21:10-14).

FRAGMENTO D

Por qué la Ciudad celestial viene a estar en paz con la Ciudad terrena y por qué en discordia.

La casa de los hombres que no viven de la fe procura la paz terrena con los bienes y comodidades de la vida temporal; mas la casa de los hombres que viven de la fe espera los bienes que le han prometido eternos en la vida futura, y de los terrenos y temporales usa como peregrina, no de forma que deje prenderse y apasionarse de ellos y que la desvíen de la verdadera senda que dirige hacia Dios, sino para que la sustenten con los alimentos necesarios, para pasar más fácilmente la vida y no acrecentar las cargas de este cuerpo corruptible, ‘‘que agrava y oprime al alma’’. Por eso el uso de las cosas necesarias para esta vida mortal es común a fieles o infieles y a una y otra casa, pero el fin que tienen al usarlas es muy distinto.

También la Ciudad terrena que no vive de la fe desea la paz terrena, y la concordia en el mandar y obedecer entre los ciudadanos la encamina a que observen cierta unión y conformidad de voluntades en las cosas que conciernen a la vida mortal. La Ciudad celestial, o, por mejor decir, una parte de ella que anda peregrinando en esta mortalidad y vive de la fe, también tiene necesidad de semejante paz, y mientras en la Ciudad terrena pasa como cautiva la vida de su peregrinación, como tiene ya la promesa de la redención y el don espiritual como prenda, no duda sujetarse a las leyes en la Ciudad terrena, con que se administran y gobiernan las cosas que son a propósito y acomodadas para sustentar esta vida mortal, porque así como es común a ambas la misma mortalidad, así en las cosas tocantes a ella se guarde la concordia entre ambas Ciudades. Pero como la Ciudad terrena tuvo ciertos sabios, hijos suyos, a quienes reprueba la doctrina del cielo, los cuales, o porque lo pensaron así o porque los engañaron los demonios, creyeron que era menester conciliar muchos dioses a las cosas humanas, a cuyos diferentes oficios, por decirlo así, estuviesen sujetas diferentes cosas; a uno, el cuerpo, y a otro, el alma; y en el mismo cuerpo, a uno la cabeza y a otro el cuello, y todos los demás a cada uno el suyo. Asimismo en el alma, a uno el ingenio, a otro la sabiduría, a otro la ira, a otro la concupiscencia; y en las mismas cosas necesarias a la vida, a uno el ganado, a otro el trigo, a otro el vino, a otro el aceite, a otro las selvas y florestas, a otro el dinero, a otro la navegación, a otro las guerras, a otro las victorias, a otro los matrimonios, a otro los partos y la fecundidad, y así a los demás todos los ministerios humanos restantes, y como la Ciudad celestial reconoce un solo Dios que debe ser reverenciado, entiende y sabe pía y sanamente que a él solo se debe servir con aquella servidumbre que los griegos llaman latria, que no debe prestarse sino a Dios, sucedió, pues, que las leves tocantes a la religión no pudo tenerlas comunes con la Ciudad terrena, y por ello fue preciso disentir y no conformarse con ella y ser aborrecida de los que opinaban lo contrario, sufrir sus odios, enojos y los ímpetus de sus persecuciones crueles, a no ser rara vez cuando refrenaba los ánimos de los adversarios el miedo que les causaba su muchedumbre, y siempre el favor y ayuda de Dios.

Así que esta ciudad celestial, entre tanto que es peregrina en la tierra, va llamando y convocando de entre todas las naciones ciudadanos, y por todos los idiomas va haciendo recolección de la sociedad peregrina, sin atender a diversidad alguna de costumbres, leyes e institutos, que es con lo que se adquiere o conserva la paz terrena, y sin reformar ni quitar cosa alguna, antes observándolo y siguiéndolo exactamente, cuya diversidad, aunque es varia y distinta en muchas naciones, se endereza a un mismo fin de la paz terrena, cuando no impide y es contra la religión, que nos enseña y ordena adorar a un solo, sumo y verdadero Dios.

Así que también la Ciudad celestial en esta su peregrinación usa de la paz terrena, y en cuanto puede, salva la piedad y religión, guarda y desea la trabazón y uniformidad de las voluntades humanas en las cosas que pertenecen a la naturaleza mortal de los hombres, refiriendo y enderezando esta paz terrena a la paz celestial. La cual de tal forma es verdaderamente paz, que sola ella debe llamarse paz de la criatura racional, es a saber, una bien ordenada y concorde sociedad que sólo aspira a gozar de Dios y unos de otros en Dios. Cuando llegáremos a la posesión de esta felicidad, nuestra vida no será ya mortal, sino colmada y muy ciertamente vital; ni el cuerpo será animal, el cual, mientras es corruptible, agrava y oprime al alma, sino espiritual, sin necesidad alguna y del todo sujeto a la voluntad. Esta paz, entretanto que anda peregrinando, la tiene por la fe, y con esta fe juntamente vive cuando refiere todas las buenas obras que hace para con Dios o para con el prójimo, a fin de conseguir aquella paz, porque la vida de la ciudad, efectivamente, no es solitaria, sino social y política.

(Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios. Libro XIX, Capítulo XVII)

 

  Por lejanas que nos puedan parecer las épocas bíblicas, se revitalizan cuando se asoman patrones que marcan el modo en qué se comprenden y se viven las ciudades contemporáneas. Quizá -este “quizá” que tanto cautivaba a Nietzsche para protegerse de las verdades y para dar paso a la incertidumbre y a la posibilidad- la tradición siga ahí, voluntaria o involuntariamente, afligiendo la concepción, la práctica y la experiencia de ciudad.   La ciudad bíblica oscila entre la utopía y la distopía, la ciudad de dios y la ciudad pagana, que al fin y al cabo terminan siendo la ciudad perfecta y la ciudad anómala. Las dos ciudades son también una grafía del combate que se vive hacia el interior del "ser" cristiano, entre la pureza del espíritu y la degradación de la carne.   Estas páginas dan cuenta de otras ciudades, que son en parte reales y en parte ficcionadas: el Arca de Noé, ciudad hidráulica y flotante; la Torre de Babel, ciudad erguida, cosmopolita y caótica; Babilonia, ciudad botánica y suspendida; la Egipto de Ramsés II, ciudad prisión, esclavista y déspota. También de unas cuantas ciudades exuberantes con prístinos palacios de oro y plata; y de ciudades móviles e itinerantes, que si bien no están “emplazadas”, recorren áreas innumerables en su éxodo. Ciudades castigadas, ciudades sacrificadas, ciudades bendecidas, ciudades abandonas, ciudades reformadas. Ciudades artificiales, ciudades exclusivas, ciudades contagiadas y adolecidas, ciudades teratológicas, etc…    

 [VIAJE DE RETORNO]

 
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Blog fragmentario e inconcluso, obra en constante cimentación. Espacio de montaje y lectura sobre la contemporaneidad urbana, los pequeños ardides que agitan la vida y los registros escriturales que narran el mundo metropolitano. Atravesado por la incompletitud. Evita lo definitivo, lo definido. Borrador digital, versión preliminar, acertijo sin resolver.
Luis Durán Antropólogo Antropólogo urbano costarricense, imbuido y atormentado por el torbellino bogotano. Cree ciegamente que las ciudades, como los sueños, están hechas de deseos y miedos.
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