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La vida era la pantalla
ESCRITO POR
Ana María Trujillo
Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.

DON CA

Mi inminente regreso al país después de haberme proyectado largos años por Europa me hizo valorar un hecho fundamental: lo poco que conocía Colombia, las interminables geografías y recodos que este país me reservaba. Al comenzar a recorrerlo la evidencia del increíble abismo que existe entre esas realidades y la vida de espejismos de Bogotá me resultó abrumadora. Esa vasta mayoría invisibilizada, que existe sin que las preocupaciones cotidianas de las grandes ciudades se percaten, era la verdadera médula del país. 

Son pocos quienes se aventuran lejos de las rutas turísticas de siempre, porque implica, entre otras cosas, mandar al traste el confort de un mundo que valora el lujo, la asepsia, la facilidad de las transacciones plásticas, los centros comerciales. Así que para aquellos con la curiosidad suficiente y disposición aventurera escasa, probablemente una de las mejores opciones para recorrer esos rincones remotos sea ver documentales. 

Afortunadamente no debemos conformarnos con los documentales periodísticos de la televisión o los formatos tipo Discovery Channel; el género documental es riquísimo en estilos y ha complejizado muchísimo sus formas. Si aún persisten lugares comunes al respecto entre el ‘público no especializado’, esto se debe a que las grandes salas no le apuestan y por ello los circuitos de distribución y exhibición son muy reducidos. Pero de un tiempo para acá, aún con ciertos reparos y una lógica comercial en mente, las salas colombianas están comenzando a proyectar documentales. 

Hace unas semanas, Priscila Padilla nos llevaba al corazón de un ritual guajiro con La eterna noche de las doce lunas; a partir de hoy, Patricia Ayala nos revela un refugio en el Pacífico, cerca de Guapi, donde Don Camilo decidió establecerse lejos de sus orígenes de alto abolengo payanés para vivir privilegiando la libertad de desear y necesitar menos. Dice la directora que al conocerlo supo que era el personaje que necesitaba: un hombre blanco viviendo en medio de negros con lo mínimo, desempeñándose en mil oficios. No es del todo colono, ni antropólogo, ni mesías, ni buen samaritano, aunque tenga un poco de todo eso. La película muestra a un hombre con aciertos y contradicciones como cualquier otro, que un día, siendo niño, defendió a la empleada de servicio de un ataque de furia de su abuela, quien le sentenció que iba a morir entre negros. Él cuenta la historia y sonríe complacido.

Dice Patricia Ayala que su intención era hacer un retrato de Camilo y que al hacerlo podía hablar de la libertad. Pero desde mi perspectiva, ese objetivo directo no está muy bien logrado. El personaje, que sin lugar a dudas tiene mucho que contar, que podría ser extraordinario, no queda reflejado con contundencia. En cambio, las historias tangenciales a la suya soportan los elementos clave de la película. Como todo en este país, la historia se ve permeada por el conflicto armado, y a la vez hay un testimonio de esos efectos secundarios de la modernidad, que tarde o temprano con todo arrasa: los paraísos se pierden. La aventura misma que supone entrar a filmar a Don Camilo -de aprender a mirar su mundo, su rutina, sus días - puede terminar siendo un pretexto o un gancho para desentrañar un territorio con sus santos, sus fantasmas, sus ritos y fiestas, su riqueza y sus amenazas. 

Mirar sin juzgar y componer las piezas que mejor comuniquen lo que uno quiere decir no es fácil. Por eso los documentales suelen ser trabajos de años, y en sentido estricto de nunca acabar, porque siempre nos dicen nuevas cosas, porque lo que el realizador quiere decir probablemente cambia, se pule. Y ese proceso de tallado que es editar la vida en audiovisual es arduo. Admirar un documental por eso que cuenta y por todo lo que hay detrás del proceso es una responsabilidad del público.

Si no todo documental es bueno, todos, en principio, tienen algo que decir. Digo con satisfacción que es una película que vale ir a ver porque sin ser magistral cuenta muchas cosas y está bien producida, presenta el mismo drama nacional de una manera nueva, fresca, se introduce en el corazón del pueblo y la idiosincrasia que cautivó a un hombre que contra todo pronóstico y toda “lógica” dejó los lujos de su vida perfectamente acomodada para ser feliz zambulléndose en un río o paseando con su pequeña miquita Micaela. Y por supuesto, porque quienes quieran conocer un poco más de Guapi sin moverse de la comodidad aparente de la ciudad, a través de esta historia pueden hacerlo.

 
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La vida era la pantalla
Cuando la función de 'entretenimiento' se desdibuja y el cine conmueve, enseña, motiva y enamora. Reflexiones y delirios alrededor de las imágenes en movimiento y el universo que las contiene.
Mad Muasel Se obsesiona aleatoriamente con autores y géneros, en particular con la Nueva Ola francesa.
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