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La vida era la pantalla

LA ETERNA NOCHE DE LAS DOCE LUNAS

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De «La eterna noche de las doce lunas» guardo la primera secuencia, en la que una niña wayúu -Pili- vestida con una manta rosada, trepa un árbol sin hojas que se mece con el viento. A lo lejos se alcanza a ver el cielo gris con unos nubarrones cargados de agua. Se avecina una tormenta y Pili debe recoger leña para la fogata que ayudará a ahuyentar la lluvia. Pero de nada sirven las plegarias sopladas al viento ni el fuego encendido para espantarla.

Pronto los sonidos de las gotas cayendo en la tierra seca, el viento rozando los chamizos y pastizales, los truenos anunciando la tempestad, resuenan en nuestros oídos y en el paisaje guajiro que se irá transformando. Inundaciones, lodo, agua corriendo por las casas y hasta las rodillas hacen parte del paisaje en el que Pili inicia la preparación para su encierro.

El encierro es un ritual de paso cada vez menos frecuente entre los wayúus. Cuando lo hacen es por un periodo muy corto -una semana o un mes máximo-, por eso el caso de Pili, que duró encerrada doce lunas, 365 soles y una precipitación –un año en nuestro calendario-, es una rareza. Esta práctica se hace después de que a las niñas les llega su primera menstruación. En ella, se busca que la niña en la soledad del encierro aprenda a ser una mujer adulta y afiance todos los valores dictados por la tradición wayúu.

Del encierro me quedan imágenes de Pili acostada en su chinchorro, inmóvil como una momia, con una tela naranja cubriéndola. Al principio, esta misma tela hace de cortina entre la cámara y la niña, poniendo en evidencia, por un lado, la restricción para los que no son invitados a tener contacto con ella, y por otro, el nivel de intimidad de la práctica y en ese sentido el enorme valor que tiene el documental al abordarla de manera tan respetuosa. Casi al final del encierro, la tela naranja se convierte en una manta que le sirve a la niña de vestimenta al pasar de la quietud a la movilidad. De este tránsito conservo imágenes del proceso en el que Pili aprende a tejer: ella acurrucada cantándole con sus dedos al telar, o en sus palabras “aprender a tejer era como aprender a hacer música con los dedos”; en las noches en vela y de luna llena como buscando una suerte de compañía, Pili trenzando su tejido siempre tan colorido. Por último, me queda la fortaleza y tenacidad, la madurez y dulzura de Pili, una wayúu que ante mis ojos sigue siendo una niña pero con un nuevo nivel de consciencia sobre su papel como mujer y su rol con su comunidad.

Les extendiendo la invitación para que vayan hoy 16 de agosto al estreno de «La eterna noche de las doce lunas», un documental de Priscila Padilla:

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   Por Maria Paula Gutiérrez - Maria Paula Gutierrez

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Cuando la función de 'entretenimiento' se desdibuja y el cine conmueve, enseña, motiva y enamora. Reflexiones y delirios alrededor de las imágenes en movimiento y el universo que las contiene.
Mad Muasel Se obsesiona aleatoriamente con autores y géneros, en particular con la Nueva Ola francesa.
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