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La vida era la pantalla

BAFICI 2013

  Por Juan Pablo Franky     Durante el mes de abril el cinéfilo que se encuentra en Buenos Aires recibe una oleada de estrés y de euforia en dosis similares. La razón: el festival de cine independiente de Buenos Aires, conocido como BAFICI. Desde que la programación comienza a viajar por la red hasta el momento en que anuncian la venta anticipada de entradas, la fauna festivalera se descoloca emocionalmente al recordar la imposibilidad de ver todas las películas que un cinépata desearía ver, en un festival que ofrece más de 400 películas.      Aunque el festival sea un evento imponente, durante el BAFICI uno tiene la impresión de que la gente puede reducirlo a unas cuantas palabras. El verbo ‘Descubrir’ resulta ser el que más duro se oye en los pasillos, como si hiciera parte del estribillo de una canción pegajosa, ya que gran parte de la programación del festival está dedicada a las óperas primas y a películas pequeñas que provienen de países con poca o inexistente industria cinematográfica. El verbo ‘Recuperar’ logra ganarse un lugar en las letanías festivaleras, pues junto a esa estampida de películas desconocidas está la muestra de clásicos, retrospectivas y aquellas películas que no circulan con facilidad y por las cuales el cineadicto empeñaría a su madre para verlas en 35 mm. A estos verbos le podríamos sumar el adjetivo ‘Imperdible’, y nuestra tonada festivalera, basada en loops, estaría más que lista; hablamos de las nuevas obras de los directores canónicos contemporáneos, aquellos que ganan una y otra vez los grandes festivales y de quienes siempre estamos esperando su nueva obra, o de aquellas películas que resultan ser ovnis pues no se sabe muy bien de dónde salieron pero resultan ser joyas inclasificables. Entre tan desmedida oferta, enfrentarse a la programación del BAFICI es algo que genera estrés.       Cada quien enfrentará su estrés mediante decisiones variopintas, dependiendo del bolsillo y los horarios de cada rutina. Personalmente, desde hace unos años he decidido que el festival me lleve a su gusto, eliminando de entrada películas que se dan en salas a las que no iré y enfocándome en las funciones para prensa. De esta manera pierdo películas importantes pero me curo en salud.     Por lo anterior, hacer un balance del festival resulta una tarea absurda, siendo más congruente hablar de mi festival, de cuales películas descubrí, recuperé y me parecieron imperdibles.     En mi festival el mayor descubrimiento fue The act of killing de Joshua Oppenheimer (Vea el trailer aquí). No dudo que se escribirán ensayos filosóficos, libros enteros y análisis minuciosos sobre ella. Al salir de la sala uno siente que asistió a un acontecimiento cinematográfico histórico. Podría no ser tan hiperbólico y más medido con mis comentarios, si no fuera porque todas las personas con las que hablé después de la proyección compartían esta idea. Oppenheimer filma un documental sobre asesinos del grupo paramilitar indonesio Pancasila, los cuales hoy en día son vistos casi como héroes en un país que naturalizó la violencia paramilitar y nunca tuvo un proceso de reparación hacia las víctimas del conflicto. El documental se basa en la elaboración de una película por parte de los paramilitares, quienes buscan dejar un legado que ayude a la memoria del pueblo, contando cómo fue llevada acabo su sistemática carnicería. Uno esperaría que estos asesinos fueran increpados por sus actos, pero Oppenheimer no los juzga, sino que los acompaña en el proceso de filmación en el que recrean las torturas y los asesinatos que llevaron a cabo. El director no señala, indaga desde el registro imparcial al ser humano en su complejidad, aunque uno de los protagonistas termine por dudar de sus actos, otro se mantenga como un roble en sus convicciones y un tercero siga siendo el perro colérico que sigue órdenes sin preguntarse por sus consecuencias. Una película imposible de reseñar con justicia y de incalculables alcances humanos. Una película que entra dentro del ‘Descubrir’ pero que se cola junto a lo ‘Imperdible’.   Si hay un placer comparable al de descubrir una película en un festival, ese es el de ‘Recuperar’ una y darse cuenta de que su popularidad no era gratuita. Parapalos de Ana Poliak, gran ganadora del BAFICI del 2004, se dio gracias al Foco FIPRESCI x 15, dedicado a películas argentinas que marcaron la historia del Festival. La película se inmiscuye en la cotidianidad de Adrian, un joven que llega a Buenos Aires buscando un futuro y consigue trabajo levantando y acomodando bolos en una bolera antigua. La película se construye en el “backstage” de la bolera, dándole prioridad al espacio del trabajador que es invisible para el jugador. Un microcosmos en el que se presenta un trabajo arduo y monótono como los trabajos propios de la era industrial. La vida de Adrian se limita a su desempeño en la bolera y a pequeños y agradables encuentros con su prima al volver, en la madrugada, de su trabajo. Una película que exprime las posibilidades de presentar un espacio de manera ingeniosa, sin por eso abusar de las posibilidades de la cámara y, como toda gran obra, llena de detalles que construyen el mundo que nos presenta  de manera delicada. Aunque pueda pasar por una película aburrida, su parsimonia hace parte del respeto por su personaje y de la vida que lleva siendo consecuente con una realidad digna de ser compartida. Una película que se enriquece de manera sorprendente al ser pensada y que siendo una película que recuperé, es al mismo tiempo un gran descubrimiento para todos aquellos que la vemos por primera vez.  
   

parapalos ana poliak bafici

      Si había una película imperdible para mí, esa era Stemple Pass  del exquisito James Benning. Desde hace años el BAFICI ha venido presentado la obra de este director único. En esta ocasión la apuesta de Benning parecía más arriesgada que sus predecesoras, y eso es mucho decir acerca de un director que construye sus películas solamente con planos fijos, por ejemplo del cielo o de carreteras norteamericanas. Stemple Pass es el punto más alto en la carrera de James Benning y al mismo tiempo su obra más osada. Un mismo plano filmado durante cada una de las estaciones del año, de una duración de media hora cada uno y acompañado por una voz en off de los textos de Theodore John Kaczynski, el matemático ermitaño que se ganó el sobrenombre del Unabomber por haber mandado paquetes explosivos a universidades y aerolíneas durante más de quince años. Benning hace un “panfleto” guerrillero en el que la imagen de un bucólico bosque se vuelve paradójica con los textos de un hombre que ve en la tecnología al anticristo, que incita a enfrentarla porque nos está quitando nuestro costado más humano.     Como todos sus trabajos, este está calculado hasta la médula. Encuadrar es para Benning un problema tanto racional como sensible, no es una decisión arbitraria. Desde la duración de los cuatro planos, pasando por el orden que les impone y la imagen en movimiento que captura, todo está medido en sus interacciones y posibilidades. La imagen se presenta junto a un texto que la pone y nos pone en cuestión. Es muy diferente dejar un plano que se valga por si solo durante media hora, a acompañarlo con un texto que lo cuestiona, lo complejiza, lo magnifica,  lo transfigura frente a nuestros ojos. Esta película no solo es imperdible;  es un descubrimiento que habrá que recuperar cada vez que sea posible.
   

   

 
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Cuando la función de 'entretenimiento' se desdibuja y el cine conmueve, enseña, motiva y enamora. Reflexiones y delirios alrededor de las imágenes en movimiento y el universo que las contiene.
Mad Muasel Se obsesiona aleatoriamente con autores y géneros, en particular con la Nueva Ola francesa.
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