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La vida era la pantalla

VOYEZ-VOUS FRANÇAIS?

 

  Lo reconozco: tengo un carácter obsesivo compulsivo que se activa cuando algo captura mi atención. En el momento en el que quise tomarme el cine en serio –esto es, como algo más que un artificio de domingo, como algo capaz de tocar fibras e interpelar y conmover-, caí en los laberintos del cine francés: lugar común cinéfilo para muchos al que yo, sin embargo, llegué por pura asociación de mi aprendizaje lingüístico.   Con esto quiero decir que como fue el francés pudo haber sido cualquier otro. Pero a la final cine y lengua me resultaron gratamente seductores, con sus pronunciaciones hiperbólicas que nuestro oído cultural eleva a epítome del romance, el glamour, de l’élégance de Paris. Cine y lengua son igual de enrevesados, favorables a los juegos verbales, a las figuras retóricas. Así como en francés deleita hasta el insulto, en una gran cantidad de sus películas cada plano es susceptible de volverse un cuadro, una postal, una imagen memorable. Aclararé que al hablar de ‘cine francés’ solo puedo referirme a  ‘mi cine francés’, ese que hasta el momento he conocido. Son en realidad, más que las películas, los directores made in France que han potenciado en mis horas frente a la pantalla un exquisito goce contemplativo.   Con Truffaut, por ejemplo, aprendí que pesa más la voluntad que la instrucción, que la fuerza de una película es la sinceridad con la que se imagina, se manufactura y se entrega; Godard, por su parte me enseñó a desdeñar los cómos prolijos, a confiar en la fuerza de lo que hay frente al lente sin tantos reparos, a no hacerle concesiones a nadie (ni siquiera a uno mismo); Rohmer, a filmar la palabra y a hacer del encuadre un arte; Resnais, a saber posible hacer películas tan laberínticas como los pensamientos; Chris Marker, que la integridad, la ética y el criterio pueden traducirse en imágenes; Philippe Garrel a contar el amor en blanco y negro, a plasmar su fuerza, su insolencia, su transitoriedad.   En términos generales, mi cine francés me ha enseñado que las películas que me calan hasta el alma no son necesariamente súper producidas; son súper pensadas, son películas que se hacen para comunicar algo que de una u otra forma resulta imprescindible.   Por eso el Festival de cine francés es para mí un deleite. Quince días en los que obsesivos como yo podemos acudir frenéticamente a las salas a perdernos en los pantallazos que nos transportan a otros tiempos. Recomiendo sobre todo los bocados retrospectivos -no por desdeñar lo nuevo, sino por la eterna nostalgia de lo que fue y que aún se conserva-. Hay algo maravilloso en sentarse a ver las películas de Jean Renoir que François Truffaut observó religiosamente hace casi medio siglo.   El Festival es una de las mejores oportunidades que nos reserva cada año la posibilidad de ver cine que no veríamos de otra manera. Del lado del Festival, una oferta amplia (para antojarse). Del lado de cada espectador, la decisión o el azar de escoger esa película que lo enganche.  

CINCO SUGERENCIAS

  Sin techo ni ley (Sans toit ni loi, Agnès Varda )   Oh, Sandrine. La divina impermanencia. Clásica, poderosa. Agnès Varda: te agradeceré toda la vida esta película. El agridulce acto libertario.   El misterio Picasso (Le mystère Picasso, H.G. Clouzot)     Impacientes abstenerse. La película es un acto de contemplación, adentrarse en la construcción de formas de Don Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso requiere de la misma concentración y la misma minucia que emplea el artista.   El Infierno (L’enfer, Claude Chabrol)       ¿En qué momento los celos pasan de ser un gesto del amor que se siente por alguien para convertirse en una dañina obsesión casi surrealista? Claude Chabrol examina los demonios que giran alrededor de esa mutación macabra que opera cuando la propiedad privada es condición de las relaciones de pareja.   El nacimiento del amor (La naissance de l’amour, Philippe Garrel)   Seleccionada por el omnipresente Marlon Moreno en la sección ‘Carte Blanche’ del festival. Garrel es un maestro del blanco y negro, del amor y sus irresolubles contradicciones.   Pierrot  el loco (Pierrot le fou, Jean- Luc Godard)   Para todos los que quieren conocer a Jean Luc Godard y no han sabido por donde atreverse, no hay como zambullirse en este estallido de color, aventura y amor de loca juventud con Anna Karina y Jean Paul Belmondo.   Consulte la programación del Festival en http://www.cinefrancesencolombia.com/     
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La vida era la pantalla
Cuando la función de 'entretenimiento' se desdibuja y el cine conmueve, enseña, motiva y enamora. Reflexiones y delirios alrededor de las imágenes en movimiento y el universo que las contiene.
Mad Muasel Se obsesiona aleatoriamente con autores y géneros, en particular con la Nueva Ola francesa.
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