I.LETRADA.CO | La vida era la pantalla | FICCI, DÍA 2: FRONTERAS ENTRE LA ALCOHOLEMIA Y LA CINEFILIA
La vida era la pantalla
ESCRITO POR
Ana María Trujillo
Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.

FICCI, DÍA 2: FRONTERAS ENTRE LA ALCOHOLEMIA Y LA CINEFILIA

Todos los festivales de cine se parecen en lo esencial: una horda flotante de foráneos se toma una ciudad por unos días y recorre sus calles principales con una credencial colgada al cuello. Son pocos los que deambulan solitarios, pero los hay. Una selecta minoría se encuentra una y otra vez en las proyecciones "imperdibles", funciones algo exigentes de películas contemplativas de 3 horas de duración a las 9 de la noche. La gran mayoría está en la loable labor de agotar el expendio de cerveza local. Si además ese festival queda en una ciudad como Cartagena, se sobreentiende que un alto porcentaje de sus asistentes está: a) intentando goterear shots de vodka y gulupa en las fiestas de RCN, Caracol y Tv y Novelas; b) tocando insoportables canciones de Mauricio y Palo de Agua a punta de ron Medellín en la plaza de la iglesia de Getsemaní; c) eternamente parados a la entrada de Quiebracanto, levantando morena o argentino; d) amaneciendo en fiestas de desconocidos, despertándose a las 3 de la tarde y contentándose con la programación de vespertina en adelante.

Yo siempre he creído que hay que encontrar un equilibrio entre la cineñoñez y la necesidad de fiesta. El primer día se lo dejo a los faranduleros y me voy tranquilamente a la casa. Eso me permite comenzar el festival el día 2 con cierta conciencia y propósito. Hay tantas posibilidades que si uno no hace un examen minucioso o se deja llevar a puro ritmo de azar, se pierde. Un poco agobiada por las opciones decidí algo que en principio había descartado: alejarme del circuito centro del Festival y llegar en bus al centro comercial Caribe Plaza. 6 salas y programación constante donde se proyectan algunas de las películas en competencia y las retrospectivas. Saliéndome de las puntuales recomendaciones que solicité a los que saben, decidí asomarme a la obra de un director que me era totalmente desconocido y que es uno de los invitados especiales del FICCI. Se llama John Sayles. Además de haber escrito y dirigido una veintena de películas, Sayles es psicólogo y escritor, y un nombre conocido y respetado por la crítica en el cine independiente norteamericano.

La de Sayles es una de las 4 retrospectivas que ofrece el Festival este año. Entré entonces a ver Lone Star, una película que explora de una manera muy bonita, acertada e inteligente el tema de las fronteras en un sentido amplio. Un pueblito de Texas es el escenario que sirve para recrear las relaciones y conflictos ideológicos de los afros, hispanos y gringos que lo habitan. Una entramada red de personajes sólidos y convincentes van hilvanando una historia que salta entre el pasado y el presente, entre la historia de un asesinato sin resolver y las pequeñas historias complementarias que enriquecen y a la final resultan fundamentales a la trama principal. Lo que queda claro es que “no hay frontera que divida a la gente buena de la gente mala”; no hay estereotipo que se mantenga, los clichés son destruidos con cincel, de manera sutil pero poderosa. Leo que la crítica proclamó a esta película como la más lograda del director: por ahora no tengo cómo saberlo. No es una obra magistral o alucinante, pero sí es impecable en sus detalles. Lindo descubrimiento que me lleva a la voluntad de explorar más en estos días.

En una grata coincidencia temática, salí de la sala rumbo al centro a la proyección de una gran recomendada, La jaula de oro. La película ha causado revuelo en todo festival que visita: ganó mejor película en Mar del Plata y Viña del Mar, el premio del público en Morelia, mejor director en Chicago y mejor reparto en Cannes, entre otros. Todo esto siendo la opera prima del director, Diego Quemada-Diez.

Creo, realmente, que si a alguien no le gusta esta película es un completo cretino. No se trata de absolutos cinematográficos o fanatismos sin fundamento; simple y contundente, la historia desgarra y las imágenes deslumbran. Impresionante el nivel de honestidad y de empatía que suscitan estos tres personajes en su travesía por Centro América rumbo al cruce ilegal a Estados Unidos, "la jaula de oro". En la película no nos son concedidas explicaciones o motivos; sencillamente se nos invita a padecer, a confrontar, a experimentar ese camino tan agridulce e imposible de reducir a un solo juicio. Así es, y miles de historias se pierden en ese trayecto que nace, se reproduce y muere en razón de la precariedad de varios sistemas y en la voluntad a veces absurda de varios humanos, en esa irracional capacidad de permear imposibles, vivir lo invivible y seguir adelante.

Lo bonito de los festivales de cine está en esa posibilidad de azares, contrastes y correspondencias. Pienso al ver estas dos películas en las mil maneras de contar una historia, y en esa advertencia de la escritora nigeriana Chimamanda Adichie: el peligro de que haya una sola. De estilos completamente diferentes, de ángulos, tonos e intenciones distantes, las dos películas a la final hablan de lo mismo. Sayles no busca –o en todo caso no logra- que el espectador se identifique, se conmueva, con sus personajes o su historia. Explora complejidades y busca armar una historia sólida, prismática, completa. Quemada-Diez, en cambio, me hizo lograr poner en palabras lo que en definitiva hace para mí una película memorable, absolutamente poderosa y transformadora: no mirar desde afuera eso que le está pasando al personaje, sino lograr, por un instante, ser ese personaje, enfrentarse a ese mundo que cuidadosamente se nos concede, entender el por qué le es a alguien vital e inapelable cruzar una frontera o hacer una película.

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La vida era la pantalla
Cuando la función de 'entretenimiento' se desdibuja y el cine conmueve, enseña, motiva y enamora. Reflexiones y delirios alrededor de las imágenes en movimiento y el universo que las contiene.
Mad Muasel Se obsesiona aleatoriamente con autores y géneros, en particular con la Nueva Ola francesa.
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