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El pintor de la vida moderna

LOS AMBULANTES DE LA SÉPTIMA

 

  Carrera Séptima y vendedores ambulantes parecen sinónimos. Y así en muchas calles de la ciudad en donde las ventas informales hacen simbiosis con los andenes, pero la Séptima tiene la particularidad de estar dedicada casi de lleno a las algomeraciones sin plan de contingencia.   Marx estaría bastante extasiado al ver todas las formas posibles de negociación de bienes que ocurren acá: desde aquellos con precios relativamente estables y sujetos al valor mínimo producido por las empresas capitalistas, hasta aquellas mercancías que no tienen un precio de mercado, casos en los que le corresponde a cada ciudadano asignarles un valor. Otras tienen precios estándar que no obedecen a la curiosidad, la compra de algo que a uno le parece ‘útil’, sino al hecho humano de librarse de una situación pesada: los mimos no sobrepasan los 200 pesos.  Y luego corra a quitarse la carita feliz. Mi mamá lleva dos chaquetas arruinadas por los adhesivos reutilizados, vueltos a la vida con quien sabe qué pegante.  

El sopor de la vida a la intemperie no es sólo una sensación de los vendedores, sino también de las personas que ya no saben qué hacer cuando a cada "no gracias" a un mimo, a un vendedor, a un habitante de la calle que pide una moneda, reciben a vuelta un insulto o cualquier forma de violencia simbólica no calculada. Todo en menos de 10 minutos. La Séptima es un espacio problemático (en grados muy diferentes y con consecuencias vitales mucho más fuertes para los que se sientan a vender que para los que transitan por ahí) para la vida en la ciudad, a pesar de las acciones positivas sobre  su administración. Es el referente por excelencia de lo que significa la vida urbana en Bogotá. Sin embargo el halo cultural de la Séptima da cabida a más cosas que al mero intercambio de mercancías. La lucha por el espacio y las formas de subsistencia en la informalidad abren el paso a productos culturales como la música, la elaboración de gráficas (dibujos, cuadros, graffitis efímeros con tiza en el suelo) y el movimiento del cuerpo. El espacio produce sus formas particulares de informalidad y la Séptima tiene la impronta cultural del centro de la ciudad. En la práctica, ahora hay al menos tres bailarines que imitan a Michael Jackson: dos de carne y hueso (uno lo hace bastante bien), y una marioneta bailarina que causa gracia. Esta última sólo la he visto de paso. Me parece el colmo que mientras dos hombres se aprenden la coreografía, se meten en el personaje y hasta hacen la mímica de la letra, un pedazo de caucho de movimientos azarosos resulte competencia.

El panorama musical lo completan dos salseros y cantantes de son cubano (sospecho que son esposos) y dos opciones de “música de culto”. Un dúo de jazz y cosas por el estilo se hace a media cuadra hacia el norte del Parque Santander (el del Museo del Oro); los veo casi todos los días y me he sentido fuertemente tentado a darles una contribución. Pero la otra de estas propuestas musicales me enerva. Se trata del hombre de pelo largo que se hace al frente del teatro Jorge Eliécer; me desespera su pelo en la cara, sus movimientos de genio violinista incomprendido que necesita ocultar su arte tras esa lacia cortina. Pero seguramente esa estrategia visual le asegurará un buen público. Yo, como dice el fragmento de la película de Almodóvar que sigue, ¡paso total!  

   

Pero hay un tipo de vendedor ambulante que, desde una perspectiva de lo público y lo privado, llama más mi atención. Se trata de los vendedores de líneas celulares, telefonía fija e internet. Representantes de instituciones capitalistas, seguramente asalariados con comisión por venta, se la pasan de un lado a otro ofreciendo tarjetas SIM, pregonando como cualquier otro vendedor, asaltando el espacio público con fines altamente comerciales. ¿Qué dirá el distrito o cualquier normativa al respecto? Por supuesto que ellos se sienten completamente distintos al resto de personajes de la Séptima, aunque lo que los separe sea acaso una cosa: un sueldo y un carnet. Por lo que sé, no existen conflictos y pugnas por los usos del espacio entre los ambulantes informales y estos ambulantes embajadores de empresas privadas. Conviven, sin preguntarse por las particularidades de cada oficio, pues al fin y al cabo trabajar en la calle ya representa una labor agotadora.  

Si tanto lío tiene la ciudad, su administración y un gran número de sus habitantes con la informalidad laboral expresada en la invasión del espacio público, ¿por qué no se retiran al menos a estos otros vendedores a los que no hay que sacar a la fuerza sino entablar una relación con las empresas a las que representan?   Yo prefiero ver el show de Michael Jackson que llevarme a la casa tres operadores de celular. No cualquiera, Claro.

 

 

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Blog sin identidad. Compilado de opiniones, fragmentos y pinceladas de superficies y profundidades (que a veces son lo mismo) para entretener y persuadir la mirada.
Eduard Fernando Salazar Sociólogo A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.
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