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El pintor de la vida moderna

YO SÍ SOY GRILLERO

  Gran parte de la música existente está y ha estado relacionada con el baile. Las aproximaciones académicas o musicológicas suelen omitir una categoría popular, “suena bailable”, por privilegiar aspectos técnicos, históricos y, por supuesto, los entramados de clase, sexo, dominación y un gran etc., que suelen ser aburridos y demasiado correctos. Yo tengo un gusto musical muy genérico, y mi primer filtro para escuchar suele ser lo que está de moda, lo que habla sucio, lo que suena latino, fiestero y que diga de tangas, cachos, celos, amores y amistades peligrosas. Muchos de mis amigos me tildan de ordinario, de moderno hipster, y a mucho desconocido le parece inverosímil que alguien dedicado a los libros y a las letras tenga como ringtone “El baile del gorila” o “El baile del perrito”. Que sea un fan enamorado del merengue, como Servando y Florentino. Pero también otros tantos de mis amigos idolatran pasar las fiestas con merengue, reggaetón y champeta. No sé si estos ritmos constituyan el principal acervo de su conocimiento musical, como lo es para mí. Incluso recuerdo que en cuarto de primaria, cuando teníamos que hacer la fono-mímica de alguna canción, mis compañeros y compañeras cantaron pop, baladas o rock en español (no faltó Maná, Héroes del Silencio, Mago de Oz y otras irresponsabilidades de padres indelicados), mientras yo brillaba con “El Venao” de Los Cantantes.  

El año pasado Shakira lanzaba el CD que contenía canciones como Rabiosa y la muy popular “Loca”. Todos dicen que es un atropello al pasado de su música de Pies descalzos, que es peor que su incursión al mercado angloparlante, pero ¿acaso estas canciones no comparten una tonalidad, letras y esencias similares a las del merengue dominicano, colombiano, panameño y venezolano de los años ochenta y noventa? Es el merengue el que desde hace años, décadas, viene entendiendo de la mano del complejo sistema de producción musical, el asunto de la hibridación  cultural. Aunque sus orígenes son bastante populares, a los oídos contemporáneos el merengue de los años treinta o cincuenta sonaría altamente elaborado, más cercano a las raíces tradicionales de la música tropical de baile de salón, que a los más conocidos merengue hip-hop, merengue pop, merengue rap, merengue dance y hasta electromerengue. Pero mejor que la acuosa aparición merenguera de Shakira, es sin duda la siempre inmortal Lisa M. Para quien no la conozca, esta es su oportunidad de saber de la existencia de una mujer antecesora de Ivy Queen, bailarina de Vico C (ahora cristiano…), rapera merenguera nacida en Puerto Rico bajo el signo de Capricornio, como yo. A Lisa M poco le importa la dominación masculina, los estereotipos de belleza: tiene claro que le gustan los hombres altos, sin hijos, que sepan que ella es la reina, que guarden la distancia: “No te me pegues que no es ningún bolero”.   

Su baile, al igual que el de Diveana, Las chicas del Can o Natusha, nada tiene que envidiarle a los vestuarios y a las coreografías del pop estadounidense. El merengue, mercadillo de estilos musicales, creó una estética pop con ritmos caribeños que también se vale del cuero, los brillantes y las transparencias. Ver un vídeo de alguna de ellas es recrear con movimiento de caderas, hombros y pies (todo al tiempo), las coreografías de Madonna y sus colegas. El merengue no es solamente el 'baile de tía' que los colombianos tenemos dibujado en la cabeza. En las décadas anteriores fue todo un armazón coreográfico y de indumentaria hecho para las masas juveniles populares. Quizás en Venezuela, Panamá o Puerto Rico este hecho masivo, popular y juvenil pudo sentirse más intenso porque una cierta homogeneidad climática permite sentir la música de una manera particular.  

Y por supuesto, si hablamos de las décadas doradas del merengue, los ochentas y los noventas, no podemos dejar de traer a grupos como Los Fantasmas del Caribe, los Hermanos Rosario, la orquesta de Quinito Méndez, el inmortal Proyecto Uno y los autores de la posiblemente menos gomela de las canciones del mundo, los Tupamaros. Además de sus canciones (máquinas de sudar), sus letras (cofres dorados de sabiduría en el amor y en la vida urbana), los merengueros dejaron videos y presentaciones musicales llenas de efectos en espiral, desvanecimientos y centenares de muchachas tristes aclamando por un beso, que a la postre solidifican la imagen cultural de los noventas como un collage de fragmentos de lo popular. Creo, temerariamente, que si bien el pop dejó grandes clásicos en los ochentas, su década fue la de los años noventa. El reinado noventero le pertenece al reformulado merengue industrializado, que al fin de cuentas contiene también al pop y a la balada romántica, pero con tres vueltas y dos ochos por cada coro.  

Mientras el merengue sigue produciendo insignes canciones como “A dormir junticos” de Eddy Herrera,  hay muchos que siguen en sus casas sin aprender a bailar, sin disfrutar del Amor Sincero de Márbel (antes del Factor X era Marbelle), pensando que la Primera de Mayo es un lugar tenaz y gastando una fortuna calentando las sillas de alguna cervecería  con partidos de fútbol en la ochenta y algo.

 

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Eduard Fernando Salazar Sociólogo A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.
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