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El pintor de la vida moderna

MADONNA, SOY ADICTO A TUS PECADOS

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  Fue desde los tiempos de San Gregorio Magno (540-604) que la iglesia católica definió el top siete de los orígenes de los vicios humanos, los pecados capitales. Como lo hacen las organizaciones para garantizar el control hacia sus subalternos, el catolicismo ha enlistado las siete conductas límite de la degenerada capacidad humana para desear en exceso, para contravenir el orden conveniente a la moral: pereza, ira, gula, avaricia, soberbia, lujuria y envidia.  

La célebre obra poética de Dante Alighieri, La Divina Comedia, presenta en la parte titulada El Purgatorio los siete pecados capitales como círculos de condenación de cada una de aquellas conductas. Hombres y mujeres predestinados a sufrir específicamente en alguno de los círculos, ven sus carnes sometidas a los merecidos castigos ganados con creces por sus ofensas a Dios y a la vida cristiana. Aunque la obra de Dante Alighieri es mucho más profunda que una simple lectura de acción-castigo, en tanto atravesada por una compleja red de entramados simbólicos que hablan de la historia humana, lo cierto es que el pecado es para la moral católica la desviación de los propósitos Divinos a los que conlleva la frivolidad de la tierra.  

Estudié en un colegio católico, tenía bien interiorizada la noción del pecado, así que la primera vez que supe de Madonna en el 2002, al escuchar un cover de Like a prayer en una versión discotequera (un poco cutre, un poco bailable) interpretada por Mad’House, abrí los ojos y los oídos. La reminiscencia góspel y la palabra “prayer” eran lo suficientemente atrayentes para que yo, un futuro estudiante de ciencias humanas, me remitiera a la fuente original. Desde entonces empecé a descubrir a Madonna, rubia, morena, de pelo rojo, obsesiva de los crucifijos. A través del pecado, de su profunda y problemática relación con la iglesia y con los signos que han marcado buena parte de la historia del catolicismo, conocí su camino en pos de la salvación, la redención y la gloria. Madonna es santos negros, iglesias en llamas, maternidad, seducción, actos de contrición. Pienso en su personaje caminando por los círculos del Purgatorio de La divina Comedia, pero con un desenlace inherente al propio cambio de la historia: en vez de representar el pecado la máxima condena del alma y el cuerpo, le sirve ahora como esperada redención e inmortalidad en la tierra.  

Además, si algo conocemos de Madonna es su cuerpo, su adicción por la desnudez. Ha simulado orgasmos que llevan al clímax del desconcierto y la excitación a quienes ven sus espectáculos. En sus vídeos el cuerpo aparece sexuado: hombres de esculpidas anatomías, mujeres en bragas, homosexualidad, lesbianismo, dominación, sado y mucho cuero. Partidaria de hiperfeminizar su cuerpo, de posar como mujer en disputa con su género y por ello amante del smoking, de sus brazos fuertes y de mujeres sentadas en sus piernas. Madonna es Dita, diosa de la lujuria, cuando este personaje sexual de la década de los noventas llenó los estantes con un CD titulado Erotica y un libro llamado Sex. Como era de esperarse, las ventas fueron muy bajas y las críticas abundantes por el desbordamiento de su ímpetu corporal, en un doble estratagema comercial e icónico. “My name is Dita, I'll be your mistress tonight”.  Cada época proscribe lo que considera excesos del cuerpo, y si la novela de 1928 de D.H Lawrence El amante de Lady Chatterley fue censurada por una página de relaciones sexuales explícitas, entonces dos productos mediáticos tales como un libro y un CD dedicados a muchas de las formas posibles de sentir el género y la sexualidad recibirán la bofetada de una solapada audiencia. Con la expansión de los límites de la permisión también se expanden los ímpetus de la provocación.

La avaricia está representada en el amor que no poco tardó en nacer por el dinero, por las montañas de dólares resultado de una marca propia incuestionablemente rentable. En el mundo del capital, la fama es sinónimo de riqueza. No para todos, pero sí para muchos; no solamente para las estrellas mediáticas, también para los más alabados tesoros de la cultura como los artistas o los escritores. Madonna se dice de sí misma “La chica material”, uno de los productos más elaborados del capitalismo como sistema de acumulación de todo lo acumulable. Pero, ¿acaso no son la avaricia y la codicia los orgullosos síntomas del capitalismo? Alguna vez señalé, haciendo referencia a la estructura económica de los productos culturales y las relaciones sociales, que, juntos pero no revueltos, si Marx es el chico materialista, Madonna es claramente la chica material. De ahí deriva lo que puede llamarse la gula de Dita, sus excesos de producción y consumo: cine, televisión, música, escritura, belleza, moda, gimnasios.  

También goza de una sana soberbia; en este terreno es una pecadora normal, como diría María Daniela y su Sonido Lasser.  Exaltación del yo, superioridad de sí mismo. Opulencia, exceso, pompa, tronos, coronas, ser todos en un solo cuerpo. Encerrar la cultura en un imaginario de la forma plural. Se presenta a sí misma como la síntesis de lo mejor de la cultura mediática del siglo XX. Y ciertamente lo es. El 2012 fue el año de ratificar su asentamiento en las bases mercantiles de la industria del espectáculo: el concierto más rentable del año, la gira más larga, la primera vez en Colombia y, de nuevo, la hiperexposición mediática de su figura y su azuzada inteligencia.  

Así, como dice James Lull, si de algo es reina Madonna es de la polisemia. No solo es pecado, también es redención, fiestas y una orgullosa maternidad desde la soltería. Es terrenal juventud, cosa que no me parece un crimen, ahora que agobian a su carrera el tema de la edad y de la belleza, como si de repente ser vieja fuera un pecado. Vieja, que no viejo, pues nadie se burla de los vídeos y la vestimenta adolescente de Mick Jagger. Aunque a Bell Hooks no le guste, de muchas maneras, con sus contradicciones y miserias, Madonna es la feminista de las masas. Y tampoco caben ya los señalamientos racistas que la académica le ensalzó por un comentario sobre sus relaciones con los hombres negros en la década de los noventa: su actual novio es una delicia de ébano.  

Con todo esto del pecado, no es que Madonna en sí misma represente degeneración alguna. Todo lo contrario. Usar como tema los pecados capitales es una suerte de búsqueda de probidad en lo que la iglesia ha marcado como degenerado, en todo lo que incomoda a la academia que a la final tiene un afán de latente perfección cultural. Madonna asume un valor distinto en el momento de su trayectoria en el que se piense, ha bebido de los valores culturales latinos, hispanos, norteamericanos, orientales y europeos. Se ha puesto a sí misma en otro lugar de enunciación, no sin proclamar un acto de contrición, como todo católico moderno lo haría:  

Oh my God, I am heartily sorry for having offended Thee And I detest all my sins because of Thy just punishment But most of all, because I have offended Thee, oh my God Who art all good and deserving of all my love. I firmly resolve with the help of Thy grace To confess my sins, to do penance, to amend my life, And to avoid the temptations of evil.

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“Pecado” es una palabra que no me deja de sonar sensual, que se dice susurrada entre los labios, al oído, en un público confesionario. Como lo leí en una pancarta de alguno de sus seguidores en cualquier lugar remoto: Madonna, soy adicto a tus pecados.   Amén.

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Blog sin identidad. Compilado de opiniones, fragmentos y pinceladas de superficies y profundidades (que a veces son lo mismo) para entretener y persuadir la mirada.
Eduard Fernando Salazar Sociólogo A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.
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